Varden: “¿Me alegro de la bondad de Dios con los demás?”

Varden: “¿Me alegro de la bondad de Dios con los demás?”

Erik Varden ha planteado un particular examen de conciencia a partir de la parábola de los trabajadores de la viña: ¿somos capaces de alegrarnos cuando Dios concede a otros gratuitamente aquello por lo que nosotros creemos haber trabajado durante años?

El obispo de Trondheim reflexionó sobre esta cuestión durante la Misa celebrada el 20 de septiembre, XXV domingo del tiempo ordinario, en la que el padre Florian Pletscher fue instalado como párroco de la catedral. Partiendo del Evangelio de san Mateo, Varden se detuvo especialmente en la actitud de quienes comenzaron a trabajar a primera hora y terminaron molestos al comprobar que los últimos recibían la misma paga.

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«Nunca es demasiado tarde» para llegar a la viña

Varden comenzó fijándose en un detalle de la parábola. El propietario salió varias veces a buscar trabajadores y terminó contratando incluso a algunos cuando la jornada estaba prácticamente terminada. Para comprender la escena, el obispo pidió no imaginar el mercado de una gran ciudad contemporánea, sino una pequeña localidad palestina de la Antigüedad.

En un lugar con apenas unos cientos de habitantes, explicó, difícilmente el propietario habría pasado por alto durante todo el día a un grupo de hombres que estuviera esperando trabajo desde el amanecer. Varden consideró que aquellos contratados al final probablemente habían llegado más tarde o solo habían comenzado a buscar trabajo cuando el día estaba próximo a terminar.

Precisamente ahí encontró una primera enseñanza sobre la actitud del propietario. Varden destacó su «delicada generosidad»: no reprendió ni humilló a quienes llegaron tarde y tampoco comenzó interrogándolos acerca de sus motivaciones.

Por el contrario, les ofreció una oportunidad. Confió en que todavía podían resultar útiles y en que la propia experiencia de trabajar en la viña podía transformarlos.

La viña, recordó Varden, representa el Reino de los cielos. Y en ella «hay espacio para todo tipo de personas». Entrar exige implicarse y trabajar —«no se trata de un crucero con bebidas gratis», ironizó—, pero la puerta permanece abierta.

«Nunca es demasiado tarde para llegar».

Según el obispo, siempre habrá algo que hacer para cada persona, independientemente de sus capacidades o de su condición física. Y añadió una clave fundamental para interpretar la parábola: «Trabajar en la viña es en sí mismo una recompensa». Es allí, señaló, donde el cristiano aprende la bienaventuranza.

El problema no era recibir poco, sino que los demás recibieran demasiado

Sin embargo, quienes habían comenzado a trabajar desde primera hora habían perdido de vista esa realidad. Cuando llegó el final de la jornada y comprobaron que el propietario entregaba la misma recompensa a todos, independientemente de que hubieran trabajado una hora o diez, comenzaron a protestar.

Varden recordó que no se había incumplido ningún acuerdo. Antes de comenzar la jornada se había establecido un salario de un denario y eso fue exactamente lo que recibieron.

Por tanto, la raíz de su enfado se encontraba en otro lugar:

«Lo que provoca a los primeros no es que reciban demasiado poco, sino que los otros reciben demasiado».

El obispo relacionó sus murmuraciones con una actitud que la Escritura reprueba repetidamente, porque puede convertirse en una rebelión frente a la bondad de Dios. Y desde ahí trasladó la parábola directamente a la vida cristiana.

«¿Me alegro de la bondad de Dios con los demás?»

Varden propuso entonces una primera pregunta para el examen personal. ¿Qué ocurre cuando otra persona recibe gratuitamente y con rapidez una gracia que nosotros podemos considerar que hemos necesitado años para «merecer»?

«¿Me alegro de la bondad de Dios con los demás o me amargo cuando reciben fácilmente beneficios por los que yo he trabajado duro?».

