Juan Pablo II abordó en Salvifici Doloris una de las grandes preguntas del hombre: ¿por qué sufrimos? En esta carta de 1984, el Papa reflexiona sobre el origen, la finalidad y, sobre todo, el sentido del sufrimiento humano.
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Ese «¿por qué?» conduce a Juan Pablo II hacia una cuestión todavía mayor: «¿Por qué el mal? ¿Por qué el mal en el mundo?». Ambas preguntas aparecen profundamente relacionadas en Salvifici Doloris, porque el sufrimiento supone para el hombre una experiencia del mal. El Papa explica que el hombre sufre cuando experimenta un mal y, por eso, preguntarse por el sentido del sufrimiento conduce necesariamente a preguntarse por la propia realidad del mal.
Pero cuando intenta encontrar una explicación última, el hombre no dirige esta pregunta únicamente al mundo ni a quienes le rodean, sino a Dios. «El hombre no hace esta pregunta al mundo, aunque muchas veces el sufrimiento provenga de él, sino que la hace a Dios como Creador y Señor del mundo», señala Juan Pablo II. Y es precisamente en ese momento cuando la cuestión adquiere una profundidad especialmente difícil: ¿cómo entender el sufrimiento cuando se cree al mismo tiempo en un Dios creador, bueno y justo?
Juan Pablo II reconoce abiertamente el conflicto que puede surgir. Si la existencia del mundo lleva al hombre a contemplar la sabiduría, el poder y la grandeza del Creador, el mal y el sufrimiento parecen capaces de oscurecer esa imagen. La dificultad se vuelve especialmente profunda ante una realidad que el Papa formula con enorme crudeza: la existencia de «tantos sufrimientos sin culpa y tantas culpas sin una adecuada pena». Hay inocentes que padecen mientras determinadas culpas parecen quedar sin castigo, y esa experiencia puede llegar a alterar radicalmente la relación del hombre con Dios e incluso conducir, advierte, «a la negación misma de Dios».
Sin embargo, Juan Pablo II no considera que el hombre deba silenciar esa pregunta. Puede dirigirla a Dios «con toda la conmoción de su corazón y con la mente llena de asombro y de inquietud». El sufrimiento puede generar incomprensión e incluso conflicto con Dios, pero la pregunta sigue teniendo un destinatario. El Papa deja en este punto una afirmación especialmente significativa: «Dios espera la pregunta y la escucha».
Para adentrarse en el problema, Juan Pablo II recurre al libro de Job, al que considera una de las expresiones más importantes de la pregunta por el sufrimiento del inocente. Job es presentado como un hombre justo que, sin una culpa que explique lo sucedido, pierde sus bienes, a sus hijos y finalmente su propia salud. Ante semejante desgracia, sus amigos intentan encontrar una explicación que permita encajar lo ocurrido dentro del orden de la justicia: si Job sufre de ese modo, debe haber cometido algún pecado.
El razonamiento de los amigos parte de una convicción que Juan Pablo II no rechaza por completo. Si Dios es justo, el bien y el mal moral tienen consecuencias; la transgresión consciente y libre de la ley moral constituye una culpa y el castigo tiene sentido cuando está relacionado con ella. El problema surge cuando esa relación entre culpa y pena se convierte en una regla con la que interpretar cualquier sufrimiento. Los amigos de Job intentan convencerle de que, si ha sido alcanzado por semejante desgracia, necesariamente debe existir una culpa que la justifique.
Job, sin embargo, sabe que no ha cometido aquello de lo que intentan convencerle. Y el desenlace del relato resulta fundamental para Juan Pablo II: el propio Dios reprocha a sus amigos las acusaciones y reconoce que Job no es culpable. El Papa extrae de ahí una conclusión decisiva: «No es verdad [...] que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo». La existencia del sufrimiento no permite, por tanto, concluir automáticamente que quien lo padece esté recibiendo de Dios la pena correspondiente a sus pecados.
