Las batallas por la verdad

Las batallas por la verdad

Peter Kopa

Colaborador de Opinión

Si una persona no ha tenido unos padres que la han educado en el amor y en la fe, tiende a caer luego en valores vacíos y engañosos. El hombre piensa que es libre, pero en el fondo está dominado por cadenas invisibles.

En la superficie, nuestra civilización se presenta como el zénit del progreso humano: abundancia material, derechos individuales, tecnología sin límites etc.  Pero bajo ese brillo seductor se esconde para muchos una mentira de fondo: la convicción de que la materia es el único horizonte de la existencia, y que fuera de ella todo es superstición, debilidad o pérdida de tiempo.

Qué nos dice el obispo Bonhoefer, que sufrió el régimen nazi.

Esto deteriora el fundamento mismo de la dignidad humana. Si no es más que una combinación biológica compleja, sin alma ni destino más allá del barro de la tierra, entonces la justicia, la belleza, la verdad y el amor se vuelven simples modos de supervivencia afectiva, sin valor objetivo. Esa es la mentira de fondo para tantos: reducir la vida a lo visible, y la felicidad al placer. Desde este error se derivan los demás: la idolatría del consumo, la moral del éxito, la fe en la técnica como salvación y el anhelo del dinero y del confort como dioses absolutos.

El ateísmo, el gran engaño

Cuando se niega la vida eterna, se niega también la noción de persona como ser trascendente. El hombre deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un instrumento productor y consumidor, en un algoritmo social. La subcultura del mercado necesita hombres funcionales y manipulables, no hombres libres: esta negación adopta formas amables —publicidad, entretenimiento, educación pragmática— pero su fondo es consistentemente nihilista que lanza a muchos al precipicio del vacío interior, sin amor y sin esperanza. Se enseña que nada tiene un sentido más allá del rendimiento; que los valores no son verdades, sino preferencias; que la felicidad es un estado químico a alcanzar mediante esfuerzo o medicación. En este paradigma, lo espiritual resulta sospechoso: un residuo inútil de una humanidad “antigua” y caduca.

La mentira como regla general

Si bien nuestra civilización digital nos proporciona enorme utilidad y es buena en sí misma, lamentablemente se emplea en parte para transmitir mentiras. Se producen masivamente, con intención torcida, buscando una ventaja egoísta. Así, cada contenido mediático y cada narrativa se moldea según un interés político o comercial, como por ejemplo el Youtube y otras redes. La información ha sustituido a la sabiduría, y la opinión a la reflexión.

Lo realidad es que vivimos y respiramos en una atmosfera digital. Sólo una fe sólida nos puede dar y mantener claros los verdaderos parámetros de nuestra existencia, lo cual permite a tantísimos a ser inmunes ante la influencia ambiental, no perdiendo el norte verdadero, que es Dios, hacia el cual todos nos dirigimos, querámoslo o no.

Incluso las instituciones sociales —escuelas, medios, gobiernos— han caído en la visión materialista: el único criterio de valoración de un país es el PIB, dejando de lado su cultura y sus logros positivos; la verdad se avala por el voto mayoritario o por silencios culpables; y la belleza se confunde con la eficacia. Lo que antes era una mentira ocasional se ha vuelto el aire que se respira: un sistema de falsas promesas amparadas por el miedo a la trascendencia, lo cual actúa como una alucinación fatal, ante la que nos previene Jordan Peterson.

La dignidad humana perdida

La negación de la vida eterna tiene consecuencias concretas: el ser humano pierde su centro de gravedad. Cuando la vida carece del fin trascendente, todo valor se relativiza. La dignidad del hombre deja de ser inherente a su naturaleza y se convierte en una etiqueta que se otorga o se retira según criterios de conveniencia.

Esto lo vemos esto en la deshumanización del trabajo, en la banalización del sufrimiento y en la lógica del descarte: ancianos, enfermos, pobres o débiles se vuelven “costos”, apareciendo la eutanasia como una solución aceptable. Igualmente, el aborto, la anticoncepción o la manipulación genética dejan de percibirse como dilemas morales y se aceptan como “opciones” dentro de un relativismo normalizado.

Recuperar la verdad

Ante este panorama, la resistencia no puede ser política ni económica, sino espiritual y la única instancia que puede llevarla a cabo es la Iglesia y el ejemplo de sus miembros.  Se trata de recuperar la verdad del ser humano, que exige reconocer su destino eterno. No se trata solo de creer en el “más allá”, sino de vivir desde una conciencia de sentido: entender que nuestros buenos actos ponen en movimiento el amor que no muere y una justicia que no depende del consenso, sino de una ley eterna inscrita en el alma.

Aceptar la vida eterna devuelve la dignidad al presente: cada gesto adquiere peso porque se orienta a lo eterno. Así, la verdadera revolución empieza en el corazón. No consiste en acumular, sino en dar; no en dominar, sino en servir; no en negar la fragilidad, sino en transformarla en camino. Solo cuando la mentira que niega la vida eterna sea desenmascarada, el hombre podrá volver a ser persona: criatura libre, con conciencia y destino.

La verdad nos libera

La experiencia humana, está sedienta de sentido verdadero, de belleza y de trascendencia. Negar eso es negar lo que nos hace humanos. En un mundo que venera las apariencias, creer en lo espiritual resulta más subversivo, lo cual se manifiesta, por ejemplo, en la persecución de los cristianos y en la dogmatización de mentiras. El mal odia necesariamente al bien máximo. El resurgimiento de la fe en USA, Europa y Australia pone en evidencia de que el hombre no puede soportar a largo plazo los falsos profetas.

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Comentarios
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Rocío Pérez
2 horas hace
La modernidad, con su brillo superficial de progreso, oculta una peligrosa tendencia hacia el nihilismo. Esta deshumanización del individuo en favor de un sistema consumista revela la fragilidad de nuestra dignidad; sin valores trascendentes, cada uno se convierte en un mero engranaje. Al ignorar la esencia espiritual del ser humano, corremos el riesgo de convertirnos en sombras de lo que realmente somos.
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