Para el obispo, situaciones así ofrecen una oportunidad para comprobar hasta qué punto el cristiano ha aceptado realmente una existencia fundamentada en la gracia. Frente a ella situó la imagen de Mateo antes de convertirse en apóstol: encerrado como recaudador de impuestos y dedicado a contar pequeñas monedas.

La parábola plantearía así una cuestión incómoda: no solamente si aceptamos la generosidad de Dios cuando se dirige hacia nosotros, sino si somos capaces de celebrarla cuando beneficia a alguien más, incluso cuando consideramos que esa persona ha llegado tarde o ha realizado un esfuerzo menor.

La alegría de haber sido llamados a trabajar

Pero Varden añadió una segunda pregunta. En lugar de contemplar el servicio a Dios como una carga cuyo esfuerzo debería traducirse en una recompensa mayor, invitó a preguntarse si el cristiano es consciente del privilegio que supone haber sido llamado.

«¿Me alegro de que se me permita servir en la viña de Dios, de ser llamado a edificar su Iglesia?».

El obispo recordó entonces un himno de Lars Oftedal que expresa esta actitud con una sencilla acción de gracias: «¡Qué alegría ser tuyo! ¡Gracias por permitirme participar!».

Desde esta perspectiva, los años dedicados a la vida cristiana dejan de convertirse en una especie de cuenta que presentar ante Dios. Haber podido permanecer más tiempo en la viña constituye ya un don.

«Crecer en madurez cristiana es ser cada vez más agradecidos»

Varden relacionó esta forma de entender la vida cristiana con la memoria agradecida de los momentos en los que cada persona ha respondido a la llamada de Dios.

Por eso animó a recordar los aniversarios del bautismo y de la confirmación, así como a que los matrimonios celebren el aniversario de su boda y los sacerdotes y religiosos recuerden los días de su ordenación y de sus votos.

«Crecer en madurez cristiana es ser cada vez más agradecidos, vivir cada vez más eucarísticamente».

Tomar conciencia de esas etapas, explicó, permite recordar simultáneamente el don recibido de Dios y la respuesta que cada persona ha ido dando mediante sus propias promesas. Cuanto más se desarrolla esta actitud, añadió, mayor es la capacidad de alegrarse «por cada momento pasado en la viña».

«Después de todo —señaló—, hemos probado el vino nuevo que alegra el corazón del hombre».

El sacerdote y el obispo son «conductos y administradores»

La imagen de la viña adquirió finalmente un significado concreto en la celebración. Durante aquella Misa, Varden instaló al padre Florian Pletscher como párroco de la catedral de Trondheim, después de que hubiera ejercido durante un tiempo como administrador.

El obispo explicó que el sacerdote no comenzaría necesariamente a realizar tareas diferentes de las que ya desempeñaba. Lo que cambiaba era la responsabilidad que asumía de manera explícita sobre aquella «viña».

Durante aproximadamente un año y medio, señaló Varden, el nuevo párroco había conocido el terreno, descubierto dónde era necesario «regar y desherbar», aprendido a utilizar la maquinaria y conocido a sus colaboradores. Y ahora había respondido: «¡Sí! Deseo servir en este lugar».

Tras su juramento de fidelidad, Varden anunció que lo conduciría hasta algunos de los lugares fundamentales de la catedral: la pila bautismal, el confesionario y el sagrario. Cada uno de ellos, explicó, manifestaba un aspecto particular de la bondad que Dios ofrece a quienes quieren recibirla y corresponder a ella.

Y recordó cuál es, en último término, el lugar del ministro ante esa gracia:

«El sacerdote, y también el obispo, es simplemente conducto y administrador de esa bondad».

Varden concluyó regresando a la pregunta que había atravesado toda su reflexión: cómo reaccionamos ante una generosidad de Dios que no se ajusta necesariamente a nuestros cálculos.

«Que la generosidad de Dios no nos provoque envidia».

Y pidió que cada cristiano fuera capaz de descubrir la fuerza que recibe al colaborar con esa gracia según su propia llamada, antes de formular un último deseo para la comunidad de Trondheim: «¡Que la viña de san Olaf en este lugar dé fruto al ciento por uno!».

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