¿Por qué sufren los inocentes? La respuesta de Juan Pablo II

¿Por qué sufren los inocentes? La respuesta de Juan Pablo II

¿Por qué sufre quien no ha hecho nada para merecerlo? Juan Pablo II afrontó esta cuestión en Salvifici Doloris a través de la historia de Job, con la que rechaza que todo sufrimiento pueda interpretarse como un castigo de Dios y reconoce el misterio que plantea el dolor del inocente.

La cuestión resulta especialmente difícil porque afecta directamente a la justicia. El propio Juan Pablo II reconoce la existencia de «tantos sufrimientos sin culpa y tantas culpas sin una adecuada pena»: personas inocentes que padecen mientras quienes han cometido el mal parecen, en ocasiones, escapar de sus consecuencias. Ante esta realidad surge inevitablemente una pregunta: ¿existe siempre una relación entre el mal que una persona comete y el sufrimiento que experimenta?

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¿Todo sufrimiento es consecuencia de una culpa?

Juan Pablo II encuentra en el libro de Job uno de los textos fundamentales para responder a esta cuestión. Job es presentado como un hombre justo que atraviesa una sucesión de desgracias: pierde sus bienes, a sus hijos y finalmente su propia salud. Ante un sufrimiento de semejante magnitud, sus amigos intentan encontrar una explicación y llegan a una conclusión aparentemente sencilla: Job debe haber cometido alguna culpa grave que justifique aquello que le está ocurriendo.

El razonamiento de sus amigos parte de la justicia de Dios. Si Dios es justo, el bien debe recibir su recompensa y el mal debe tener consecuencias. Juan Pablo II reconoce que la transgresión consciente y libre del orden moral constituye una culpa y que el castigo tiene sentido cuando se encuentra relacionado con ella. Desde esa perspectiva, el sufrimiento entendido como pena puede estar vinculado al mal cometido por una persona.

Sin embargo, los amigos de Job dan un paso más. No se limitan a afirmar que una culpa puede tener como consecuencia una pena, sino que deducen la existencia de una culpa a partir del sufrimiento. Si Job padece de una forma tan terrible, piensan, necesariamente debe haber hecho algo que explique su desgracia. «Quieren convencerlo de que, si ha sido alcanzado por un sufrimiento tan variado y terrible, debe haber cometido alguna culpa grave», explica Juan Pablo II.

Job rechaza esta interpretación porque sabe que no ha cometido aquello de lo que sus amigos intentan convencerle. Y el desenlace del relato resulta decisivo: el propio Dios reprocha a los amigos sus acusaciones y reconoce que Job no es culpable. Juan Pablo II encuentra aquí uno de los principios fundamentales de su reflexión sobre el sufrimiento:

«No es verdad [...] que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo».

El sufrimiento no demuestra que Dios esté castigando

La distinción que establece Juan Pablo II es importante. El Papa no niega que pueda existir un sufrimiento relacionado con una culpa, pero rechaza que esa relación permita explicar todos los dolores que atraviesa el hombre. El hecho de que una persona sufra no demuestra, por sí mismo, que haya cometido un pecado que Dios esté castigando.

Job representa precisamente la ruptura de esa interpretación. Sus amigos observan su desgracia y creen encontrar en ella una prueba de culpabilidad. Pero están equivocados. El sufrimiento visible de Job no revela una culpa oculta, y el propio Dios termina rechazando las acusaciones formuladas contra él.

De este modo, Salvifici Doloris impide utilizar el sufrimiento como una medida de la situación moral de una persona. No puede concluirse que alguien sea culpable simplemente porque atraviese una enfermedad, una pérdida o una desgracia. La experiencia de Job demuestra, para Juan Pablo II, que el sufrimiento puede existir también sin una culpa que lo explique.

Job y el misterio del sufrimiento inocente

Descartada la culpabilidad de Job, aparece entonces una pregunta todavía más difícil: si es inocente, ¿por qué sufre? Juan Pablo II no intenta eliminar la dificultad mediante una explicación sencilla. Al contrario, utiliza una expresión especialmente significativa para describir aquello que ocurre al protagonista bíblico.

«El suyo es el sufrimiento de un inocente; debe ser aceptado como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia».

La afirmación introduce un límite fundamental. La inteligencia humana busca una causa y quiere comprender por qué una persona determinada ha sido alcanzada por el dolor, pero el caso de Job muestra que no siempre puede encontrar una explicación que permita relacionar lo sucedido con los actos de quien sufre.

Juan Pablo II habla expresamente de «sufrimiento sin culpa». Esta realidad obliga a abandonar la idea de que el orden de los acontecimientos humanos permite reconocer inmediatamente quién es justo y quién es culpable. El sufrimiento puede alcanzar también a quien no ha cometido el mal que aparentemente debería justificarlo.

Por eso, Job no ofrece una explicación tranquilizadora. Su historia abre con toda su fuerza el problema del inocente que sufre y obliga a reconocer que existe una parte de ese misterio que el hombre «no puede comprender a fondo con su inteligencia».

¿Por qué permite Dios que Job sea probado?