El caso de Job introduce así en la reflexión una realidad mucho más difícil: el sufrimiento puede alcanzar también al inocente. «El suyo es el sufrimiento de un inocente», afirma Juan Pablo II, y añade inmediatamente que «debe ser aceptado como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia». El libro de Job rompe así una respuesta demasiado sencilla al problema del dolor: no todo sufrimiento puede explicarse mediante la relación entre pecado y castigo.
En el relato bíblico, el sufrimiento de Job adquiere «carácter de prueba». Satanás pone en duda su justicia y sostiene que su fidelidad a Dios se debe a los bienes recibidos; si estos desaparecen, afirma, Job terminará maldiciendo a Dios. La prueba demuestra lo contrario. Sin embargo, Juan Pablo II no convierte esta explicación particular en una respuesta universal para todos los sufrimientos. Lo que Job demuestra de manera inequívoca es que existe «el sufrimiento sin culpa».
Por eso, incluso después de recorrer la experiencia de Job, la gran pregunta permanece abierta. «El libro de Job pone de modo perspicaz el “por qué” del sufrimiento; muestra también que éste alcanza al inocente, pero no da todavía la solución al problema», escribe el Papa. Job permite comprender que no se puede juzgar moralmente a una persona por el hecho de sufrir, pero todavía no permite llegar hasta el sentido último del sufrimiento humano.
Juan Pablo II encuentra en otros textos del Antiguo Testamento una dimensión adicional. El sufrimiento puede aparecer en determinados casos como una llamada a la conversión. La pena no tendría entonces únicamente el sentido de devolver un mal por otro mal, sino que podría servir para «la reconstrucción del bien» en quien sufre. En esta perspectiva, la corrección tiene una finalidad educativa: busca que la persona pueda volver al bien y consolidarlo de nuevo en sí misma y en su relación con los demás.
Pero tampoco esta dimensión permite convertir el sufrimiento en una realidad completamente explicable. El propio Job permanece como recordatorio del sufrimiento del inocente. Juan Pablo II no construye, por tanto, una fórmula con la que determinar la causa concreta de cada enfermedad, pérdida o tragedia. Al contrario, a medida que avanza en su reflexión reconoce expresamente el límite al que llega la inteligencia humana ante esta cuestión.
«El sufrimiento [...] es siempre un misterio; somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones».
Esta afirmación resulta fundamental para entender la respuesta de Salvifici Doloris. Juan Pablo II no promete al hombre una explicación capaz de hacer inteligible cada sufrimiento particular. Ha reconocido que existe dolor sin culpa, que el inocente puede sufrir y que las explicaciones humanas resultan insuficientes ante el misterio. La búsqueda del «por qué» tiene que continuar, por tanto, desde otra perspectiva.
Es aquí donde se produce uno de los grandes giros de la reflexión de Juan Pablo II. Para avanzar hacia el sentido del sufrimiento ya no basta con permanecer exclusivamente en el terreno de la justicia, intentando establecer una relación entre culpa, pena y reparación. El Papa dirige la mirada hacia lo que considera la fuente última del sentido de todo lo existente: el amor de Dios.
«Para poder percibir la verdadera respuesta al “por qué” del sufrimiento, tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente».
Juan Pablo II reconoce que el amor constituye «la fuente más rica sobre el sentido del sufrimiento», aunque ese sentido continúe siendo un misterio. El hombre no llega a él simplemente mediante un razonamiento. Es Cristo quien, según el Papa, «nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el “por qué” del sufrimiento», en la medida en que somos capaces de comprender «la sublimidad del amor divino».
Para explicar esta revelación, Juan Pablo II se detiene en las palabras de Cristo a Nicodemo: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna». En ellas encuentra el Papa el centro de la acción salvadora de Dios. El Hijo es entregado para que el hombre no se pierda y tenga vida eterna; el amor de Dios entra así en la historia humana para afrontar el mal en sus raíces más profundas.
