El endeudamiento o robo generacional del Estado

El endeudamiento o robo generacional del Estado

Peter Kopa

Colaborador de Opinión

Aquí están en juego cuestiones básicas de la justicia social. Es injusto que un padre pida prestado mucho dinero para sí, sabiendo que morirá antes de poder devolverlo, descargando así sus deudas sobre sus hijos; del mismo modo es injusto que una generación mayor haga este daño a la más joven.

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En una república, es injusto que se graven impuestos a un pueblo sin su consentimiento explícito; del mismo modo, es injusto que una generación de mayores obligue a los futuros ciudadanos a pagar impuestos que ellos mismos han gastado, sin el consentimiento de esa generación más joven.

Un poco de contexto: cada año, el Gobierno Federal de USA. gasta aproximadamente 2 billones de dólares más de lo que ingresa, para lo cual emite bonos de deuda para cubrir este déficit. El déficit de cada año, si no se paga, se suma a la «deuda nacional». La semana pasada, esta deuda acumulada fue noticia al superar los 40 trillones de dólares. En unos cuatro años, alcanzará los 50 trillones de dólares. La deuda actual representa aproximadamente siete veces los ingresos anuales del Gobierno. La proporción es como si un matrimonio que ganara conjuntamente 50 000 dólares al año tuviera deudas de tarjeta de crédito por valor de 350 000 dólares.

La autoridad viene de Dios

La autoridad soberana, según la ley natural, proviene de Dios. Es la participación humana en la autoridad de Dios. Por lo tanto, lo último que puede ser es ilimitada; y, dado que es una participación en la autoridad de Dios, en ningún caso puede ser arbitraria. El gobierno no puede convertirse en un Leviatán. El gobierno no puede crear algo de la nada, sino que debe ejercer una administración responsable como en una familia.

La Iglesia piensa en términos de siglos. No es que en la historia del mundo no se hayan visto gobiernos irresponsables que acumularon deudas que no podían pagar. A menudo, estas deudas se contraían para que los reyes pudieran librar guerras por vanidad y afán de conquista y poder. Por lo general, las deudas se anulaban después mediante la devaluación de la moneda, lo que significa una forma de robo al propio pueblo.

Como ha señalado Samuel Gregg («Deuda, finanzas y católicos»), muchos teóricos católicos de la Edad Moderna se pronunciaron con dureza contra ese tipo de gobiernos. Muchos obispos también eran expertos en la materia, dada la necesidad que había entonces de que los teólogos fueran versados en la casuística de la usura.

El silencio de la Iglesia

¿A qué se debe el silencio de la Iglesia hoy en esta materia? Parte de la razón radica en que nuestros obispos y papas carecen, en general, de experiencia práctica en el ámbito comercial y de los conocimientos teóricos necesarios en economía. Dos excepciones fueron León XIII, que pudo contar con su amigo, un auténtico genio y experto tanto en teología como en economía, el P. Matteo Liberatore, S.J., y el papa Juan Pablo II, que vio de primera mano la ilógica de la economía socialista. Y quien, con prudencia, se apoyó en su propio amigo Michael Novak, un genio en estos asuntos.

Además, asistimos al espectáculo de una Iglesia que, hace más de un siglo, abrió un campo de enseñanza magisterial sobre las estructuras sociales, pero desde entonces no ha fomentado entre el clero los conocimientos pertinentes en teoría social, ni ha pedido la cooperación de asesores laicos que fuesen a la vez católicos fieles y buenos economistas. Estamos ante una falta de secularidad que priva a los fieles de una doctrina moral a la que tienen derecho.

Nuestros obispos no dicen nada sobre el problema porque ni siquiera son capaces de ver que se trata de un problema, porque no les toca directamente. Los medios económicos llegan a la Iglesia ordinaria y mayormente como donativos que bloquean la motivación por estudiar la relevancia moral de la deuda injusta.

Otra razón es que los papas y los obispos han tendido a considerar las violaciones de la subsidiariedad como meros problemas éticos: el Papa Benedicto se opuso a «el Estado que lo proporcionaría todo, absorbiéndolo todo en sí mismo», pero solo porque tal Estado «acabará convirtiéndose en una mera burocracia, incapaz de garantizar precisamente aquello que la persona que sufre… necesita: a saber, una atención personal y amorosa». (Deus Caritas Est, 28). Nos dijo también —lo cual es cierto y pertinente— que un Estado así se aprovecha de las familias y acabará inevitablemente en bancarrota.

Un Estado así, bromeaba Chesterton, «simplemente está desperdiciando una fuerza natural y pagando luego por una fuerza artificial; como si un hombre regara una planta con una manguera mientras sostiene un paraguas para protegerla de la lluvia». («La familia libre») Eso es costoso e insostenible, sea o no una falta de amor.

La Redacción pregunta

Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.

¿Crees que los gobiernos tienen responsabilidad moral de evitar endeudarse más allá de lo que pueden pagar, pensando en las generaciones futuras?

¿Te parece que la Iglesia debería pronunciarse más claramente sobre los problemas de deuda pública y sus consecuencias para la justicia social?

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