La Iglesia y el reto de escuchar de verdad a los jóvenes

Escuchar a los jóvenes se ha convertido en una expresión habitual en el lenguaje pastoral. Sin embargo, no siempre significa lo mismo. A veces se reduce a organizar encuestas, abrir turnos de palabra o permitir que los jóvenes intervengan en alguna reunión. Todo eso puede ser útil, pero no basta.

Escuchar de verdad implica algo mucho más exigente: aceptar que sus preguntas pueden incomodar, que sus heridas pueden desbordar nuestros esquemas y que sus críticas pueden señalar carencias reales en la vida de nuestras comunidades.

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La Iglesia no escucha a los jóvenes cuando simplemente les concede unos minutos para hablar. Les escucha cuando se toma en serio lo que viven, cuando no trivializa sus dificultades, cuando no responde con automatismos y cuando está dispuesta a revisar su modo de acompañar, formar y evangelizar.

Muchos jóvenes no rechazan la fe por hostilidad. Sencillamente no han encontrado un lugar donde sus preguntas hayan sido acogidas con profundidad. Han recibido respuestas, pero quizá no han encontrado escucha. Han oído normas, pero no siempre han visto una comunidad capaz de acompañar procesos. Han conocido actividades, pero no necesariamente un hogar espiritual.

Escuchar exige abandonar la tentación de las respuestas prefabricadas. El joven que pregunta por Dios, por la Iglesia, por la sexualidad, por el sufrimiento, por la vocación o por el sentido de la vida no necesita un eslogan. Necesita una palabra verdadera, nacida de la fe, pero también de la paciencia.

La escucha cristiana no es neutralidad ni silencio cómodo. No consiste en renunciar a la verdad para resultar simpáticos. Consiste en crear las condiciones para que la verdad pueda ser recibida como luz y no como piedra arrojada desde lejos.

Por eso escuchar no significa dejar al joven encerrado en sus propias confusiones. Significa acompañarle desde donde está, sin fingir que ya se encuentra donde debería estar. Hay una gran diferencia entre rebajar la propuesta cristiana y saber proponerla con pedagogía.

El primer paso es reconocer al joven como interlocutor, no como mero destinatario. No es solo alguien a quien hay que organizarle actividades, impartirle catequesis o invitarle a eventos. Es alguien que también puede ayudar a la Iglesia a ver mejor la realidad, a detectar lenguajes agotados y a descubrir nuevas preguntas.

Eso exige humildad. Una comunidad que escucha a los jóvenes debe estar dispuesta a admitir que, en ocasiones, se ha mostrado distante, burocrática, fría o excesivamente centrada en sí misma. También debe reconocer que muchos jóvenes buscan autenticidad, belleza, pertenencia, silencio, oración y testigos creíbles.

Escuchar de verdad supone dedicar tiempo. No hay escucha pastoral sin presencia. No se escucha desde la prisa ni desde la superioridad. Se escucha cuando alguien se queda, cuando pregunta, cuando recuerda el nombre, cuando acompaña una crisis, cuando sabe esperar.

La Iglesia necesita formar personas capaces de escuchar así. Catequistas, sacerdotes, religiosos, matrimonios, educadores y jóvenes adultos que no tengan miedo a las preguntas difíciles. Personas capaces de sostener conversaciones hondas sin escandalizarse, sin invadir y sin convertir cada diálogo en una lección.

El reto es enorme, pero también esperanzador. Allí donde un joven se siente escuchado de verdad, suele abrirse una puerta. Quizá no inmediatamente. Quizá no como esperábamos. Pero la escucha auténtica prepara el terreno donde puede germinar la fe.

Porque muchas veces el camino hacia Cristo comienza con algo tan sencillo y tan difícil como esto: alguien que se detiene, mira al joven con respeto y le pregunta qué lleva en el corazón.

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