

Óscar Puente proclama al PSOE «el partido del amor» tras el beso de Sánchez a Begoña, pero el amor también se puede prostituir. Yo, que sí creo en el amor, sé que también se puede prostituir.
Hubo focos, música, platea entregada y, en el centro de todo, un beso. El sábado, en el Centro de Arte Tomás y Valiente de Fuenlabrada, Pedro Sánchez se proclamó candidato para las generales del 29 de noviembre y, antes de hablar de nada, le dedicó unas palabras a su mujer. Begoña Gómez subió al escenario, se fundieron en un abrazo y posaron besándose para los fotógrafos. Ovación. Corazones en redes. «Te quiero, Begoña». Y telón.
El boletín de hoy
Martes, 20 de octubre
Dos días después, en la Cúpula del Milenio de Valladolid, Óscar Puente recogió el testigo y elevó la escena a doctrina. Aquello había sido, según él, un acto de reivindicación del poder del amor. Y remató, por si alguien se reía: «Algunos han pretendido burlarse y yo lo reivindico, viva el partido del amor».
Lo llamativo no es el beso. Que un hombre bese a su mujer es de las pocas cosas sensatas que se han visto en esta precampaña. Lo llamativo es la palabra. Porque una se pregunta, con el mitin todavía resonando: ¿qué es el amor?
Benedicto XVI abrió su primera encíclica advirtiendo de que «amor» es una de las palabras más usadas y también de las que más se abusa. Para una católica, la respuesta no admite muchos rodeos. Dios es amor, dice san Juan. Y san Pablo dejó escrito cómo se reconoce: el amor no busca su propio interés y se alegra con la verdad. El amor es don. Se da gratis, busca el bien del otro, se compromete para siempre y no pasa factura. Quien ama de verdad no pregunta qué gana. Pregunta qué puede dar.
Por eso el amor tiene una falsificación barata, la más vieja del mundo. Conserva los gestos, el abrazo, el beso, la palabra dulce, pero le quita el don y le pone precio. Eso es la prostitución: amor de atrezzo, comprado y pagado, en el que todo parece entrega y nada lo es. El amor se puede prostituir de muchas maneras, no solo en un prostíbulo. Se prostituye cuando se finge para obtener algo. Se prostituye cuando se exhibe para tapar otra cosa. Y se prostituye también una palabra cuando se usa para conseguir algo a cambio y luego se abandona en la cuneta. En Fuenlabrada el amor tenía precio. Cotizaba en votos.
Con esa vara en la mano, conviene repasar a qué ama exactamente «el partido del amor». Y como el tema ya está servido, empecemos por la prostitución propiamente dicha.
Viva el partido del amor a las prostitutas. José Luis Ábalos fue secretario de Organización del PSOE, ministro de Transportes y hombre de la máxima confianza de Sánchez. Hoy cumple condena: el Supremo le impuso 24 años por el caso mascarillas y el pasado 14 de octubre rechazó anular la sentencia. Esa sentencia da por probados 10.000 euros al mes para «gastos fijos» y la colocación de dos mujeres de su entorno en empresas públicas, con alquiler pagado incluido. Una de ellas, Jésica, cobró 43.950 euros de Ineco y Tragsatec sin ir a trabajar, como ella misma reconoció. De las fiestas con prostitutas que, según lo publicado sobre la investigación, costeaba un constructor amigo, mejor no hablar delante de los niños. Antes que él, el sumario del caso Mediador, el del exdiputado socialista apodado «Tito Berni», ya describía fiestas con cocaína, viagra y prostitutas pagadas por empresarios a los que se pedía peaje.
Viva el partido del amor a las saunas del suegro. Que los pecados de los padres no son de los hijos, ni de los yernos, lo sé y lo firmo. Sabiniano Gómez, padre de Begoña, murió en 2024, y que Dios lo haya acogido en su misericordia. Pero se ha publicado, con documentos y resoluciones judiciales, que regentó en Madrid saunas donde se ejercía la prostitución. Y El Debate sostiene que con ese entramado se pagaron pisos de los que se benefició el matrimonio Sánchez. Feijóo se lo dijo en el Congreso: «partícipe a título lucrativo». Sánchez nunca ha dado una explicación a la altura de la acusación.
Y aquí llega lo divertido. En ese mismo mitin del amor, en Valladolid, la ministra de Igualdad, Ana Redondo, prometió abolir la prostitución, «la esclavitud del siglo XXI». La ministra la abolía en el atril; los sumarios de su partido la describían con piso alquilado. Qué coherencia. Qué memoria. Qué poquísimo pudor.
Viva el partido del amor a la cocaína. En la macrocausa de los ERE de Andalucía, el chófer del director general de Trabajo de la Junta confesó gastar hasta 25.000 euros al mes en cocaína. Era dinero de ayudas que debían ir a los parados. Qué fiestas. Qué presupuesto. Qué manera tan original de entender las políticas activas de empleo.
