La cruz en la Castellana

La cruz en la Castellana

Víctor V. Espinar

Reportero de Actualidad Religiosa y Conflictos

Un amigo me enviaba hace unos días una fotografía tomada en el Paseo de la Castellana. A la altura del Estadio Santiago Bernabéu, donde habitualmente se suceden el tráfico, las prisas y el paisaje urbano de cualquier gran capital europea, se levantaba una enorme cruz. Había sido instalada con motivo de la vigilia que tendrá lugar durante la visita del Papa León XIV a España.

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La imagen no tendría por qué haber llamado especialmente la atención, al fin y al cabo, se trataba de un símbolo religioso colocado para un acontecimiento religioso. Nada más lógico. Sin embargo, lo verdaderamente revelador no era la fotografía, sino la reacción de quien me la enviaba. “Ojalá pudiéramos ver más cruces durante el resto del año”, me escribió. “No solo cuando viene el Papa”.

Aquella frase me produjo una sensación difícil de describir. Una cierta indignación nacida de una pregunta que no conseguía quitarme de la cabeza: ¿cómo hemos llegado al punto de que un joven católico español se sorprenda al contemplar una cruz en una de las principales avenidas de su país?

Resulta llamativo que algo tan profundamente vinculado a nuestra historia aparezca hoy revestido de excepcionalidad. Como si la cruz hubiera irrumpido en un escenario ajeno, o si se tratara de un elemento extraño introducido temporalmente en un paisaje que no le pertenece, o como si España hubiera sido construida al margen de aquello que precisamente la hizo ser España.

Vivimos en una época en la que se habla constantemente de recordar el pasado, de preservar las raíces, de proteger las identidades colectivas. Sin embargo, pocas sociedades occidentales parecen haber desarrollado una capacidad tan notable para olvidar aquello que les dio forma como la nuestra. España no es comprensible sin el cristianismo.

No se trata únicamente de una afirmación religiosa. Es una evidencia histórica. Nuestra lengua, nuestro arte, nuestra literatura, nuestras fiestas, nuestras universidades, nuestras leyes, nuestras ciudades y hasta nuestros paisajes están atravesados por una herencia cristiana imposible de separar de lo que somos.

Las agujas de las catedrales siguen dominando los perfiles urbanos de innumerables ciudades españolas. Las campanas continúan marcando el paso del tiempo. Los nombres de pueblos, calles y plazas recuerdan diariamente a santos, vírgenes y episodios de la historia sagrada. Las grandes obras de nuestra pintura y de nuestra literatura nacieron al calor de una cosmovisión cristiana. Incluso quienes hoy rechazan la fe siguen viviendo dentro de una cultura moldeada durante siglos por ella.

Y, sin embargo, parece haberse instalado una especie de complejo colectivo. Una sensación según la cual la presencia visible del cristianismo en el espacio público exige siempre una justificación extraordinaria. Como si la cruz necesitara pedir permiso para permanecer en una tierra que ayudó a levantar.

España fue durante siglos una de las grandes naciones evangelizadoras del mundo. Desde sus puertos partieron misioneros que llevaron la Palabra de Dios a continentes enteros. Sus monasterios crearon escuelas de pensamiento que influyeron en toda Europa. Sus universidades discutieron cuestiones fundamentales sobre la dignidad humana cuando buena parte del planeta ni siquiera había formulado todavía esos debates.

La historia de España está llena de nombres que resultan imposibles de comprender fuera de la fe: el apóstol Santiago, cuya tumba ha convertido Compostela en uno de los grandes centros espirituales de Occidente; la Virgen del Pilar, cuya tradición se remonta a los mismos orígenes de la evangelización de la península; Covadonga, donde comenzó una empresa histórica inseparable de la conciencia cristiana de España; el milagro de Empel, que todavía hoy forma parte de la memoria espiritual de generaciones de españoles. No son mitos ni cuentos de hadas, son capítulos esenciales de nuestra historia.

Por eso resulta tan desconcertante escuchar que una cruz en la Castellana pueda parecer algo extraordinario. Lo extraordinario sería recorrer España y no encontrar huellas de la fe que la moldeó durante siglos. Caminar por nuestras ciudades sin iglesias, sin ermitas, sin imágenes, sin campanarios, sin procesiones, sin peregrinaciones. Borrar de golpe todo aquello que ha configurado nuestra identidad colectiva.

La cruz que hoy se levanta en Madrid no introduce una novedad. Actúa como un recordatorio: que existe una historia anterior a nosotros. Recuerda que pertenecemos a una tradición que no comenzó con nuestra generación. Que las sociedades no nacen de la nada y que las naciones no pueden sobrevivir indefinidamente si olvidan quiénes son.

Quizá por eso la próxima visita de León XIV tenga una importancia que trasciende el acontecimiento religioso. Esta es una época marcada por la confusión cultural, la fragmentación social y la pérdida de referencias comunes, la presencia del Papa puede convertirse también en una ocasión para mirar hacia nuestras raíces sin complejos. Para reconocer que España no puede entenderse a sí misma si renuncia a comprender su alma cristiana.

La cruz de la Castellana desaparecerá cuando termine la vigilia. Los operarios la desmontarán y el tráfico volverá a ocupar su lugar habitual. Madrid recuperará su paisaje cotidiano y muchos pasarán página como si nada hubiera ocurrido.

Pero quizá convenga conservar la pregunta que aquella imagen provocó. ¿Por qué nos sorprende tanto ver una cruz en España? Tal vez porque hemos olvidado hasta qué punto forma parte de nuestra historia. Y precisamente por eso conviene recordarlo, porque los pueblos que olvidan sus raíces terminan perdiendo también su rumbo.

Ojalá la visita de León XIV sirva para algo más que para llenar plazas o protagonizar titulares. Ojalá sirva para despertar la memoria de una nación que, durante siglos, encontró en la fe una parte esencial de su identidad. Y ojalá que, cuando volvamos a encontrarnos con una cruz en cualquier calle de España, la contemplemos como un símbolo profundamente unido a la historia de nuestra tierra.

Como recordó Pío XII, “España tiene una misión altísima que cumplir”. La cuestión es si todavía somos capaces de recordar cuál es esa misión y si sabemos estar a la altura de ella.

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