Cuando el templo se alquila al esperpento

Cuando el templo se alquila al esperpento

Aurora Buendía

Columnista de Opinión Crítica

Una entra en una iglesia y espera encontrar silencio, recogimiento, una lámpara encendida, el rumor de una oración quizá torpe pero sincera. Lo normal. Lo católico. Lo civilizado, incluso. No espera, desde luego, encontrarse con un número de vergüenza ajena servido entre aplausos, capote y contorsión de famoso jubilado, como si el presbiterio fuera una mezcla de plató de sobremesa y verbena con barniz solidario. Pero ya se ve que hay quienes confunden la casa de Dios con un salón de actos al que solo le falta una máquina de humo.

El problema, conviene decirlo desde el principio, no es José Ortega Cano. O no principalmente. Ortega Cano hizo lo que hacen tantas figuras públicas cuando detectan que nadie les va a poner freno: ocupar el espacio, sobreactuar, regalar una escena y marcharse dejando detrás el eco del numerito. Nada nuevo bajo el sol. El verdadero escándalo no es que un personaje haga el ridículo. Para eso ya existe la prensa rosa, que vive de convertir la desmesura en género literario. El verdadero escándalo es que haya un sacerdote dispuesto a ofrecerle una iglesia como marco para semejante degradación.

Ahí está el punto. Ahí está el Padre Ángel. Porque una iglesia no se profana solo cuando alguien entra a blasfemar. También se desfigura cuando quien debe custodiarla la rebaja a espacio multiusos para cualquier ocurrencia sentimental, mediática o pintoresca. Y en eso se ha instalado desde hace tiempo cierta pastoral del aplauso: mientras haya focos, cámaras, titulares y una causa benéfica para envolverlo todo con celofán moral, parece que ya vale casi cualquier cosa. Sí, pero no. Justamente no.

Una iglesia no está para estas soplapolladas. Está Cristo. Está el sagrario. Está la presencia real del Señor para quien tiene fe y, por tanto, tiene también sentido del límite. Quien cree de verdad que allí está Cristo no deja que el templo se convierta en escenario de payasadas. No porque sea una persona rígida, ni triste, ni enemiga de la alegría, sino porque distingue entre la alegría cristiana y la chabacanería consentida. Y esa distinción, que antes la entendía hasta la última anciana del pueblo, hoy parece haberse evaporado en no pocos despachos eclesiásticos.

Dicho esto, el asunto es aún más revelador por la naturalidad con que se presenta. Nadie parece preguntarse si era adecuado. La pregunta es otra: si se hizo viral, si dio visibilidad, si tuvo repercusión, si acercó a no sé quién a no sé qué. Ese es el truco viejo del catolicismo acomplejado: sacrificar el sentido de lo sagrado para obtener unos minutos de aceptación mundana. Primero conviertes el templo en decorado. Luego justificas el decorado con palabras amables. Y al final te extraña que la gente ya no sepa arrodillarse, callarse ni mirar al altar sin pensar que todo es atrezzo.

En el fondo, lo más desolador no es el episodio, sino la mentalidad que lo hace posible. Esa obsesión por parecer cercanos, modernos, simpáticos, “abiertos”, aunque para ello haya que trivializar lo que se supone que se venera. Como si la Iglesia tuviera que pedir perdón por ser Iglesia. Como si custodiar un templo con dignidad fuese una excentricidad preconciliar. Como si poner orden fuera menos evangélico que montar un espectáculo indecoroso con coartada piadosa. ¿De verdad hemos caído tan bajo que defender el respeto al sagrario tenga que sonar a radicalidad?

Por eso la frase del Evangelio viene sola, sin necesidad de forzar nada: “Mi casa es casa de oración, pero la habéis convertido en cueva de ladrones”. No porque aquí haya mercaderes con palomas y monedas, sino porque existe otra forma de expolio: robarle al templo su carácter sagrado, saquear su sentido, vaciarlo de reverencia y llenarlo de marketing religioso. También eso es una rapiña. Más pulcra, más sonriente, más televisiva. Pero rapiña al fin.

Ahora bien, no se trata de rasgarse las vestiduras por un vídeo viral y después seguir como si nada. Se trata de recuperar una evidencia elemental: el templo no es de quien lo gestiona, ni de quien lo alquila simbólicamente a la sentimentalidad del momento, ni de quien lo usa para fabricar imagen pública. El templo es de Dios. Y si eso no determina lo que puede hacerse dentro, entonces ya no queda fe: queda administración de espacios.

El ridículo de Ortega Cano pasará. Lo grave es que haya clérigos a quienes ya no les parezca ridículo convertir una iglesia en marco para el esperpento. Cuando se pierde el sentido del sagrario, todo acaba pareciendo decorado. Y entonces ya no queda templo. Queda local.

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Comentarios
0
Pilar Martín
1 hora hace
La trivialización de lo sagrado ya no se disimula: cualquier espectáculo, por estrambótico que sea, es bueno si lleva el sello "benéfico". ¿Cuánto más vamos a sacrificar del respeto hacia nuestros templos por un par de likes y un toque de modernidad?
Like Me gusta Citar
Escribir un comentario

Enviar

Publish the Menu module to "offcanvas" position. Here you can publish other modules as well.
Learn More.