
La semana pasada, durante una conversación con un sacerdote, escuché una afirmación que me sorprendió profundamente. No porque encerrara una gran novedad teológica, sino porque contenía una verdad tan evidente que a menudo pasa desapercibida. “En la Iglesia estamos los más necesitados”.
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Aquellas palabras se quedaron resonando en mi interior durante varios días. Volvieron a mi cabeza en distintos momentos y también encontraron un espacio en mi oración. Cuanto más las meditaba, más convencido estaba de que describían con precisión una realidad esencial de la vida cristiana.
Existe una imagen de la Iglesia que, en ocasiones, la presenta como el lugar de quienes tienen las respuestas, de quienes han alcanzado una cierta estabilidad espiritual o de quienes han logrado vivir conforme a unos ideales morales elevados. Sin embargo, basta acercarse a la vida ordinaria de cualquier comunidad cristiana para descubrir algo muy diferente.
Basta observar con atención cualquier parroquia para descubrir que detrás de cada rostro existe una historia que solo Dios conoce por completo. Allí puede encontrarse un sacerdote que predica la esperanza mientras combate en silencio contra la soledad; una persona que vuelve una y otra vez al confesionario porque todavía no ha logrado vencer una debilidad que le persigue desde hace años; un joven que lucha contra la depresión y busca en la oración una luz que le permita atravesar la oscuridad; o alguien que intenta discernir su vocación entre dudas, miedos e incertidumbres. Ninguno de ellos acude porque tenga la vida resuelta. Acuden porque reconocen que necesitan ayuda, consuelo, orientación y gracia para seguir adelante.
Quizá esa sea una de las grandes paradojas del cristianismo. La Iglesia no reúne a quienes se consideran autosuficientes, sino a quienes han reconocido, de un modo u otro, que necesitan ayuda. Necesitan ser escuchados, acompañados, perdonados y sostenidos. Necesitan a Dios. Lejos de ser una anomalía, esa necesidad constituye el punto de partida de la fe. Resulta difícil abrirse a la acción de Dios cuando uno está convencido de que puede bastarse a sí mismo.
Esta realidad aparece con claridad en el Evangelio. San Marcos relata cómo algunos escribas de los fariseos criticaban a Jesús por compartir mesa con publicanos y pecadores. Aquella cercanía les resultaba incomprensible. Esperaban de un maestro religioso una conducta más selectiva y una mayor distancia respecto a quienes cargaban con una mala reputación. La respuesta de Cristo fue tan sencilla como contundente: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. En esas palabras se encuentra condensada buena parte de la misión que la Iglesia ha recibido y que continúa teniendo en el mundo.
Jesús nunca organizó una comunidad reservada para personas impecables. Tampoco exigió un historial intachable antes de ofrecer su amistad. Su mirada se dirigió constantemente hacia quienes eran considerados indignos, impuros o fracasados. Se acercó a quienes habían sido descartados por otros y les devolvió la posibilidad de comenzar de nuevo. El mensaje era claro: ninguna persona queda definitivamente definida por sus errores.
Por eso resulta preocupante cuando los cristianos corremos el riesgo de transmitir una imagen de la Iglesia excesivamente centrada en señalar faltas o establecer fronteras. La comunidad cristiana no existe para clasificar a las personas según su pasado ni para recordarles permanentemente sus caídas. Su tarea consiste en anunciar que la misericordia de Dios permanece abierta para todos. Quien cruza la puerta de la fe debería encontrar, ante todo, una comunidad capaz de acoger, escuchar y acompañar. La conversión es una realidad fundamental en la vida cristiana, pero nadie emprende un camino nuevo si antes no descubre que es amado.
Con frecuencia olvidamos que nosotros mismos vivimos de esa misericordia. Todos hemos necesitado comprensión en momentos de debilidad. Todos hemos esperado una segunda oportunidad cuando nos hemos equivocado. Todos hemos agradecido que alguien mirara más allá de nuestros errores para reconocer nuestra dignidad. La experiencia del perdón forma parte de la vida de cualquier creyente y debería convertirnos en personas especialmente sensibles ante las fragilidades ajenas.
En este contexto adquiere pleno sentido la imagen que tantas veces utilizó el Papa Francisco al describir la Iglesia como un “hospital de campaña”. La expresión tuvo éxito porque traducía en un lenguaje contemporáneo una intuición profundamente evangélica. Ante una persona herida, la primera reacción no puede consistir en elaborar un juicio detallado sobre las causas de su sufrimiento. Lo urgente es acercarse, atender sus heridas y ofrecer ayuda. Solo después será posible abordar otras cuestiones. El cristianismo comienza siempre por la misericordia.
Vivimos en una época marcada por heridas que no siempre son visibles. Muchas personas arrastran sentimientos de soledad, ansiedad, incertidumbre o vacío. Otras viven atrapadas por experiencias de fracaso que condicionan su manera de entenderse a sí mismas. En medio de esa realidad, la Iglesia está llamada a ser un lugar donde nadie quede reducido a sus errores y donde siempre exista la posibilidad de recomenzar. No porque el pasado carezca de importancia, sino porque la gracia de Dios es capaz de abrir un futuro incluso allí donde parecía que todo estaba perdido.
Quizá por eso aquella frase escuchada hace unos días continúa acompañándome. En la Iglesia estamos los más necesitados. Estamos quienes sabemos que nuestra vida no es perfecta, quienes reconocemos nuestras limitaciones y quienes seguimos aprendiendo a confiar en la misericordia de Dios. Y precisamente porque compartimos esa necesidad, nuestra misión consiste en mantener las puertas abiertas para todos aquellos que buscan una oportunidad para volver a empezar.
