El Papa en el Bernabéu: una Iglesia de alegría contagiosa atrae a adultos a descubrir la fe por primera vez

El Papa en el Bernabéu: una Iglesia de alegría contagiosa atrae a adultos a descubrir la fe por primera vez

El Pontífice reúne a la Iglesia madrileña en el Bernabéu y advierte: una comunidad cristiana que canta y se alegra es irresistible para quien busca la fe, incluso en edad adulta.

El Papa León XIV se dirigió este domingo a 70 representantes de la Comunidad Diocesana de Madrid —sacerdotes, agentes pastorales, miembros de consejos parroquiales, vida consagrada y feligreses de todas las edades— en un encuentro que reunió por primera vez a las tres diócesis de la región (Madrid, Alcalá de Henares y Getafe) en el Estadio Santiago Bernabéu. Durante un acto que combinó testimonios vitales de fe con actuaciones musicales de artistas españoles conocidos y un coro de 1.000 cantantes, el Pontífice afirmó que la alegría del Evangelio debe convertirse en un "modo estable de ser" en la Iglesia, asegurando que esta alegría "contagiosa" es lo que permite que adultos descubran la fe o vuelvan a ella incluso en edad avanzada.

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"Vuestra alegría será contagiosa si, de ser una emoción pasajera, se convierte en un modo estable de ser, en un sentimiento profundo que renueva a las personas, a los grupos y a la comunidad diocesana", señaló el Papa. Añadió que "no es casualidad que los apóstoles, en sus escritos, a menudo inviten a las iglesias a la alegría, recomendándola casi como un mandamiento".

El evento, que comenzó a las 15:00 horas con la apertura de puertas, incluyó un preacto de dos horas con testimonios estructurados por etapas de la vida. Bajo los temas "Nacer" (niños), "Buscar" (adolescentes), "Sostener" (adultos) y "Permanecer" (mayores), representantes de cada grupo compartieron sus experiencias de fe. El escenario acogió actuaciones de magos, cantantes como Íñigo Quintero, Diana Navarro, David Bustamante y Daniel Diges, además del monólogo de Santi Rodríguez. El Coro Familiar Iglesia de Madrid, una agrupación de 1.000 cantantes —300 de ellos niños—, junto a 70 músicos y 100 bailarines bajo la dirección del sacerdote Toño Casado, acompañó el acto con el himno "Alzad la mirada".

en el bernabeu virgen de la almudenaEl Pontífice fundamentó la necesidad de alegría en la naturaleza misma de la fe. Citó la Evangelii gaudium: "Es la respuesta coral a la obra de Dios en Jesucristo". Esta alegría, continuó, debe permear la vida eclesial porque "cantar es una necesidad que impregna la convivencia e interpela la cultura, la incita a permanecer abierta y en constante evolución". San Pablo escribió que "el amor de Cristo nos apremia" (2 Co 5,14), explicó el Papa, usando un verbo griego synéchei que significa "nos cautiva", "nos mantiene unidos", "nos posee".

Conectado directamente con esto, el Papa abordó un cambio fundamental de mentalidad sobre las conversiones adultas. "Tened confianza en el hecho, cada vez más evidente, de que se puede volver a la fe o conocerla por primera vez en la edad adulta", afirmó. Luego exhortó: "Disponeros a acoger los nuevos comienzos no como una excepción, sino como la regla de la misión". El Papa contó el ejemplo de una hermana que vino desde Perú a Madrid: "Muchos, como ella y su familia, al comienzo sienten temor a acercarse, pues han oído hablar de prejuicios y decepciones. La bondad, aunque sea de unos pocos, puede vencer el miedo de muchos".

