
El artículo de la Sra. Kubizňáková es un caso muy relevante de testimonio laical sobre asuntos que hasta ahora siempre se han resuelto de forma exclusiva entre la Santa Sede y el Estado. Sus comentarios se refieren al motivo por el que el Presidente no firmó el tratado: el Presidente checo pretendía que ,a cambio del supuesto trato privilegiado que recibe la Iglesia Católica por parte del gobierno checo, se reconozca a este el derecho del levantamiento del secreto de confesión.
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Se trata de algo sin precedentes en las relaciones concordatarias entre la Iglesia y el Estado. Este caso trae a la memoria el martirio de San Juan Nepomuceno, el mártír checo de la confesión sacramental en Praga, por no revelar lo que la esposa del Rey le había dicho en confesión.
A continuación citamos un artículo de la Sra. Kubizňáková, publicado en la revista Echo24, en Praga, el 8 de abril de 2026.
El concordato regula varios asuntos de carácter jurídico y simbólico en la relación entre el Estado y la Iglesia. Se trata del «Acuerdo entre la Santa Sede y la República Checa sobre determinadas cuestiones jurídicas», firmado en Praga el 24 de octubre de 2024 por el primer ministro Petr Fiala y el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano.
El texto tiene por objeto crear un marco estable para las relaciones entre el Estado checo y la Iglesia católica, después de que el primer intento de concordato en 2003 fuera rechazado por el Parlamento, al considerarse demasiado favorable para la Iglesia. El acuerdo de 2024 fue posteriormente aprobado por ambas cámaras del Parlamento checo y remitido al presidente para su ratificación, lo cual es una condición indispensable para su entrada en vigor.
Por parte de la Santa Sede, el texto debía ser ratificado además por el papa (actualmente León XIV), con lo que se completaría el intercambio de las cartas de ratificación. A continuación, se cita el artículo:
El derecho fundamental a la libertad religiosa está garantizado por la Constitución de nuestra República y se encuentra bajo la protección del poder judicial. El contenido de esta doctrina para los católicos lo determina nuestra Santa Madre Iglesia, gobernada por el Espíritu Santo.
Toda la historia de la Iglesia es una historia de intentos de destruirla. Podemos mencionar a Voltaire, a quien el historiador francés del siglo XIX Poujoulat atribuye las siguientes palabras: «Me aburre escuchar que bastaron doce personas para difundir el cristianismo. Me gustaría demostrar que basta una sola persona para su destrucción».
A él le siguieron muchos otros, en el siglo XX sobre todo representantes de dictaduras totalitarias como Adolf Hitler y Josef Stalin. Los defensores actuales de la incipiente dictadura biológica, cuya esencia es la ideología de género, ven, como todo totalitarismo, en la Iglesia católica una firme oposición. El profesor Petr Piťha definió de manera concisa la dictadura biológica como una dictadura peor que la de clase o la racial, porque ataca la esencia biológica del ser humano.
Al igual que se equivocó Voltaire también se equivoca el presidente Pavel. El filósofo francés no pudo destruir ni a la Iglesia ni a Dios. Sin embargo, junto con los enciclopedistas, allanó el camino para el genocidio masivo de sacerdotes en la época del terror de la Revolución Francesa,
La inviolabilidad absoluta del secreto sacramental de la confesión se basa en el derecho divino y no admite ninguna excepción. El confesor que actúa «in persona Christi capitis» (es decir, en la persona de Cristo) conoce los pecados del penitente «no como hombre, sino como Dios», como dice santo Tomás de Aquino.
Al no firmar el acuerdo con el Vaticano, el señor presidente solo ha dejado claro de qué lado está.
No nos dejemos intimidar ni sucumbamos al derrotismo. El Reino de Dios es un reino eterno y todos los reyes le servirán y le obedecerán (Salmo 2). Todos los planes contra Él son vanos; el Señor se ríe de ellos en los cielos.
Paradójicamente, esto lo recordamos precisamente la semana pasada. El Miércoles Santo recibimos la mala noticia del caso. No permitamos que ahogue el hecho de que Cristo es la Resurrección, el Espíritu Santo y la Verdad. A pesar de todos nuestros temores, de nuestras incertidumbres… vence Cristo resucitado, cuyo nombre eximio es Amor. (Y no me refiero al señor senador).
Tal como ha declarado la Conferencia Episcopal Checa, el secreto de confesión es y sigue siendo parte integrante de la vida de la Iglesia y un derecho fundamental de los fieles.
Y así seguirá siendo, aunque la Iglesia tuviera que volver a la clandestinidad. La inmensa mayoría de los obispos (Jerzy Robert Nowak señala que, de los 135 obispos en Francia, solo 7 juraron la Constitución Civil del Clero), ante el terror de la Revolución Francesa, antepusieron la fidelidad al Magisterio (es decir, a la doctrina de la Iglesia) a la carrera eclesiástica y a la traición.
Recemos por nuestros sacerdotes, a quienes quizá no les esperen tiempos fáciles. Recemos también por nuestros enemigos, que quizá, por ignorancia, no ven que Europa será o bien católica o bien musulmana, pero en ningún caso laica. Recemos por todos, pues Dios espera hasta el último momento a cada uno de nosotros.
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