Jesús Silva: “Estamos llenos de contenido y vacíos de profundidad”

Jesús Silva: “Estamos llenos de contenido y vacíos de profundidad”

Sentido de la vida, amor y libertad en la sociedad actual: el Padre Jesús Silva Castignani reflexiona en exclusiva para Iglesia Noticias

En una sociedad marcada por la prisa, la hiperconexión y la constante exposición de la vida personal, detenerse a pensar para qué vivimos, cómo amamos o qué significa realmente ser libres se ha vuelto cada vez más difícil. Las relaciones afectivas, la vida interior y la búsqueda de sentido atraviesan hoy un contexto cultural donde abundan los estímulos, pero a menudo falta profundidad.

El Padre Jesús Silva Castignani es un sacerdote seguido por más de 141.000 personas en Instagram. En esta entrevista exclusiva con Iglesia Noticias, reflexiona sobre algunas de las grandes preguntas de nuestro tiempo: el vacío existencial, la dificultad para comprometerse, el impacto de la cultura digital en la intimidad o la necesidad de recuperar el silencio y la interioridad para vivir con verdadero sentido.

¿Se puede ser feliz sin preguntarse nunca para qué vive uno?

Se puede estar entretenido. Se puede estar cómodo. Se puede incluso reír mucho. Pero ser feliz de verdad ya es otra cosa. El ser humano no está hecho solo para experimentar cosas: está hecho para entender su vida como una historia con dirección.

Cuando uno no se pregunta nunca para qué vive, vive reaccionando a lo que le pasa, a lo que le ofrecen o a lo que le apetece en cada momento. Eso no es vivir con sentido, es vivir a impulsos.

Hay una felicidad superficial que consiste en “hoy me siento bien y mañana ya veremos”. Pero la felicidad profunda tiene que ver con saber que mi vida tiene una finalidad, que no soy un accidente ni un consumidor más. Cuando alguien descubre que su vida tiene un para qué, incluso el sufrimiento deja de ser absurdo. Duele, claro que duele, pero no es un sinsentido.

La cultura actual evita esa pregunta porque asusta. Preguntarte para qué vives te obliga a tomar decisiones, y decidir implica renunciar. Y renunciar no está de moda. Pero sin esa pregunta uno puede pasar los años y, de repente, darse cuenta de que ha vivido mucho y construido poco por dentro.

¿Qué le dirías a alguien que siente que su vida “no va a ningún sitio”?

Le diría primero que no está loco ni es un fracasado. Muchísimas personas viven con esa sensación y no lo dicen. La sensación de estancamiento suele ser una alarma interior. Y las alarmas no están para culpabilizar, están para despertar.

Vivimos en una sociedad obsesionada con avanzar rápido: carrera, proyectos, viajes, experiencias. Pero casi nadie pregunta hacia dónde. A veces uno siente que no va a ningún sitio porque en realidad está siguiendo caminos que no ha elegido de verdad, sino que ha heredado, copiado o aceptado por presión.

Yo le diría que pare. Que deje de correr un poco. Que se siente a escuchar lo que le pasa por dentro. Que se pregunte qué le ilusionaba antes de empezar a compararse con todo el mundo. Muchas veces la vida no va a ningún sitio porque hemos dejado que otros la conduzcan. Y recuperarla exige responsabilidad, valentía y también fe.

Y algo más: no siempre sentir vacío significa que estés perdido. A veces significa que estás siendo llamado a algo más grande.

¿Qué señales indican que no estoy donde debería estar?

Cuando pierdes la paz de manera constante. No hablo de días malos: hablo de una inquietud profunda que no desaparece. Cuando necesitas distracción continua para no escucharte. Cuando el silencio te incomoda demasiado. Cuando sientes que estás interpretando un papel para agradar o encajar.

Otra señal es la incoherencia interior: cuando lo que haces por fuera no coincide con lo que sabes que eres por dentro. Eso desgasta muchísimo. Y a veces uno se acostumbra al desgaste y piensa que vivir cansado es lo normal.

También es señal cuando la alegría desaparece durante demasiado tiempo. No la euforia, sino esa alegría serena de saber que estás caminando en la dirección correcta. Si todo se vuelve gris de forma permanente, algo pide revisión. No siempre significa cambiar de sitio físico; a veces significa cambiar de actitud o de prioridades.

