De Bollycao a la “ultraderecha”: la costumbre de Iñigo Domínguez de no contrastar

De Bollycao a la “ultraderecha”: la costumbre de Iñigo Domínguez de no contrastar

Aurora Buendía

Columnista de Opinión Crítica

En la estantería principal de una redacción suele descansar, con aire de reliquia, el libro de estilo: ese manual que se cita cuando conviene recordar al público que aquí se trabaja con verificación, contraste y respeto por los hechos. En El País, el compromiso se formula sin ambigüedades: las informaciones relevantes deben confirmarse con varias fuentes independientes, con el listón simbólico de tres como regla prudente.

La teoría, sin embargo, tropieza a menudo con la práctica. Y la realidad vuelve a incomodar.

El diario publicó que el Papa León XIV habría advertido a los obispos españoles de que su “mayor preocupación” en España es la “ultraderecha que intenta instrumentalizar a la Iglesia”. La frase era contundente, de lectura política inmediata y perfectamente diseñada para fijar un marco interpretativo. La pieza se apoyaba en fuentes anónimas “conocedoras de lo sucedido”. Al día siguiente, la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Española difundió una nota aclaratoria: el Papa habló de los riesgos de someter la fe a ideologías, sin mencionar a ningún grupo concreto.

No se trata de un matiz menor. Es una diferencia sustancial.

Cuando quienes participaron en la reunión consideran necesario precisar públicamente el contenido de unas palabras atribuidas al Pontífice, la pregunta resulta inevitable: ¿se aplicó el procedimiento interno que se promete al lector? ¿Se contrastó esa formulación concreta con fuentes oficiales? ¿Se verificó la literalidad antes de elevar una interpretación a titular categórico? ¿O el atractivo del encuadre pudo más que la prudencia?

A partir de aquí, conviene recordar que este episodio no aparece aislado. El precedente del llamado caso Operación Bollycao sigue pesando como advertencia. Aquel relato ficticio sobre supuestos abusos —ideado deliberadamente para poner a prueba los mecanismos de verificación— circuló como verosímil hasta que se demostró que era inventado. El episodio abrió un debate público sobre los estándares reales de contraste en informaciones especialmente sensibles. En esa cobertura apareció vinculado el nombre de Íñigo Domínguez, y la discusión sobre el método no fue precisamente marginal.

Y no fue el único. En aquel clima de piezas que pretendían destapar presuntos depredadores sexuales, también figuraba Julio Nuñez. Ambos trabajaban entonces en El País en esa línea de investigación que, con el tiempo, acabaría estrellándose en el caso Bollycao. Lo relevante no es el gesto de investigar, sino qué ocurre cuando el sistema de filtros falla y una historia atraviesa controles que, según el manual, deberían ser implacables.

Dicho esto, nadie discute que el periodismo pueda trabajar con fuentes confidenciales. Tampoco que el anonimato equivalga, por sí solo, a falta de fiabilidad. Pero la regla profesional es clara: cuanto más grave y más explosiva es una afirmación, mayor debe ser la diligencia. Y cuando el propio libro de estilo fija un umbral alto, ese umbral no debería relajarse justo cuando el titular resulta más tentador.

Aquí el patrón inquieta. En el “caso Bollycao”, una historia no verificada atravesó filtros que debían ser más exigentes. En la información sobre León XIV, una interpretación se presenta como síntesis fiel de unas palabras que, después, la Conferencia Episcopal matiza de forma oficial. No es una discusión ideológica, sino una cuestión de método: qué se considera prueba suficiente antes de afirmar algo que orienta la lectura pública del hecho.

Por si fuera poco, el regreso del dúo a la primera línea añade un elemento narrativo que, en cualquier otro sector, se estudiaría como caso de manual. Íñigo Domínguez fue jefe de sección y, según se cuenta, se le envió de corresponsal a Roma como reconocimiento a su buen hacer. Tras el golpe reputacional del caso Bollycao, ahora tanto él como Julio Nuñez vuelven a la carga. En un oficio donde la credibilidad es capital, la pregunta no es moralista: es operativa. ¿Qué ha cambiado en el procedimiento para que no se repitan los mismos tropiezos?

En el fondo, además, late una cuestión de enfoque que conviene delimitar con precisión. Laicidad y laicismo no son sinónimos. La primera es una regla democrática: el Estado no se identifica con ninguna confesión. El segundo es una posición ideológica que mira la presencia pública de la fe con desconfianza estructural. Si se observa la cobertura religiosa del diario a lo largo del tiempo, da la impresión de que ese prisma condiciona con frecuencia el encuadre: la Iglesia aparece raramente como comunidad de fe y, con demasiada facilidad, como actor político problemático.

Cuando el marco es ese, cada gesto papal se traduce en clave partidista, cada reunión episcopal se interpreta como maniobra y cada advertencia espiritual se convierte en mensaje ideológico. No hace falta invocar conspiraciones: basta con comprobar cómo una afirmación atribuida al Papa se publica con contundencia y, al día siguiente, requiere una aclaración institucional.

Sí, la Iglesia debe someterse al escrutinio público. Sí, el Papa puede advertir contra cualquier instrumentalización ideológica, venga de donde venga. Pero atribuirle formulaciones concretas que luego se matizan oficialmente no es una cuestión de enfoque: es una cuestión de exactitud. Y la exactitud no es un adorno, sino la base del oficio.

El periodismo no pierde autoridad por investigar a la Iglesia. La pierde cuando parece investigar menos sus propias fuentes que el titular que desea publicar. Porque entonces el libro de estilo deja de ser una guía exigente y pasa a ser una pieza decorativa, útil para la liturgia interna y poco eficaz en la sala de máquinas.

Al final, no se trata de simpatías ni de antipatías. Se trata de una pregunta elemental: ¿se informa sobre lo que se dijo o sobre lo que encaja mejor en el relato previo? Cuando el marco está decidido antes de escuchar las palabras, el contraste molesta. Y cuando el contraste molesta, el periodismo deja de buscar la verdad: la reconduce siempre hacia el mismo sitio.

Así, el libro de estilo puede seguir intacto en la estantería, con el lomo bien cuidado. Lo que se desgasta es la credibilidad.

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Comentarios
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Esther Delgado
16 minutos hace
Es inaceptable que un medio como El País, que se supone debe ser riguroso, caiga en la falta de verificación en temas tan delicados. La objetividad y la verdad no pueden quedar atrás por un titular llamativo; es fundamental restablecer los estándares de contraste o perderán toda credibilidad.
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