El obispo de Alcalá de Henares, Mons. Antonio Prieto Lucena, centró su homilía de la Misa Crismal en la identidad y misión del sacerdote, animando al presbiterio diocesano a renovar con humildad sus promesas y a vivir con fidelidad su consagración. La celebración tuvo lugar en la Catedral Magistral de los Santos Justo y Pastor el Miércoles Santo, 1 de abril de 2026.
En su predicación, Prieto recordó que cada año la Misa Crismal remite a los sacerdotes al momento de su ordenación, cuando respondieron “presente” a la llamada de la Iglesia. Reconoció que el ministerio está marcado por alegrías, pero también por pruebas, tentaciones e infidelidades, y resumió esa realidad con una imagen expresiva: “Somos barro con luz”.
Uno de los ejes de la homilía fue la llamada a redescubrir qué significa ser sacerdote. Apoyándose en Benedicto XVI, el obispo explicó que el sacerdote está llamado a “vivir en la presencia del Señor” y a servirle. Desde ahí, subrayó que la tarea sacerdotal sigue siendo hoy “mantener el mundo abierto a Dios”, en un contexto de secularización creciente y de “eclipse de Dios”.
Prieto advirtió que, cuando el hombre se aleja de Dios, surgen nuevas formas de autodestrucción, por lo que pidió a los sacerdotes que no cedan al materialismo ni al letargo espiritual. En una de las frases más contundentes del texto, los definió como “centinelas de Dios”, llamados a permanecer firmes en la verdad, incluso cuando soplan vientos en contra.
El obispo de Alcalá insistió en que vivir en la presencia del Señor exige situar la Eucaristía en el centro de la vida sacerdotal. Reclamó cuidar la liturgia, pero también evitar la rutina y celebrar con verdadera participación interior. En esa línea, recordó una anécdota de san Juan de Ávila, quien reprochó a un sacerdote distraído en la consagración diciéndole: “Trátelo bien, que es hijo de buen padre”.
Junto a la Eucaristía, Prieto destacó la importancia de la oración personal y de la familiaridad con la Palabra de Dios. “Un sacerdote vale lo que vale su oración”, afirmó, antes de advertir del peligro de acostumbrarse a las cosas de Dios sin vivir realmente de Dios.
La segunda gran línea de la homilía fue el servicio apostólico. El obispo recordó que el sacerdocio no se reduce al culto, sino que implica también evangelización y caridad, especialmente con los más pobres. “No podemos ser sacerdotes sin evangelizar”, afirmó, animando a no cansarse de anunciar a Cristo con los medios de siempre y también con métodos nuevos aprobados por la Iglesia.
En este punto, mostró una preocupación concreta por la transmisión de la fe a niños y adolescentes. Advirtió que no se puede permitir “perder más generaciones” que pasan por las parroquias sin compromiso posterior, y reclamó que la Primera Comunión y la Confirmación no se conviertan en “los sacramentos del adiós”.
Prieto también apeló a la fraternidad del presbiterio y alertó contra la tentación de “ir por nuestra cuenta”. A su juicio, el individualismo termina por no dar fruto y cada renuncia personal para caminar con la diócesis y con el presbiterio supone “ganar una batalla al demonio”.
En la parte final de su homilía, exhortó a los sacerdotes a ser evangelizadores, pobres y caritativos, evocando ejemplos como Santo Tomás de Villanueva y san Diego de Alcalá. Además, agradeció la fidelidad del clero complutense y recordó una frase reciente del Papa León XIV: “el Señor no busca sacerdotes perfectos, sino corazones humildes, disponibles a la conversión y dispuestos a amar como él nos ha amado”.
“Somos barro con luz”
“Mantener el mundo abierto a Dios”
“Debemos mantenernos despiertos, como centinelas de Dios”
“Un sacerdote vale lo que vale su oración”