¿Estamos más libres o más manipulados que nunca?

Tenemos más opciones que nunca. Pero tener muchas opciones no es lo mismo que ser libre. Hoy la manipulación no suele venir en forma de imposición directa, sino en forma de seducción constante: algoritmos que saben lo que te gusta, publicidad que anticipa tus deseos, discursos que te dicen lo que tienes que pensar para sentirte aceptado.

La verdadera libertad exige interioridad. Y la interioridad exige silencio. Una persona incapaz de estar sola con sus pensamientos es muy vulnerable. Si necesito que algo esté sonando todo el tiempo, si no tolero el vacío, entonces cualquier narrativa fuerte puede arrastrarme.

Creo que vivimos en una paradoja: proclamamos la libertad como valor supremo, pero evitamos las condiciones necesarias para ser libres. La libertad no es hacer lo que apetece, es poder elegir lo que construye aunque no apetezca siempre. 

¿Qué hábitos nos están robando la paz interior sin darnos cuenta?

La hiperconexión constante. El móvil como extensión de la mano. La comparación permanente con vidas filtradas y retocadas. La prisa como estado habitual. La incapacidad de aburrirnos. El consumo continuo de estímulos como si el silencio fuera una amenaza.

Estamos llenos de contenido y vacíos de profundidad. Nos cuesta terminar un libro, sostener una conversación larga sin mirar la pantalla, rezar cinco minutos sin distraernos. Y luego nos preguntamos por qué vivimos con ansiedad.

El alma necesita espacios sin ruido. Necesita conversación real, amistad verdadera, oración para quien cree, reflexión para quien busca. Sin eso, el corazón se desordena y la paz se vuelve un recuerdo lejano.

¿Por qué lo más íntimo se ha vuelto lo más expuesto?

Porque hoy lo íntimo vende. Así de simple y así de duro. Las redes sociales han convertido la atención en una moneda y, para captar esa atención, muchas veces se expone el cuerpo, se cuentan detalles de las relaciones personales o se habla de la sexualidad con una naturalidad que en realidad es más exhibición que libertad.

Vivimos rodeados de imágenes y conversaciones que antes pertenecían al ámbito privado y que ahora aparecen continuamente, como si la intimidad hubiera perdido su valor y solo tuviera sentido cuando se muestra.

También hay algo más profundo: cuando la persona empieza a mirarse a sí misma como producto, acaba ofreciendo aquello que más impacto genera. El cuerpo impacta. Lo sexual impacta. Entonces se entra en una dinámica peligrosa donde uno termina cediendo a una lógica de consumo de la persona, casi como si todo pudiera ser usado para atraer miradas.

Y sin darse cuenta se alimenta una cultura donde la lujuria y la curiosidad superficial se normalizan. Se ha vuelto habitual ver desnudos, escuchar conversaciones explícitas o compartir detalles íntimos como si fuera algo neutral. Pero no es neutral. Lo íntimo tiene fuerza precisamente porque está reservado, porque pertenece a un espacio de confianza y de amor verdadero.

Cuando se banaliza, se vacía de significado y se transforma en mercancía.

Por eso hace falta recuperar el valor de la intimidad. No por miedo ni por represión, sino por respeto a la dignidad de la persona. Hay cosas que crecen mejor cuando están protegidas, cuando no están expuestas continuamente. Cuidar la intimidad es cuidar el corazón y también resistir a una cultura que muchas veces quiere consumirnos más que conocernos. 

¿El miedo a sufrir está destruyendo el amor moderno?

Creo que sí, en parte. El miedo al sufrimiento hace que muchos comiencen relaciones con la puerta de salida ya preparada. Se ama mientras todo es cómodo. Cuando aparece la dificultad, se interpreta como señal de que algo está mal y se abandona.

Amar implica vulnerabilidad. Implica riesgo. Implica exponer el propio corazón. Y eso asusta. Pero si eliminamos el riesgo, eliminamos también la profundidad.

