Reírse del convento en nombre del progreso

Reírse del convento en nombre del progreso

Aurora Buendía

Columnista de Opinión Crítica

En la alfombra roja todo brilla. Los focos, las joyas, los trajes imposibles. Y, por lo visto, también el ingenio cuando se trata de hacer un chiste sobre monjas. Porque en la gala de los Goya emitida por RTVE hubo espacio para el rezo convertido en guiño irónico, para el “amén, hermanas” lanzado con esa sonrisa de complicidad que busca la carcajada fácil.

Yo, que soy una mujer de fe y además columnista, confieso que ya casi no me sorprendo. Me inquieta, sí. Pero sorprenderme, poco. Lo católico se ha convertido en atrezzo. En comodín humorístico. En ese blanco que nadie defiende porque, total, “no pasa nada”.

El hecho es sencillo: en un evento retransmitido por la televisión pública, financiada por creyentes y no creyentes, se utilizó la figura de las monjas como recurso cómico. Nada nuevo. Lo llamativo no es el chiste; es la tranquilidad con la que se pronuncia. La certeza de que no habrá coste. ¿Se habría hecho exactamente el mismo comentario si el símbolo religioso fuera otro? La pregunta flota sola, sin necesidad de subrayados.

Dicho esto, conviene recordar quiénes son esas “hermanas” que sirven de muletilla graciosa. Mujeres que han renunciado a matrimonio, patrimonio y protagonismo para dedicar su vida a la oración y al servicio. Algunas enseñan, otras cuidan enfermos, otras viven en clausura sosteniendo —crea quien crea— una tradición espiritual milenaria. No piden aplausos. Tampoco inmunidad. Solo un mínimo de respeto.

Ahora bien, lo verdaderamente revelador no es la broma en sí, sino el ecosistema que la aplaude. Vivimos en una cultura que exige reverencias permanentes hacia determinadas formas de vida. Quien discrepa de ciertos dogmas civiles es señalado como retrógrado, intolerante o peor. Se reclama reconocimiento, validación, celebración. Y, sin embargo, cuando una mujer decide pasar por este mundo con hábito, rosario y votos perpetuos, parece que se convierte en personaje pintoresco, casi caricaturesco.

Sí, el humor es legítimo. Yo no aspiro a una sociedad aséptica, sin sátira ni ironía. La Iglesia ha sobrevivido a caricaturas mucho más feroces. Pero una cosa es la crítica inteligente —incluso mordaz— y otra la trivialización sistemática de lo sagrado. El humor también delata jerarquías culturales: aquello que se puede ridiculizar sin consecuencias suele ocupar el último escalón en la escala del respeto público.

Por si fuera poco, hablamos de RTVE. Televisión pública. No es un canal privado buscando nicho; es una institución que debería cuidar el tono cuando se trata de convicciones profundas de millones de ciudadanos. No se trata de censura, sino de criterio. De elegancia. De esa palabra antigua que ahora suena casi revolucionaria.

En el fondo, lo que asoma es algo más incómodo: una alergia selectiva. Quienes esgrimen argumentos bastante borderline para defender su modo —a veces francamente miserable— de vivir, reclaman que nadie los juzgue, que nadie los cuestione, que todo sea validado en nombre de la libertad. Y yo, como católica, defiendo esa libertad. Pero la libertad no es un monólogo. Si se exige respeto, también se concede.

¿De verdad resulta tan insoportable la idea de que haya personas que crean en la virginidad consagrada, en la obediencia religiosa, en la oración diaria? ¿Por qué la entrega radical a Dios provoca risa y no, al menos, curiosidad? Quizá porque recuerda que existen otras medidas del éxito, otros horizontes, otras lealtades que no pasan por la alfombra roja.

Con todo, la Iglesia no necesita que la traten como pieza de museo. Necesita que la dejen ser lo que es. Con sus luces y sus sombras, con sus pecados y su santidad. Y sí, acepto la crítica; incluso la sátira. Pero la burla fácil contra quienes han optado por una vida de consagración no es valentía cultural. Es rutina.

La tolerancia que solo funciona en una dirección no es tolerancia. Es privilegio disfrazado. Y es bajeza moral.

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Comentarios
0
Elena Ortiz
2 dias hace
Me parte el alma ver cómo se ríen de las monjas como si fueran un chiste. Ellas han dedicado su vida a algo profundo y sagrado, y no merecen ser objeto de burlas en la televisión pública. ¿Hasta cuándo seguiremos trivializando lo que realmente importa?
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