Roma bajo la ocupación Nazi

Roma bajo la ocupación Nazi

Peter Kopa

Colaborador de Opinión

 

El 8 de septiembre de 1943 Italia se derrumbó militarmente y los alemanes ocuparon Roma, transformando la ciudad eterna en una capital bajo administración nazi. Poco después, las autoridades alemanas exigieron a la comunidad judía de Roma la entrega de 50 kilos de oro bajo amenaza de deportación, un preludio del horror que estaba por venir.

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El 16 de octubre de 1943, al amanecer de un sábado, unidades de las SS rodearon el gueto judío y otros barrios, irrumpiendo vivienda por vivienda, dando apenas minutos a las familias para recoger sus pertenencias antes de ser detenidas. Cerca de 1.000 judíos –en su mayoría mujeres y niños– fueron concentrados en el Colegio Militar de Roma, a escasa distancia del Vaticano, antes de ser deportados a Auschwitz; de ellos, sólo una veintena regresaría con vida.

Sin embargo, la razzia no logró el objetivo total que buscaban los nazis: de los aproximadamente 6.700 judíos que vivían en Roma, poco más de mil fueron capturados en ese primer gran operativo. Miles de otros consiguieron escapar en cuestión de horas, alertados por rumores, por vecinos o por sacerdotes y religiosos que se movieron con rapidez para ofrecer escondites improvisados. Es en este contexto de urgencia extrema donde se activó la red de instituciones católicas que, con mayor o menor coordinación desde arriba, abrió sus puertas a los perseguidos.

El Papa Pio XII pide esconder a los hebreos

En la mañana del 16 de octubre, Pío XII fue informado de que la policía alemana estaba arrestando judíos en la ciudad, a pocos pasos de San Pedro. Según varios testimonios y reconstrucciones históricas, el Papa reaccionó por dos vías: la diplomática y la de la acción inmediata sobre las instituciones católicas. Por un lado, ordenó a su secretario de Estado, el cardenal Luigi Maglione, que convocara al embajador alemán ante la Santa Sede, Ernst von Weizsäcker, para protestar por las detenciones y reclamar que se detuviera la operación. Maglione transmitió que la deportación de los judíos resultaba profundamente ofensiva para el Papa, subrayando el escándalo moral que suponía que estos hechos ocurrieran “bajo los ojos del Padre común” en Roma.

El “abra las casas” y la red de refugios de la Iglesia

Más allá de los gestos diplomáticos, la salvación concreta de miles de judíos se produjo gracias a una orden que, aunque pocas veces quedó por escrito, circuló con fuerza por los monasterios, conventos, seminarios y colegios religiosos de Roma: abrir las puertas a los perseguidos. Una nota hallada en los archivos de un monasterio agustino de Roma, fechada en noviembre de 1943, recoge con claridad ese espíritu: “El Santo Padre desea salvar a sus hijos, también a los judíos, y ordena que los monasterios ofrezcan hospitalidad a estas personas perseguidas”. Ese documento, citado por los investigadores, se ha convertido en una de las evidencias más concretas de un mandato procedente de Pío XII para acoger a los judíos en los recintos religiosos.

La ejecución de esa consigna fue masiva. Investigaciones recientes en el archivo del Pontificio Instituto Bíblico han sacado a la luz una lista de más de 4.300 personas refugiadas en propiedades de órdenes religiosas masculinas y femeninas entre septiembre de 1943 y junio de 1944, de las cuales al menos 3.200 han sido identificadas como judías por la propia comunidad judía de Roma. Los nombres se distribuyen en unas 155 casas religiosas –conventos, monasterios, colegios–, en una geografía de refugios que cubría prácticamente todos los barrios de la Ciudad.

La historia de estos refugios está hecha tanto de decisiones heroicas como de improvisaciones. En algunos conventos se acondicionaron habitaciones para familias enteras; en otros, los judíos dormían en pasillos, bibliotecas o sacristías, camuflados como “parientes” o “pensionistas”. Los religiosos alteraron registros, inventaron historias, aprendieron a lidiar con la presencia ocasional de inspecciones alemanas y, en no pocas ocasiones, pusieron en riesgo su propia vida y la de sus comunidades. En paralelo, ciertas instituciones vaticanas –como la Universidad Gregoriana o el propio castillo de Castel Gandolfo, residencia estival del Papa– acogieron a cientos de refugiados, entre ellos un número importante de judíos, que se mezclaban con otros perseguidos políticos o militares desertores.

La dimensión de la salvación

Cuantificar cuántos judíos fueron salvados en Roma gracias a la acción del Papa y de las instituciones católicas implica navegar en un terreno de archivos incompletos y testimonios fragmentarios. No obstante, ciertos datos permiten trazar una imagen aproximada. De los 6.700 judíos que vivían en la ciudad al inicio de la ocupación alemana, unos 2.000 fueron finalmente deportados; el resto –alrededor de 4.700– logró sobrevivir escondiéndose en casas particulares, en el campo o en instituciones religiosas. Estudios recientes estiman que entre una cuarta y una quinta parte de los 27.500 judíos salvados en toda la Italia ocupada lo fueron gracias a iniciativas vinculadas a la Iglesia, una fracción considerable.

En el caso específico de Roma, el trabajo de investigadores judíos y católicos ha documentado al menos 3.200 judíos refugiados en conventos y monasterios, sin contar a quienes se ocultaron en edificios directamente vinculados al Vaticano o en parroquias urbanas. Otros estudiosos citan cifras que rondan los 4.000 o 5.000 judíos protegidos en casas religiosas, incluyendo el dato de que unos 3.000 habrían encontrado refugio en Castel Gandolfo en el momento álgido de la persecución. También se sabe que, en la mañana del 16 de octubre, mientras se realizaba la razzia, casi 4.300 judíos ya habían encontrado santuario en conventos y monasterios romanos, según algunas reconstrucciones, lo que explicaría por qué la operación alemana, aunque brutal, no arrasó toda la comunidad.

El balance de estas experiencias muestra que, en la práctica, centenares de religiosos y religiosas decidieron asumir el riesgo por lealtad a una conciencia que identificaba en los judíos perseguidos a “hermanos mayores” en la fe o, sencillamente, a seres humanos que no podían ser abandonados. Para muchos sobrevivientes, el recuerdo de aquellos meses se asocia a la mezcla de miedo y gratitud: miedo a las redadas, a los chivatazos, a los registros nocturnos, y gratitud hacia las personas concretas –monjas, sacerdotes, laicos vinculados a la Iglesia– que les ofrecieron una cama, un plato de comida y una palabra de consuelo mientras afuera rugía la guerra.

Una memoria de amor al prójimo

Con la liberación de Roma por las tropas aliadas en junio de 1944, terminó la fase más dramática de la persecución en la ciudad, pero no concluyó la historia de la salvación de los judíos ni el debate sobre su significado. Durante las décadas posteriores a la guerra, numerosos dirigentes judíos expresaron públicamente su agradecimiento a Pío XII y a la Iglesia por la ayuda prestada; algunos llegaron a afirmar que, sin la intervención católica, la comunidad judía romana habría sido destruida..

La apertura progresiva de los archivos vaticanos y de los registros de congregaciones religiosas ha añadido matices a este cuadro. Las nuevas listas de refugiados descubiertas en instituciones como el Pontificio Instituto Bíblico permiten documentar de forma más precisa el alcance de la protección brindada por los conventos, aportando números, nombres y direcciones que confirman que la red católica de refugios fue una realidad masiva y no una mera suma de casos aislados.

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