Hay relaciones que parecen muy intensas al principio, muy pasionales, muy emocionantes. Pero la intensidad no es sinónimo de amor. El amor maduro atraviesa crisis, soporta tensiones, aprende a perdonar. Y eso exige fortaleza interior, no solo química.

¿Qué errores se repiten una y otra vez en las relaciones actuales?

Buscar en el otro lo que uno no ha trabajado en sí mismo. Idealizar al principio y exigir después. Confundir atracción con compatibilidad profunda. Consumir personas como si fueran experiencias intercambiables.

También falta paciencia. Queremos saber en semanas lo que solo se descubre en años. Y falta compromiso. Cuando algo cuesta, se cambia en lugar de trabajarlo.

Además vivimos con expectativas irreales sobre el amor, alimentadas por la ficción y las redes sociales. Y cuando la realidad no coincide con el ideal imaginado llega la frustración.

Amar bien requiere madurez emocional, no solo sentimientos fuertes.

¿Cómo saber si estoy con la persona correcta o solo tengo miedo a estar solo?

El miedo a la soledad suele producir ansiedad constante ante la idea de perder al otro. La relación gira en torno a la dependencia. En cambio, una relación sana genera crecimiento, libertad interior y expansión del corazón.

Una pregunta clave es: con esta persona soy más auténtico o más personaje. Me siento impulsado a ser mejor versión de mí mismo o simplemente acompañado para no estar solo.

El amor verdadero amplía la vida, no la reduce. Si todo se centra en no perder al otro por miedo, algo conviene revisar. El amor sano no elimina el deseo de estar juntos, pero no nace del pánico a la soledad.

¿Qué efectos tiene el porno en las relaciones?

El porno cambia la forma de mirar. Enseña a fragmentar el cuerpo y a desconectar sexualidad de vínculo. Genera expectativas irreales sobre el rendimiento, el deseo y la respuesta del otro. Puede crear dependencia y afectar la capacidad de disfrutar la intimidad real.

Además alimenta una lógica de consumo: estímulo inmediato, gratificación rápida, ausencia de compromiso. Y eso termina influyendo en la manera de entender al otro. La persona deja de ser misterio para convertirse en objeto de satisfacción.

Recuperar una mirada limpia implica reaprender a ver al otro como alguien digno, no como un producto. Y eso exige esfuerzo, disciplina y una visión más alta del amor.

¿Qué le dirías a alguien que piensa que la moral sexual de la Iglesia está “anticuada”?

Le diría que antes de etiquetar, intente comprender la visión del ser humano que hay detrás. La propuesta cristiana sobre la sexualidad parte de una mirada en la que cuerpo y alma forman una unidad y donde el amor implica entrega total y responsabilidad.

Puede parecer exigente, sí. Va contracorriente en muchos aspectos. Pero la pregunta no es si es cómoda, sino si es verdadera y si protege algo valioso. Muchas heridas afectivas actuales tienen que ver con haber banalizado lo que es profundamente significativo.

No se trata de imponer normas, sino de proponer un camino que integra deseo, compromiso y dignidad. Puede discutirse, claro. Pero merece al menos ser entendido con profundidad antes de descartarlo rápidamente.

¿Cómo hablar de Dios a quien no quiere oír hablar de Dios?

Primero escuchando mucho. Muchas personas no rechazan a Dios: rechazan experiencias negativas, caricaturas o imposiciones. Hablar de Dios sin escuchar antes suele cerrar puertas.

El testimonio silencioso pesa más que muchos argumentos. Una vida coherente, una presencia compasiva, una amistad sincera dicen más que un discurso brillante. A veces la mejor manera de hablar de Dios es amar de manera concreta.

Y cuando llegue el momento de hablar, hacerlo con humildad. Sin superioridad. Con la convicción tranquila de quien ha encontrado algo que le da sentido y desea compartirlo, no imponerlo.

Comentarios
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David Santos
30 minutos hace
Es lamentable que la mayoría de las personas se dejen llevar por la vorágine del día a día sin cuestionarse el sentido de su vida. Necesitamos urgentemente fomentar espacios donde reflexionar y encontrar propósito, en lugar de seguir el ritmo impuesto por la sociedad. La profundidad y el silencio son esenciales para dejar de ser meros reactores y comenzar a vivir con intención.
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