
El cardenal José Cobo ha invitado a representantes de Crismhom al encuentro de León XIV con el mundo de la cultura y la sociedad civil. Y, como suele ocurrir en estos casos, la noticia llega envuelta en esa niebla pastoral tan característica de la época: nadie cambia oficialmente la doctrina, nadie dice expresamente que el Catecismo haya quedado para el museo, nadie proclama una nueva moral sexual desde la catedral. Simplemente se invita, se sonríe, se fotografía, se acompaña y se deja que los gestos hagan el trabajo que antes hacían los documentos doctrinales.
La pregunta, por tanto, no es caprichosa: ¿en Madrid rige todavía el Catecismo o empieza a imponerse una doctrina gay de Cobo? La formulación puede sonar áspera, pero lo realmente áspero no es preguntar, sino obligar a los fieles a descifrar la doctrina diocesana como si fuera un jeroglífico. Porque cuando una diócesis multiplica los gestos en una dirección y evita explicar con claridad qué enseña la Iglesia, la confusión no nace en quienes observan. Nace en quienes gobiernan.
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Nadie discute que la Iglesia deba acoger a las personas homosexuales. Esa es una verdad elemental, aunque algunos la repitan como si acabaran de descubrir el octavo sacramento. La Iglesia acoge a todos porque todos necesitan a Cristo. Acoge al pecador, al herido, al perdido, al soberbio, al tibio, al roto y al que no sabe siquiera que está roto. Pero acoger no significa canonizar cada deseo, bendecir cada identidad ni convertir el acompañamiento en una elegante renuncia a enseñar.
El Catecismo, por si todavía se puede mencionar sin pedir disculpas, dice lo que dice. Enseña que las personas con atracción hacia el mismo sexo deben ser tratadas con respeto, compasión y delicadeza, y que debe evitarse toda discriminación injusta. Pero también enseña que los actos homosexuales no pueden recibir aprobación moral y que las personas homosexuales están llamadas a la castidad. La doctrina católica, qué atrevimiento, tiene la mala costumbre de no adaptarse automáticamente al programa cultural del mes.
El problema de Madrid no es que el cardenal Cobo escuche a personas homosexuales. Ojalá un pastor escuche a todos. El problema es a quién se escucha, para qué se escucha y qué mensaje público queda después de escuchar. Porque no es lo mismo acompañar a una persona concreta en su camino hacia Cristo que convertir en interlocutor privilegiado a un colectivo que no parece pedir ayuda para vivir la castidad, sino reconocimiento eclesial para una lectura de la sexualidad incompatible con la moral católica tradicional.
Crismhom no es simplemente un grupo de católicos con atracción hacia personas del mismo sexo que buscan vivir fielmente el Catecismo. Su planteamiento público va mucho más lejos. Su horizonte pasa por presentar la identidad LGTBI como plenamente compatible con la fe cristiana, no desde la llamada a la castidad, sino desde una lógica de afirmación y normalización. Esto puede gustar más o menos, puede sonar moderno, amable o inclusivo, pero no es una simple modalidad pastoral. Es una toma de posición doctrinal, aunque se vista de abrazo y de mesa redonda.
Por eso la invitación de Crismhom al acto con León XIV no puede despacharse como un detalle inocente. En la Iglesia pocas cosas son inocentes cuando se convierten en símbolo. Y esta lo es. Nadie impide que el Papa se encuentre con quien quiera. Nadie pretende cerrar la puerta a nadie. La cuestión es otra: por qué la Archidiócesis de Madrid ofrece visibilidad precisamente a quienes desean una revisión práctica de la doctrina sobre la homosexualidad y no a quienes tratan de vivir esa misma realidad desde la castidad que enseña la Iglesia.
Madrid lleva tiempo cultivando este lenguaje de los gestos que dicen mucho y explican poco. El pasado verano ya acogió un encuentro internacional de católicos LGTBI en el que el cardenal Cobo mostró cercanía pública con estos ambientes. En aquel contexto apareció también James Alison, conocido defensor de una aceptación eclesial de la homosexualidad difícilmente encajable en una lectura serena del Catecismo. Ahora llega la invitación a Crismhom al encuentro con el Papa. Una vez puede ser casualidad. Dos veces, sensibilidad. Tres veces, línea pastoral.