La Iglesia como testimonio silencioso

Sobre cómo los cristianos deben comunicar la fe, el Papa propuso una imagen poderosa: "Sed, para todos, como una Biblia abierta: que en vuestros rostros y en vuestra vida se pueda encontrar la Palabra de Dios. El amor, efectivamente, es el lenguaje que hace que todos se sientan como en casa". Los testimonios leídos durante el preacto ilustraban esta idea. Uno expresó: "Puedo decir sin dudar que amo profundamente a la Iglesia, familia de Dios, donde todos tenemos un lugar". Otro relató: "Sentí una gran alegría y responsabilidad, al convertirme en un miembro más activo de la comunidad y compartir mis dones". Y otros dijeron: "Para nosotros, servir en estos programas no sólo es una forma de ayudar, sino también una manera de devolver todo el cariño y apoyo que hemos recibido".

El Papa comentó estos testimonios: "¡He aquí la Iglesia! He aquí la música del Evangelio, con su ritmo contagioso. Cuando llega al corazón, hace que uno diga haberse sentido acogido con los brazos abiertos". El Pontífice también advirtió contra lo opuesto: una Iglesia de rutina que pierde el Espíritu. "Cuando reducimos la vida eclesial a una rutina en la que cada uno permanece encerrado en sus hábitos y en su papel, lo que nos falta es el Espíritu. Éste suscita vocaciones y las une, provocando a veces agitación, discusión, búsqueda de nuevos equilibrios. No os espantéis de todo esto, disfrutadlo".

Antes del cierre del acto, se presentaron las primeras piedras de parroquias que serán construidas en zonas de expansión de Madrid, reflejando el compromiso de la Iglesia diocesana por llegar a nuevas comunidades. El Papa impartió una bendición final y un envío misionero a los asistentes. El acto concluyó a las 20:06 horas con el canto del "Himno de la Almudena" mientras David Bustamante interpretaba el "Himno de la Alegría", conectando directamente con el mensaje central del Papa: una Iglesia que canta, que se alegra, y que por esa alegría abre puertas a adultos que buscan la fe.

Discurso íntegro del Papa León XIV a las diócesis de Madrid en el Santiago Bernabéu

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!

¡Hoy la iglesia de Madrid ha metido un golazo para siempre!
Esta velada es un gran himno de fe y me complace unir mi voz a la vuestra para alabar a Dios y fortalecer los lazos de una familia eclesial tan hermosa que está aprendiendo el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad. Agradezco a vuestro Arzobispo, el Cardenal José Cobo Cano, por haber introducido la parábola del canto, que muestra cómo los números, los datos y los hechos no son suficientes para generar comunidad: nuestro corazón necesita cantar, es decir, interpretar los acontecimientos y las situaciones celebrando con los demás el sentido que irradian. Para la Iglesia, esto ocurre de manera singular en la liturgia, el gran Memorial de la historia que nos ha salvado.

Cantar es una necesidad que impregna la convivencia e interpela la cultura, la incita a permanecer abierta y en constante evolución. Vosotros sois la Iglesia diocesana en medio de un pueblo que ama la música, la danza y el estar juntos, pero que también conoce los conflictos, la resignación y, a veces, la desesperación, situaciones en las que el Evangelio puede abrir un camino a la esperanza. Vosotros testimoniáis el Evangelio en la capital de un gran país europeo, sede de instituciones y organizaciones en las que se toman decisiones importantes para el presente y el futuro, pero también destino de millones de visitantes y de hermanos y hermanas en busca de nuevas oportunidades. Vuestra alegría será contagiosa si, de ser una emoción pasajera, se convierte en un modo estable de ser, en un sentimiento profundo que renueva a las personas, a los grupos y a la comunidad diocesana. No es casualidad que los apóstoles, en sus escritos, a menudo inviten a las iglesias a la alegría, recomendándola casi como un mandamiento. Es la Evangelii gaudium, una respuesta coral a la obra de Dios en Jesucristo: su vida, muerte y resurrección han cambiado para siempre la percepción de la historia de quienes lo han encontrado y seguido, aunque sea de formas y por caminos diferentes. También hoy el amor de Cristo nos apremia (cf. 2 Co 5,14) —el verbo que utiliza san Pablo significa además “nos cautiva”, “nos mantiene unidos”, “nos posee”— y así nos llama a la responsabilidad de la acción.

