La alegría que permanece

La alegría que permanece

Víctor V. Espinar

Hay palabras que, con el paso del tiempo, parecen haber perdido parte de su significado. Una de ellas es "alegría". Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a buscarla de manera inmediata, casi como si fuera un producto de consumo.

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Se nos presenta como una emoción que debe acompañarnos constantemente, como un estado permanente de bienestar que depende de que todo salga según nuestros planes. Y cuando eso no sucede, cuando aparece el dolor, el fracaso o la incertidumbre, tenemos la sensación de que algo se ha roto.

También los cristianos podemos caer en esa forma de pensar. Sin darnos cuenta, terminamos identificando la alegría con una actitud exterior, con una sonrisa permanente o con una especie de optimismo que parece inmune a cualquier dificultad. Pero basta abrir el Evangelio para descubrir que Jesús nunca prometió una vida así. Él mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro. Sintió angustia en Getsemaní. Conoció el rechazo, la incomprensión y el sufrimiento. Y, sin embargo, nadie ha vivido con una alegría tan plena como Él.

La alegría cristiana no consiste en ignorar la realidad ni en fingir que todo marcha bien. No obliga a ocultar las heridas ni a reprimir las lágrimas. Hay días en los que el corazón pesa más de lo habitual. Hay momentos en los que cuesta rezar, en los que las preguntas parecen multiplicarse y las respuestas tardan en llegar. Hay enfermedades, pérdidas, preocupaciones familiares, problemas económicos o decepciones que nadie puede resolver con una simple invitación a "estar contento". La fe no nos vuelve inmunes a todo eso.

Lo que hace es regalarnos una certeza capaz de sostenernos incluso cuando el suelo parece moverse bajo nuestros pies. Esa certeza tiene un nombre: Dios permanece. Permanece cuando las cosas salen bien y también cuando se derrumban nuestros proyectos. Permanece cuando experimentamos su cercanía y cuando atravesamos esos silencios que tanto desconciertan al creyente. Su fidelidad no depende de nuestros estados de ánimo.

Por eso la alegría del cristiano tiene una profundidad distinta. No nace cada mañana al comprobar que todo va bien, sino al recordar quiénes somos. Somos hijos de Dios. Puede parecer una afirmación sencilla, repetida tantas veces que corre el riesgo de dejar de sorprendernos. Pero, si la contemplamos de verdad, cambia completamente la manera de mirar la vida. Nuestra identidad no depende de los éxitos que acumulamos, del reconocimiento que recibimos o de la opinión que los demás tienen de nosotros. Antes de cualquier mérito, ya somos amados. Antes incluso de responder a Dios, Él nos ha buscado primero.

Quizá por eso los santos transmitían una paz tan difícil de explicar. No porque hubieran llevado una existencia cómoda. Todo lo contrario. Muchos conocieron la persecución, la enfermedad, la pobreza o la incomprensión. Lo que los hacía distintos era la confianza con la que atravesaban esas circunstancias. Sabían que la historia no estaba en manos del azar y que el Señor nunca abandona a quienes caminan con Él.

En una ocasión escuché decir que la alegría es el perfume de una vida habitada por Dios. La imagen me pareció hermosa porque el perfume nunca permanece encerrado. Se expande. Llega a quienes están cerca. Algo parecido ocurre con el cristiano. Cuando vive profundamente unido al Señor, esa alegría termina manifestándose de formas muy sencillas: en la paciencia con quien está pasando un mal momento; en la serenidad para afrontar una dificultad; en la capacidad de escuchar sin juzgar; en la esperanza que transmite cuando otros solo ven motivos para el desánimo.

No hace falta hablar constantemente de Dios para anunciarlo. Muchas veces basta con vivir de una manera que despierte preguntas. Uno termina una conversación con ellas y siente que el peso de la vida es un poco más ligero. No porque hayan solucionado todos los problemas, sino porque han sabido recordar, con su manera de estar, que la esperanza sigue siendo posible. Ese es uno de los testimonios más elocuentes que un cristiano puede ofrecer hoy.

Nuestra sociedad necesita esa alegría silenciosa. Hay demasiada prisa, demasiada crispación y demasiada desesperanza. Vivimos pendientes de noticias que alimentan el miedo, de discusiones que enfrentan y de un ritmo que apenas deja espacio para el silencio. En ese contexto, un cristiano llamado a vivir desde la confianza puede convertirse en un verdadero signo de contradicción. No porque ignore las dificultades del mundo, sino porque sabe que ninguna oscuridad tiene la última palabra.

Esto no significa que siempre nos sintamos fuertes. Habrá días en los que también nosotros necesitaremos que alguien nos sostenga. Habrá momentos en los que la oración será un simple susurro y otros en los que el corazón apenas encontrará motivos para alegrarse. Precisamente entonces recordaremos que la alegría no depende exclusivamente de lo que sentimos. Descansa sobre la promesa de que Dios camina con nosotros.

Esa es la gran noticia del cristianismo. Nunca estamos solos. Incluso cuando creemos haber perdido el rumbo, el Señor continúa buscándonos. Incluso cuando nuestra fe vacila, Él permanece fiel. Incluso cuando el sufrimiento ocupa todo el horizonte, su amor sigue actuando, muchas veces de formas discretas, casi imperceptibles.

Tal vez la misión del cristiano en nuestro tiempo consista, más que nunca, en recordar esa verdad con su propia vida. Ser hombres y mujeres que contagien esperanza porque saben de dónde brota la fuente de su alegría. Una alegría serena, humilde y profundamente humana. Una alegría que convive con las lágrimas cuando es necesario, pero que nunca se deja vencer por ellas. Una alegría que nace de sabernos hijos de Dios y que, precisamente por eso, encuentra siempre el camino para llegar al corazón de los demás.

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