Y cuando una línea pastoral se repite, los fieles tienen derecho a preguntar qué doctrina la sostiene. No basta con invocar palabras grandes como acogida, escucha, integración o diversidad. Las palabras grandes sirven para iluminar cuando van unidas a la verdad; cuando se separan de ella, solo producen humo. Y de humo pastoral vamos sobrados. Lo que falta es una explicación sencilla: qué enseña Madrid sobre la homosexualidad y cómo encajan sus gestos públicos con la doctrina de la Iglesia.
Lo llamativo es que el cardenal Cobo parece encontrar siempre tiempo para los gestos, pero no la misma urgencia para la claridad doctrinal. Hay espacio para recibir, acompañar, tender puentes y fotografiar sensibilidades. Mucho menos para explicar, sin rodeos, que la castidad no es una nota a pie de página, sino parte esencial de la vida cristiana. Mucho menos para decir que la Iglesia no llama a nadie a definirse por su deseo, sino por su vocación a la santidad.
La pastoral contemporánea ha descubierto una fórmula magnífica: no negar la doctrina, solo dejarla sin oxígeno. No se contradice el Catecismo; simplemente no se cita. No se cambia la enseñanza; simplemente se rodea de silencios. No se proclama una moral nueva; simplemente se invita siempre a quienes la sugieren. Así, sin decreto, sin escándalo aparente y sin tener que dar demasiadas explicaciones, la excepción acaba pareciendo norma y la norma acaba pareciendo una rareza antipática.
Ahí aparece una pregunta incómoda, quizá demasiado incómoda para los salones eclesiales: si se quiere escuchar a homosexuales católicos, ¿por qué Crismhom sí y Courage no? ¿Por qué se concede tanta visibilidad a quienes piden una aceptación eclesial de la identidad LGTBI y tan poca a quienes, teniendo atracción hacia personas del mismo sexo, desean vivir conforme a la doctrina católica? ¿No existen? ¿No interesan? ¿No encajan en la fotografía? ¿O quizá recuerdan algo que resulta pastoralmente inoportuno: que la castidad sigue siendo posible?
Courage representa precisamente ese testimonio que hoy parece molestar más que muchos discursos abiertamente disidentes. Acompaña a personas con atracción hacia el mismo sexo que quieren vivir en fidelidad al Catecismo. Propone oración, amistad, vida sacramental, acompañamiento y castidad. No convierte la identidad sexual en bandera. No exige que la Iglesia reescriba su moral. No ofrece titulares cómodos al mundo. Tal vez por eso no goza del mismo entusiasmo institucional en ciertos despachos.
Porque hay testimonios que desmontan el relato. Si existen personas homosexuales que quieren vivir la castidad, entonces ya no sirve decir que la única pastoral misericordiosa es la validación. Si existen católicos que aceptan la doctrina de la Iglesia aunque les cueste, entonces resulta más difícil presentar el Catecismo como una piedra imposible de cargar. Si existen caminos de fidelidad, sacrificio y gracia, entonces tal vez el problema no sea la doctrina, sino la falta de fe en que la gracia pueda sostenerla.
El cardenal Cobo habla con frecuencia contra la polarización. Y está bien. La polarización es mala. Lo curioso es que casi siempre parecen polarizar los mismos: los que piden claridad, los que recuerdan el Catecismo, los que preguntan por la castidad, los que no aplauden cada novedad pastoral como si fuera Pentecostés. En cambio, quienes llevan años empujando para que la Iglesia modifique en la práctica su moral sexual suelen aparecer como constructores de puentes. Qué casualidad tan bien organizada.
Pero la polarización no empieza cuando un fiel pregunta qué enseña la Iglesia. Empieza cuando se le hace sentir sospechoso por preguntarlo. Empieza cuando una diócesis convierte en interlocutores preferentes a quienes cuestionan la doctrina y trata como incómodos a quienes desean vivirla. Empieza cuando la palabra comunión se usa para pedir silencio a unos y altavoz a otros. Empieza, en definitiva, cuando la pastoral deja de ser camino hacia la verdad y se convierte en gestión de sensibilidades.
