Torrente presidente: reír sin pensar también tiene consecuencias

Torrente presidente: reír sin pensar también tiene consecuencias

Aurora Buendía

Columnista de Opinión Crítica

En estos días, una no deja de escuchar que Torrente presidente “es la de siempre, pero con política”. Lo dicen con esa media sonrisa de quien ya sabe a lo que va. A mí, en cambio, me basta esa frase para decidir que no voy. Y, sobre todo, para inquietarme por otra cosa: la cantidad de católicos que sí irán… sin plantearse siquiera si les conviene.

Porque la película no engaña a nadie. Quienes la comentan la describen sin rodeos como una comedia “soez, marrana y bruta”, repleta de “chistes gruesos”. No es una caricatura moralista; es su propia etiqueta. Y entonces una se pregunta —con bastante calma—: si esto es lo que hay, ¿por qué cuesta tanto hacer un mínimo juicio previo antes de consumirlo?

Ahora bien, no se trata de rasgarse las vestiduras por un tipo de humor que, en el fondo, siempre ha existido. La cuestión no es esa. La cuestión es la ligereza con la que se entra en la sala, como si todo fuera moralmente neutro, como si la risa justificara cualquier cosa. Y no, no todo vale porque haga gracia.

Dicho esto, el personaje de Torrente lleva años instalado en una fórmula muy concreta: vulgaridad, grosería, caricatura sin matices. En esta entrega se disfraza de político, lo cual podría haber dado para una sátira inteligente. Sí, pero… para eso haría falta intención de elevar el nivel. Y lo que parece haber aquí es justo lo contrario: una repetición cómoda de lo de siempre, con un barniz de actualidad.

Con todo, hay un dato objetivo que no debería trivializarse: la película está no recomendada para menores de 16 años. Es decir, su contenido no se considera adecuado para un público joven. Y, sin embargo, muchos adultos —también católicos— parecen dar por hecho que eso no les interpela en absoluto. Como si la madurez consistiera en poder verlo todo sin consecuencias. ¿De verdad es así?

A partir de aquí aparece el argumento habitual: “cada cual sabrá”. Por supuesto. Pero la libertad no consiste en consumir sin filtro, sino en elegir con criterio. Y ahí es donde una empieza a echar en falta algo muy básico: el examen previo. No un escrúpulo enfermizo, sino una pregunta sencilla: ¿esto me conviene? ¿me eleva o me rebaja? ¿me deja mejor o peor?

Por si fuera poco, el éxito de la película —que concentra más de la mitad de la recaudación del cine español— se presenta casi como una validación automática. Como si el aplauso masivo convirtiera el contenido en recomendable. Y no. Más bien al contrario. La vulgaridad no solo se consume: se legitima cuando nadie la cuestiona.

En el fondo, lo preocupante no es que exista Torrente presidente. Es que una parte del público —incluidos no pocos católicos— haya dejado de hacerse preguntas antes de sentarse a verla. Se entra, se ríe una, se sale… y se pasa página. Como si la imaginación, el lenguaje o el gusto moral no necesitaran ningún cuidado.

Como católica, a mí no me escandaliza que alguien decida ir. Me inquieta más bien que lo haga sin pensar. Sin ese pequeño juicio interior que distingue entre lo que puedo hacer y lo que me conviene hacer. Porque ahí es donde empieza a diluirse el criterio.

De ahí que mi decisión de no ir a ver Torrente presidente no sea un gesto de rechazo airado. Es algo mucho más sencillo: una forma de no participar, sin más, en lo que una considera pobre, zafio y prescindible.

Porque no todo lo que hace reír merece ser visto. Y, desde luego, no todo lo que se ve sin pensar deja de pasar factura.

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Comentarios
0
Rubén Reyes
1 minuto hace
La risa no debe ser un cheque en blanco para consumir lo que sea. El fenómeno de Torrente, lejos de ser inocuo, legitima la vulgaridad y desdibuja el criterio moral. ¿Cuántos más se atreverán a preguntarse si realmente les conviene este tipo de entretenimiento?
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