Sí, queridos hermanos y hermanas, como algunos de vosotros habéis atestiguado esta tarde, el Bautismo cambia verdaderamente la vida. Nuestras sensibilidades, procedencias y prioridades se encuentran en Cristo y de su vida reciben la savia, como los sarmientos de la vid. En concreto, esto significa que mucho de lo que ya había en nosotros se transforma, porque se orienta al servicio, deja de ser un don privado y sirve al bien común. No hay que temer el hecho de que nunca produzca uniformidad. Al respecto, el Nuevo Testamento da testimonio, en la variedad de sus voces, de la comunión en la diversidad, es decir, de la comprensión que desapareció en Babel, donde todos, según el relato bíblico, obligados a un proyecto totalitario y meramente humano, terminaron por no entender a su prójimo.

En la Encíclica Magnifica humanitas he propuesto, como alternativa a la homologación y confusión, la figura de Nehemías, que involucra a toda la comunidad para reconstruir los muros de Jerusalén. «Hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad. Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último» (Magnifica humanitas, 10).

Existe, pues, una relación especial entre la Iglesia y la ciudad, que cobra aún mayor importancia en el cambio de época que estamos viviendo: una relación que, naturalmente, se materializa entre personas de carne y hueso, en las relaciones laborales y de proximidad, pero también en las distintas comunidades, asociaciones y entidades barriales. Cada vez se hace más patente la especificidad de la misión cristiana en el seno de las grandes realidades urbanas, donde «una cultura inédita late y se elabora» (Evangelii gaudium, 73). La claridad sobre este punto ha madurado mucho a lo largo del camino sinodal, lo que nos ha permitido conocernos y escucharnos con mayor profundidad en los contextos en los que la comunidad diocesana vive y se configura. La pregunta que se vuelve más importante es: lo que somos y hacemos como cristianos, ¿llega «allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas», o sea, a los «núcleos más profundos del alma de las ciudades» (ibid., 74). Es cierto que dar una respuesta puede ser difícil, pero es posible si buscamos juntos la verdad.

Por eso es tan importante no dispersarnos ni encerrarnos cada uno en el grupo o en el entorno en el que ya nos sentimos seguros, entre personas que siempre cantan la misma melodía. Para llegar al corazón de la ciudad hay que cultivar la conciencia de que la verdad es sinfónica y siempre nos supera, cultivar el deseo de encontrar al Resucitado, que siempre va por delante de nosotros, nos precede y tal vez ya esté presente donde aún no lo hemos buscado. Por eso, buscarlo y seguirlo es la condición para indicarlo: de lo contrario, no hay evangelización, y hoy podemos entender esto mejor que en el pasado. En las grandes ciudades, más que en otros lugares, a veces nos parece que ya no tenemos los mapas para movernos con seguridad. Entonces hay que volver a aprender el arte espiritual de ser cordiales, sin el cual incluso el anuncio del Evangelio corre el riesgo de convertirse en una repetición impersonal y, al perder eficacia, deja espacio a la frustración y la desconfianza.

Queridos hermanos, Madrid es una gran ciudad donde conviven tradiciones y “almas” diferentes. Dios conoce uno a uno los corazones de sus habitantes. Los conoce como sólo Él sabe y puede hacerlo, es decir, en el amor y, por tanto, en la libertad. Él es misericordia infinita y quiere que todos se salven. Lo desea hasta el punto de hacerse carne y cargar sobre sí todo el pecado, el mal y lo negativo del mundo. ¡He aquí a Jesucristo! ¡He aquí la Buena Nueva, la gracia que hemos recibido y que estamos llamados a compartir con todos! Porque todos, sin excepción, están hechos para la vida y para la vida en plenitud. La presencia de la Iglesia en una gran ciudad es una parábola de este misterio de salvación. Me viene a la mente el libro de Jonás, una joya de la Biblia que os invito a leer o a releer, personalmente y en comunidad. No es fortuito que fuera precisamente en las ciudades donde los apóstoles implantaron la Iglesia naciente, encontrándose no sólo con el rechazo, sino también con la acogida allí donde, de forma más natural, las personas se enfrentan a la diversidad y al cambio.