Madrid puede dialogar con Crismhom, naturalmente. Puede recibir a quien quiera, escuchar a quien considere oportuno y tender todos los puentes que estime necesarios. Pero una diócesis no puede comportarse como si sus gestos no enseñaran. Enseñan. Las invitaciones enseñan. Las fotografías enseñan. Las ausencias enseñan. Los silencios enseñan. Y cuando todo lo que se enseña apunta en una dirección mientras el Catecismo queda en segundo plano, los fieles tienen derecho a concluir que algo se está moviendo bajo sus pies.
La gran trampa está en presentar cualquier crítica como falta de misericordia. No. La misericordia no consiste en ocultar la verdad para que nadie se incomode. Eso no es misericordia; es abandono con buenos modales. La misericordia cristiana mira a la persona entera, también su pecado, su herida, su vocación y su destino eterno. Una Iglesia que solo confirma, pero no corrige; que solo escucha, pero no enseña; que solo acompaña, pero no llama a la conversión, no es más misericordiosa. Es más cobarde.
No basta con repetir que todos caben en la Iglesia. Todos caben, sí. Pero todos caben para encontrarse con Cristo, no para exigir que Cristo se adapte a cada biografía. Todos caben para ser amados, salvados y transformados, no para convertir la comunidad cristiana en un espejo complaciente. La Iglesia no es una oficina de validación emocional ni una sucursal religiosa de la cultura dominante. Es madre y maestra. Y una madre que no enseña acaba dejando huérfanos a sus hijos.
Por eso el verdadero problema no es Crismhom, sino la lectura eclesial que Madrid hace de Crismhom. Una cosa es acoger a personas concretas. Otra, dar apariencia de normalidad doctrinal a planteamientos que chocan con la moral católica. Una cosa es escuchar. Otra, escoger siempre a los mismos interlocutores. Una cosa es abrir puertas. Otra, dejar fuera precisamente a quienes recuerdan que la puerta estrecha sigue formando parte del Evangelio.
Cobo debería aclarar algo tan sencillo como decisivo. ¿La pastoral madrileña sobre la homosexualidad parte del Catecismo o de una reinterpretación progresiva de la doctrina? ¿La diócesis considera que Crismhom representa un camino compatible con la enseñanza moral de la Iglesia o simplemente lo invita como presencia social en un acto plural? ¿Está Madrid dispuesta a escuchar también a homosexuales católicos que quieren vivir la castidad, aunque ese testimonio no resulte tan vistoso para la cultura dominante?
Porque si la respuesta es el Catecismo, conviene decirlo. Y si la respuesta es otra, conviene decirlo todavía más. Lo que no parece serio es mantener una doctrina en los libros y otra en los gestos. Una para los manuales y otra para los actos públicos. Una para los fieles sencillos y otra para los ambientes eclesiales que presumen de haber superado antiguas rigideces. La Iglesia no puede permitirse una doble contabilidad moral.
Madrid necesita saber si su arzobispo enseña el Catecismo o una doctrina gay propia. No por afán de polémica, sino por elemental derecho de los fieles a recibir una enseñanza clara. Si la doctrina de la Iglesia sigue siendo la que es, hay que explicarla, aplicarla y defenderla también cuando incomoda. Si la pastoral de Cobo camina hacia otra cosa, que se diga. Pero lo que no se puede pedir a los católicos es que aplaudan cada gesto, callen cada pregunta y finjan que no ven lo evidente.
En Madrid, cuando se habla de homosexualidad, la pregunta ya no puede esquivarse. ¿Manda el Catecismo o manda la doctrina de Cobo? ¿Se acompaña hacia Cristo o hacia la aceptación cultural de una identidad? ¿Se escucha también a quienes quieren vivir la castidad o solo a quienes piden que la Iglesia deje de hablar de ella? Mientras nadie responda con claridad, los gestos seguirán ocupando el lugar de la doctrina. Y eso, por muy pastoral que suene, no es acompañar: es confundir con incienso.
