
Hace unos días, mientras hacía mi rato de oración delante del Sagrario, me encontré con una frase de san Agustín de Hipona: “Decís vosotros que los tiempos son malos; sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores: vosotros sois el tiempo”.
No tardé ni un segundo en sentirme totalmente interpelado por esta afirmación. Sentí que aquellas palabras hablaban directamente de todos nosotros y de los tiempos convulsos en los que vivimos.
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Estamos rodeados de noticias que invitan al desánimo. Basta abrir cualquier periódico o encender la televisión durante cinco minutos para comprobarlo. La violencia y el odio siguen, cada vez más, golpeando con crudeza, como hemos visto recientemente en el cobarde ataque perpetrado en Medjugorje.
La crispación se ha instalado por completo en la conversación pública, la polarización ya forma parte de nuestra forma de relacionarnos y, poco a poco, estamos corriendo el riesgo de acostumbrarnos a ello.
Ante este panorama resulta sencillo pensar que nada depende de nosotros y que los grandes problemas siempre los resolverán otros, porque una persona apenas puede hacer nada frente a tanto odio. Sin embargo, san Agustín desmonta esa resignación con una sencillez desarmante. Los tiempos no son ajenos a nosotros, los construimos cada día con nuestras decisiones, palabras, silencios y, sobre todo, con aquello que dejamos de hacer.
Todo cristiano debe saber que Dios nunca nos llama a contemplar el mundo desde la barrera, nos necesita en el corazón de la historia. Precisamente donde falta la esperanza es donde el Evangelio encuentra un terreno fértil para echar raíces. Es nuestra misión el llevar a Cristo donde hay odio, resentimiento o indiferencia ante las injusticias.
El Papa León XIV ha expresado esta llamada con palabras que merecen una reflexión interna. En un mensaje dirigido a los jóvenes, recordaba que la Iglesia necesita de nuestra “santa rebeldía, energía limpia y ganas de transformar las realidades de dolor en espacios de esperanza”. Una rebeldía que emana de la caridad, de la decisión de no acostumbrarse al mal, de no aceptar que la desesperanza pueda llegar a tener la última palabra y de seguir creyendo que Dios continúa actuando en medio de la historia.
Quizá el acto más revolucionario de nuestro tiempo consiste en negarse a dar todo por perdido. Cada perdón, palabra que une en lugar de dividir, servicio silencioso o joven que decide vivir el Evangelio, abre una rendija por la que vuelve a entrar la luz. Ya sabemos, porque la historia así nos lo enseña, que los grandes cambios de la historia siempre han comenzado con personas que entendieron que Dios podía servirse de ellas.
Nuestra vocación nunca ha consistido únicamente en esperar tiempos mejores, estamos llamados a hacer que lleguen. Y hacerlo con el modo en que Cristo transforma el mundo: amar cuando resulta difícil, servir cuando nadie nos ve y sembrar esperanza donde otros solo ven fracaso.
San Agustín tenía razón, nosotros somos el tiempo. Dios sigue escribiendo la historia, pero necesita de nuestras manos, de nuestra voz y de nuestro corazón. Cada acto de caridad, gesto de reconciliación y vida entregada al servicio de los demás son pequeñas semillas que anuncian el cambio. Seguramente no lleguemos a contemplar los frutos, pero eso no importa porque nunca ha sido nuestra tarea. Nuestra labor radica en sembrar con fidelidad y dejar que Dios haga el resto.
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