La ceremonia coincidió con la ejecución de un opositor político y ha generado críticas por las violaciones de derechos humanos en Irán.
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El Vaticano otorgó la Gran Cruz del Orden Piano al embajador de Irán ante la Santa Sede, Mohammad Hossein Mokhtari, el 13 de mayo de 2026, según informó ilmessaggero.it. La ceremonia despertó polémica inmediata al coincidir con la ejecución de un opositor político por parte del régimen iraní, lo que intensificó las críticas a la decisión vaticana.
La Santa Sede explicó que la entrega de esta distinción responde a un procedimiento diplomático ordinario, aplicado a los embajadores acreditados tras aproximadamente dos años de servicio. En la misma jornada, otros doce representantes diplomáticos recibieron la misma condecoración, aunque sus identidades no fueron reveladas públicamente.
La ceremonia fue presidida por monseñor Paolo Rudelli, sustituto de la Secretaría de Estado, ya que el Papa León XIV se hallaba en Castel Gandolfo. Aunque el Vaticano considera estos actos como parte de la rutina diplomática ordinaria, el contexto político actual convirtió el gesto en un asunto de considerable sensibilidad. Las autoridades iraníes interpretaron la condecoración como un respaldo político, subrayando el papel de la diplomacia de Teherán en la promoción de mensajes de justicia y rechazo al conflicto.
La coincidencia temporal entre la ceremonia y la ejecución del prisionero político Abdoljalil Shahbakhsh provocó una respuesta contundente de la Asociación de Mujeres Democráticas Iraníes, que denunció que el Vaticano enviaba un "grave señal político y moral". La asociación subrayó en su comunicado que el reconocimiento se producía en un momento de intensificación de la represión contra la población iraní, generando profundo malestar entre quienes luchan por la libertad y los derechos humanos en el país.
El episodio refleja la complejidad inherente a la diplomacia vaticana, que procura mantener canales de comunicación incluso con gobiernos cuestionados por sus violaciones de derechos humanos. La Santa Sede sostiene que el diálogo resulta imprescindible para mediar y reducir tensiones, aunque en un contexto de creciente polarización y mayor escrutinio sobre derechos humanos, incluso los gestos protocolares pueden adquirir significado político.
