

Me llegó por WhatsApp antes del café, con una sola línea: «sonrisa de sacristía y llave en el bolsillo». Pensé que exageraban. Luego leí la carta. Luego leí el anexo. Y luego pedí otro café.
El cardenal José Cobo ha publicado Somos vidas en camino, una carta pastoral para «armonizar» las nuevas realidades eclesiales, los métodos de evangelización y los eventos con la pastoral de Madrid. Veintisiete minutos de lectura. Veinticinco de incienso y dos de aduana.
El boletín de hoy
Jueves, 5 de noviembre
Lo llamativo no es que un obispo quiera discernir. Es su oficio. Lo llamativo es que a un procedimiento de autorización previa, con comisión, expediente y periodo de prueba, se le llame sinodalidad. Que no es exactamente lo mismo.
La carta arranca con todo el repertorio: Newman, Lumen gentium, Juan Pablo II, Benedicto XVI. Cita la nota Cor ad cor loquitur para afirmar que estas realidades son «un soplo de aire fresco para la Iglesia». Y proclama, sin que le tiemble el báculo: «No se trata de controlar, sino de caminar al lado». Precioso. De enmarcar. Y de olvidar en cuanto se pasa la página.
Porque al final viene el anexo, con un título digno de pliego de contratación: «Modus operandi de una nueva realidad eclesial, metodología o evento que quiera ser llevado a cabo en la archidiócesis de Madrid». Realidades, metodologías y eventos. O sea, todo lo que respire.
Quien quiera hacer algo presentará un proyecto con objetivos, acciones y cronograma. Una «comisión ad hoc» lo estudiará. Si da el visto bueno, la iniciativa vivirá «ad experimentum» durante «al menos dos años». Después, nuevos informes, nueva valoración y, si el ordinario lo tiene a bien, aprobación definitiva. Dos años a prueba. Para un evento. Ni a los novios de los cursillos prematrimoniales se les exige tanto.
Y con efecto retroactivo: el trámite alcanza también a lo que ya funciona y no tenga «la autorización escrita del ordinario». Lo que ayer era soplo de aire fresco hoy es expediente pendiente de regularizar.
El punto sexto es la joya: «Los párrocos evitarán promover unilateralmente cualquier iniciativa» sin someterla antes al Consejo Pastoral Parroquial y al arciprestazgo, que «deberán dar su parecer por escrito». Cualquier iniciativa. Por escrito. Antes. El párroco deja de ser pastor y pasa a ser auxiliar administrativo. El laico con una idea, un solicitante con número de turno. Curas con el permiso firmado y laicos en fila. Muy evangélico todo.
Y aquí llega lo divertido. En el cuerpo de la carta, para las actividades puntuales basta con «informar previamente» al vicario. En el anexo, los eventos van a la comisión. ¿Se informa o se solicita? ¿Se camina al lado o se hace cola en la puerta? Cuando un texto se contradice a sí mismo, manda la parte que lleva sello.
Para lo que venga de fuera, ni disimulo: «debe considerarse normativo» contar con el beneplácito del arzobispo. Y una se acuerda del 12 de enero, cuando el encuentro Llamados llenó el Movistar Arena con más de seis mil personas, organizado por una parroquia de Algete y Alpha España. Música, adoración, testimonios, gente rezando que hacía años que no rezaba. Con esta carta, eso ya no se monta sin pasar por el aro. Qué casualidad más persistente.
Lo más fino está en los criterios para saber si un carisma es auténtico. Uno de ellos: su compromiso «con estructuras sinodales». El Espíritu Santo, examinado de organigrama. Otro: comprobar si el grupo «viene de un proceso de ruptura». Muy prudente. Y muy cómodo para quien decide qué es ruptura y qué es fidelidad. Hasta la caridad tendrá que ejercerse «en comunión con los programas y actuaciones de la diócesis». Dar de comer al hambriento, previa consulta del calendario.
Para que nadie diga que me pongo borde por deporte, reconozco lo razonable. Es legítimo que nadie convierta la parroquia en local de alquiler para catequesis paralelas. Es sensato proteger a los vulnerables y evitar «todo atisbo de manipulación emocional». Que haya cosas que ordenar, por supuesto.
Pero una no puede evitar fijarse en el celo selectivo. Comisión, cronograma e informe por escrito para quien llena pabellones de jóvenes rezando. Y para cómo se celebra la misa un domingo cualquiera en Madrid, ni comisión, ni cronograma, ni informe. Ahí basta con caminar al lado.
Ese es el truco de fondo: se invoca la sinodalidad y se practica la ventanilla. Sinodalidad por delante y por detrás, mientras la decisión sube, con buenos modales, a un solo despacho. Se elogia el fruto y se fiscaliza el árbol. Se predica humildad, pero solo se exige a quien llama a la puerta.
Y todo llega justo cuando los retiros y los encuentros de primer anuncio son de lo poco que en Madrid llena, convierte y despierta vocaciones. No se tutela lo que languidece. Se tutela lo que crece sin pedir permiso. Y eso, llámenlo como quieran, no es discernimiento. Es miedo con membrete.
«sonrisa de sacristía y llave en el bolsillo». Quien me lo mandó tenía razón.
Somos vidas en camino, sí. Con salvoconducto.
Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.
¿Crees que los trámites administrativos que propone la carta pastoral de Cobo ayudan o dificultan el crecimiento de iniciativas eclesiales en Madrid?
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