El libro de Job ofrece, sin embargo, una explicación concreta de aquello que sucede a su protagonista. Juan Pablo II recuerda que Satanás pone en duda ante Dios la justicia de Job. Según su acusación, Job permanece fiel porque ha recibido prosperidad y bienes; si pierde todo lo que posee, dejará de ser justo y terminará maldiciendo a Dios.

Dios permite entonces que Job sea sometido a la prueba. Primero pierde sus bienes y a sus hijos; posteriormente es alcanzado también por la enfermedad. Su sufrimiento no aparece, por tanto, como pena por una culpa anterior, sino que Juan Pablo II afirma que tiene «carácter de prueba».

La prueba pretende demostrar la verdad de la justicia de Job frente a la acusación de Satanás. Y precisamente por eso su historia resulta tan importante: Job sufre sin que su dolor pueda explicarse como castigo por una falta cometida.

Juan Pablo II, sin embargo, no convierte el caso particular de Job en una explicación universal de todos los sufrimientos inocentes. El libro permite demostrar que el sufrimiento puede alcanzar al justo, pero no resuelve todavía el problema general del dolor humano.

«El libro de Job pone de modo perspicaz el “por qué” del sufrimiento; muestra también que éste alcanza al inocente, pero no da todavía la solución al problema».

¿Puede existir un sufrimiento que sirva para corregir?

Después de rechazar que todo sufrimiento sea consecuencia de una culpa, Juan Pablo II introduce otro matiz presente en el Antiguo Testamento. Existen situaciones en las que la pena puede adquirir una dimensión educativa y convertirse en una llamada a la conversión. En esos casos, el sufrimiento no tendría únicamente la función de responder a un mal cometido, sino también la de hacer posible una recuperación del bien.

El Papa habla de «la reconstrucción del bien» en la persona. La pena tiene sentido, explica, no simplemente porque un mal sea compensado con otro mal, sino porque puede crear la posibilidad de recuperar el bien y consolidarlo nuevamente tanto en quien sufre como en sus relaciones con los demás. Juan Pablo II descubre en esta dimensión una finalidad que va más allá del castigo y que se abre al amor.

Pero tampoco esta posibilidad puede aplicarse automáticamente a cualquier sufrimiento. Job continúa siendo el ejemplo que impide hacerlo: su dolor no procede de una culpa que necesite ser corregida. Por eso, aunque Juan Pablo II reconoce que determinados sufrimientos pueden tener una dimensión de corrección o conversión, mantiene intacta la existencia del sufrimiento inocente.

«Tantos sufrimientos sin culpa»

El problema planteado por Job no queda encerrado para Juan Pablo II en un antiguo relato bíblico. El Papa lo relaciona con una experiencia que atraviesa la historia humana: existen «tantos sufrimientos sin culpa y tantas culpas sin una adecuada pena». No siempre encontramos en esta vida una correspondencia visible entre la conducta moral de una persona y aquello que termina sucediéndole.

Esta realidad hace especialmente difícil la pregunta dirigida a Dios. El inocente puede sufrir mientras quien ha cometido el mal parece no recibir una pena equivalente. Juan Pablo II reconoce que esta aparente contradicción puede llegar a provocar una profunda crisis en el hombre y afectar a su propia relación con Dios.

Pero la reacción del Papa no consiste en buscar una culpa desconocida que permita explicar el sufrimiento del inocente. Precisamente la enseñanza de Job conduce en la dirección contraria. El hombre debe reconocer que no posee todos los elementos para comprender el misterio y que no puede juzgar a quien sufre suponiendo que su desgracia revela necesariamente una culpa.

¿Podemos comprender por qué sufre cada inocente?

Juan Pablo II establece finalmente un límite que resulta esencial para no convertir su reflexión en una explicación automática del dolor. El hombre se pregunta por la causa, la finalidad y el sentido del sufrimiento, pero su inteligencia no puede llegar siempre hasta la razón concreta de aquello que sucede.

Job demuestra que el inocente puede sufrir, pero el propio Juan Pablo II advierte de que su historia «no da todavía la solución al problema». La existencia del sufrimiento sin culpa permanece como un misterio y obliga a reconocer los límites de cualquier explicación humana.

«El sufrimiento [...] es siempre un misterio; somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones».

Por eso, la respuesta que puede extraerse de Salvifici Doloris ante el sufrimiento del inocente comienza precisamente por reconocer lo que no puede afirmarse. No todo sufrimiento es consecuencia de una culpa. No toda desgracia tiene carácter de castigo. Y el dolor de una persona no permite deducir cuál es su situación ante Dios.

Job obliga a aceptar la existencia de un sufrimiento que no puede explicarse de ese modo. «El suyo es el sufrimiento de un inocente», afirma Juan Pablo II. Y ante ese sufrimiento, lejos de atribuir una culpabilidad que permita resolver fácilmente el problema, el Papa reconoce un misterio «que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia».

Será al avanzar hacia Cristo cuando Salvifici Doloris sitúe este misterio dentro de una dimensión nueva. Pero antes de llegar hasta allí, Juan Pablo II deja asentada una conclusión fundamental: el sufrimiento puede alcanzar al inocente y no puede interpretarse automáticamente como un castigo de Dios.

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