¡Nada os turbe, nada os espante! Juntos, como Iglesia diocesana, podéis ofrecer el testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad. Tened confianza en el hecho, cada vez más evidente, de que se puede volver a la fe o conocerla por primera vez en la edad adulta. Disponeros a acoger los nuevos comienzos no como una excepción, sino como la regla de la misión. La inversión en los consejos parroquiales y diocesanos no tiene un objetivo menor que este: modificar la sensibilidad de cada uno gracias a una escucha más profunda de lo que el Espíritu dice a la Iglesia. Sería una lástima reducirlos a meros trámites burocráticos. Son espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento, sin el cual no sólo cada uno va por su camino, sino que corremos el riesgo de no comprender dónde nos quiere el Señor, qué espera de nosotros, a qué conversiones nos llama. Cuando atendemos estos espacios, entonces el culto se convierte en vida y entre las personas surgen lazos de fraternidad y proyectos de solidaridad.

Invito a los presbíteros a reconocer la práctica del discernimiento comunitario como una de las mayores oportunidades que la sinodalidad ofrece a su ministerio. Queridos hermanos, sin apartaros de lo esencial, el hecho de deteneros regularmente con vuestro pueblo para interpretar la vida de los barrios, los cambios culturales, las tensiones sociales y las prácticas eclesiales a la luz del Evangelio enriquecerá y consolará vuestro ministerio. También ayudará a cada uno y a cada comunidad a salir del aislamiento y a experimentar la alegría del Espíritu Santo. En efecto, cuando reducimos la vida eclesial a una rutina en la que cada uno permanece encerrado en sus hábitos y en su papel, lo que nos falta es el Espíritu. Éste suscita vocaciones y las une, provocando a veces agitación, discusión, búsqueda de nuevos equilibrios. No os espantéis de todo esto, disfrutadlo.

Las anécdotas que hemos escuchado esta noche nos cuentan, o mejor dicho “nos cantan”, cuánta vida hay en esta Iglesia. Alguno ha dado el siguiente testimonio: “Puedo decir sin dudar que amo profundamente a la Iglesia, familia de Dios, donde todos tenemos un lugar”. Otro ha dicho: “Sentí una gran alegría y responsabilidad, al convertirme en un miembro más activo de la comunidad y compartir mis dones con el resto de los miembros de la Iglesia”. Y aún otros más han relatado: “Para nosotros, servir en estos programas no sólo es una forma de ayudar, sino también una manera de devolver todo el cariño y apoyo que hemos recibido”. ¡He aquí la Iglesia, queridos hermanos y hermanas! He aquí la música del Evangelio, con su ritmo contagioso. Cuando llega al corazón, hace que uno diga haberse sentido acogido con los brazos abiertos, como la familia que vino desde Perú a Madrid. Muchos, como ella y su familia, al comienzo sienten temor a acercarse, pero han oído hablar de prejuicios y decepciones. La bondad, aunque sea de unos pocos, puede vencer el miedo de muchos. Sed, para todos, como una Biblia abierta: que en vuestros rostros y en vuestra vida se pueda encontrar la Palabra de Dios. El amor, efectivamente, es el lenguaje que hace que todos se sientan como en casa. Muchas gracias.

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Comentarios
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Marcos García
Justo ahora
Una Iglesia que irradia alegría es un faro irresistible para quienes buscan la verdad. El Papa nos recuerda que la fe debe ser un contagio de amor y esperanza. Si queremos atraer a más adultos, debemos vivir la alegría del Evangelio como una realidad cotidiana, no como un evento ocasional.
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