Viva el partido del amor al dinero de los ERE. Durante años, la Junta socialista repartió ayudas por un procedimiento que la Audiencia de Sevilla, en 2019, y el Supremo, en 2022, consideraron delictivo, con dos expresidentes, Chaves y Griñán, condenados. Luego llegó el Tribunal Constitucional, con mayoría progresista y por siete votos a cuatro, y anuló aquellas condenas. Tanto rescate fue que la propia Audiencia de Sevilla ha llevado la sentencia del Constitucional a la justicia europea por el riesgo de impunidad. Aquí el amor no fue ciego. Fue constitucional.
Viva el partido del amor a las joyas. En un despacho de la calle Ferraz que el PSOE facilitaba a José Luis Rodríguez Zapatero, la UDEF abrió una caja fuerte y encontró más de cien joyas, relojes y collares. Su portavoz las había valorado entre 30.000 y 50.000 euros; la tasación encargada por el juez las dejó en alrededor de 1,3 millones, y el portavoz tuvo que pedir perdón. El expresidente dice que son herencias de su madre y de su suegra. Qué herencia. Qué familia tan previsora. Qué buen ojo para los rubíes. Y ahora, según El Debate, Anticorrupción tiene un testigo que sostiene que fueron una mordida por llevar el AVE a Arabia Saudí. Zapatero está imputado, no condenado. Pero el amor, ya se sabe, es ciego. Sobre todo a los quilates.
Viva el partido del amor a Delcy y sus maletas. Madrugada del 20 de enero de 2020, aeropuerto de Barajas. El ministro Ábalos acude a pie de pista a recibir a Delcy Rodríguez, número dos de Maduro, que tenía prohibido pisar la Unión Europea. Pisó. Años después, en el Senado, Ábalos zanjó el asunto con una frase que merece placa: «No existieron las maletas». Qué había dentro de esas maletas inexistentes nunca se ha probado, porque el juez se negó a investigarlo. Pero el amor del ministro aquella noche fue, eso sí, un amor sin fronteras. Sin fronteras, sin Schengen y sin sanciones.
Viva el partido del amor a las tesis doctorales. En 2018, ABC publicó que la tesis de Sánchez, leída en 2012 en la Universidad Camilo José Cela con un sobresaliente cum laude, contenía fragmentos de otros autores sin citar. Él lo negó con mayúsculas, amenazó con querellas y Moncloa exhibió dos programas antiplagio que le daban el aprobado. La Fiscalía pidió archivar la querella, y archivada quedó. Yo no he pasado la tesis por ninguna máquina. Solo recuerdo que durante años únicamente pudo consultarse en papel, en una biblioteca, sin fotocopias y con permiso del autor. Tanto amor al saber y tan poco a que lo leyéramos.
Viva el partido del amor al prójimo. Unas horas antes de reivindicar el amor en Valladolid, el propio Puente llamó «rata» en X a un economista que había trabajado para el PSOE, por opinar sobre las pensiones. Amor, sí. Al prójimo que aplaude. Al que discrepa, roedor. Muy evangélico todo.
Y luego está el amor que menos gracia me hace. En ese mismo mitin, la ministra Redondo prometió blindar el aborto en la Constitución. Un amor que deja fuera al más pequeño, al que no puede votar, ni aplaudir, ni salir en la foto, no es amor. Es otra cosa con el mismo nombre. Y cuando se llama amor a eso, la palabra no se ensancha: se vacía.
Ahora bien, para que nadie diga que una se pone borde sin motivo, conviene reconocer lo que hay que reconocer. El beso, en sí, me parece estupendo. Creo en el matrimonio para toda la vida y en que un marido defienda a su mujer cuando vienen mal dadas. A Begoña Gómez le concedo entera la presunción de inocencia mientras espera sentarse en el banquillo, que para eso están los tribunales. Y es justo decir que el PSOE expulsó a Ábalos en 2024. Tarde, pero lo expulsó.
Lo que no concedo es el truco de fondo, que es viejo como el mundo. Cuando no puedes defender los hechos, cambias de conversación. Se habla de amor para no hablar de sumarios. Se reparten corazones para no repartir explicaciones. Se pone el beso en portada para que la caja fuerte pase a página doce. Y quien no aplauda, odia: la propia Redondo explicó que ellos son la «bola blanca» y los demás, la bola negra. El escenario pone el beso; el juzgado pone la factura.
Eso, exactamente eso, es prostituir el amor. Se conservan los gestos, se exhibe el beso y se vende la palabra, pero se le quita lo único que la hacía verdadera: que no busca su propio interés. Lo que se da gratis se convierte en mercancía. Lo que era entrega se convierte en reclamo. Lo que era íntimo se convierte en cartel electoral. Un amor que se ofrece a cambio de un voto ya no es don. Es tarifa.
San Pablo avisó de que el amor se alegra con la verdad. El partido del amor, de momento, solo se alegra con la foto. Que no es exactamente lo mismo.
Así que sí, viva el partido del amor. Del amor propio.
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¿Crees que la política debe separarse de los gestos emotivos o es legítimo que los candidatos muestren su vida personal en los mítines?
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