Esta perspectiva amplía además el problema. Para Juan Pablo II, la misión de Cristo no consiste simplemente en liberar al hombre de determinados sufrimientos temporales. El mal definitivo es la pérdida de la vida eterna y la separación de Dios. La salvación realizada por Cristo alcanza precisamente esa raíz y abre al hombre la esperanza de la vida eterna.
Por eso, cuando Juan Pablo II busca la respuesta al sentido del sufrimiento, termina encontrando en el amor una clave que la sola justicia no podía proporcionar. «El Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento», afirma.
La respuesta de Dios que presenta Juan Pablo II no permanece, sin embargo, en el terreno de las palabras. Cristo entra personalmente en el mundo del sufrimiento. Durante su vida pública se acerca continuamente a quienes padecen: cura enfermos, consuela a los afligidos, alimenta a los hambrientos, devuelve la vista a los ciegos y la salud a personas afectadas por distintas enfermedades. El Papa subraya que Cristo fue especialmente sensible ante todo sufrimiento humano, tanto corporal como espiritual.
Pero Cristo no se limita a encontrarse con el sufrimiento de los demás. Él mismo lo experimenta. Juan Pablo II recuerda que Jesús sabe hacia dónde se dirige: conoce que será apresado, humillado, golpeado, escupido, condenado, crucificado y que finalmente morirá. Su sufrimiento no aparece como un acontecimiento inesperado del que intenta escapar, sino como una realidad hacia la que avanza conscientemente en cumplimiento de su misión.
El Papa resume esta experiencia mediante dos afirmaciones esenciales: «Cristo sufre voluntariamente y sufre inocentemente». La cuestión que había aparecido en Job alcanza aquí una profundidad nueva. Cristo es inocente y, sin embargo, sufre. En Él vuelve a aparecer el gran interrogante del sufrimiento sin culpa, pero ahora dentro del acontecimiento central de la salvación cristiana.
La Pasión concentra además distintas dimensiones del sufrimiento. Juan Pablo II recuerda los golpes, las humillaciones y la crucifixión, pero se detiene también en una profundidad espiritual expresada en las palabras pronunciadas desde la Cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Cristo entra así hasta el fondo en la experiencia humana del sufrimiento y del «¿por qué?».
Es precisamente en la Pasión donde Juan Pablo II sitúa el punto decisivo de toda su reflexión. El sufrimiento humano alcanza allí su máxima profundidad y, al mismo tiempo, entra en una realidad completamente nueva. «El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ésta ha entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido unida al amor», escribe.
Esta unión entre sufrimiento y amor resulta esencial. Juan Pablo II no presenta el sufrimiento como un bien en sí mismo. Desde el comienzo de Salvifici Doloris lo ha relacionado con la experiencia del mal. La novedad que contempla en Cristo consiste en que el amor entra dentro de esa experiencia y hace posible que del sufrimiento surja un bien. En la Cruz, del sufrimiento de Cristo surge lo que el Papa denomina «el bien supremo de la redención del mundo».
De este modo, la respuesta cristiana no elimina el misterio que había aparecido desde el principio. Juan Pablo II no termina explicando por qué sucede cada sufrimiento concreto ni afirma que el hombre pueda conocer siempre su causa o finalidad. Ha rechazado que todo dolor sea un castigo, ha reconocido el sufrimiento del inocente y ha admitido expresamente la «insuficiencia e inadecuación» de las explicaciones humanas.
Lo que hace es conducir la pregunta hacia Cristo. La respuesta al sentido del sufrimiento se descubre, según Juan Pablo II, en el amor de Dios manifestado en el Hijo que entra voluntaria e inocentemente en el sufrimiento humano, llega hasta la Cruz y hace surgir de ella el bien de la Redención.
«El Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento».
Por eso, después de recorrer el sufrimiento del hombre, la pregunta dirigida a Dios, el drama de Job, el dolor del inocente y los límites de la inteligencia humana, Juan Pablo II termina llevando el «¿por qué?» hasta la Cruz de Cristo. Es allí donde, según Salvifici Doloris, Dios ha dado al hombre su respuesta:
«Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo».
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