El obispo de Trondheim y monje trapense reflexiona sobre san Olaf, el arrepentimiento, la santidad y la acción de la gracia en una meditación pronunciada durante la vigilia de Olsok en Stiklestad.
El obispo de Trondheim y monje trapense Erik Varden ha publicado una reflexión con motivo de la Vigilia de Olsok, celebrada el 28 de julio en Stiklestad, el lugar donde murió san Olaf Haraldsson en el año 1030.
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A través del relato de la batalla, Varden propone una meditación sobre la conversión, el arrepentimiento y el verdadero significado de la santidad, apoyándose tanto en la tradición de las sagas nórdicas como en la Sagrada Escritura.
Varden recuerda que san Olaf recibió tres heridas mortales durante la batalla de Stiklestad y establece un paralelismo entre su muerte y la de Cristo.
«Aquello sucedió a las tres de la tarde, en un día de verano normalmente luminoso; sin embargo, la oscuridad cubría esta llanura como la que había asfixiado Jerusalén casi mil años antes, mientras Cristo, nuestro Señor, expiraba en la cruz bajo cuyo estandarte marchaba el ejército de Olaf».
El obispo subraya que la cruz representada en el estandarte del rey no era un simple símbolo político ni una formalidad.
«La cruz dibujada en el estandarte de Olaf no era una formalidad. Era una confesión».
Según explica Varden, Olaf había comprendido que el tiempo es portador de la eternidad y que las realidades visibles señalan hacia algo que las trasciende.
«Había descubierto que el tiempo es portador de la eternidad y que las realidades palpables apuntan más allá de sí mismas».
Uno de los momentos centrales de la reflexión es la figura de Thorer Hund, uno de los hombres que participó en la muerte del rey.
Según recuerda Varden, fue precisamente él quien contempló el cuerpo de Olaf después de la batalla y quedó impresionado por su aspecto.
«Sus mejillas estaban rojas como si estuviera dormido y su rostro era más luminoso que cuando estaba vivo».
Una herida que Thorer tenía en la mano entró en contacto con la sangre de Olaf y, según el relato recogido por Varden, quedó curada antes de que terminara el día.
Por ello, Thorer se convirtió en el primero en proclamar santo al rey. Varden compara su figura con la de Longinos, el soldado romano que atravesó el costado de Jesús y terminó reconociendo que verdaderamente era el Hijo de Dios.
«El hecho de que Thorer fuera un testigo tan improbable no lo hace menos creíble, sino más».
A partir de la conversión interior de Thorer, Varden reflexiona sobre la dificultad que existe en la sociedad contemporánea para reconocer los propios errores.
«Un testimonio que va en contra de las opiniones que has sostenido o de tu actitud general exige carácter. Hace falta valentía para decir: “Me equivoqué”».
El obispo señala que no es habitual escuchar este tipo de reconocimiento en la vida política y pública, donde incluso los fracasos más evidentes suelen ir acompañados de justificaciones.
«Hoy se considera demasiado vergonzoso admitir en un contexto mundano: “Soy culpable y me arrepiento”».
Frente a esa mentalidad, Varden recuerda que la perspectiva cristiana contempla el arrepentimiento de una manera completamente diferente.
«Desde una perspectiva cristiana, las cosas se ven de otra manera. Consideramos el arrepentimiento como un signo de nobleza».
Para el obispo, el cristiano es precisamente quien puede dar testimonio de los errores que han sido corregidos y de una vida que ha vuelto a comenzar gracias al perdón y a la gracia.
«¿Qué es un cristiano sino alguien que puede dar testimonio de los males que han sido reparados, que por fin ha abandonado la ilusión de su propia inmaculabilidad y que sabe lo que significa comenzar una nueva vida fundada en el perdón y la gracia?».
Varden aclara que reconocer la santidad de Olaf no supone idealizar toda su vida ni negar sus defectos.
Lo que Thorer comprendió después de la batalla fue que la lucha del rey representaba algo más profundo que una ideología o un conflicto territorial.
«La santidad que Thorer vio en Olaf no implicaba una idealización repentina de toda la vida del rey. Eso habría sido falso».
«Lo que Thorer comprendió la tarde después de la batalla fue que Olaf representaba algo más que una ideología. La lucha de su vida trataba de algo más que de un conflicto territorial».
Uno de los pasajes más destacados de la reflexión es la definición que Varden ofrece de la santidad.
«Convertirse en santo no significa convertirse en otra persona».
La santidad, según el obispo, no consiste en borrar la personalidad de cada ser humano, sino en permitir que Dios la lleve hasta su verdadera plenitud.
«Un santo es alguien que ha llegado a ser plenamente él mismo, no según una receta privada, sino respondiendo a la llamada de Dios».
Varden emplea para explicarlo la imagen bíblica del alfarero y el barro.
«Él, el Alfarero, sabe mejor que nosotros, que somos barro, la forma que estamos llamados a asumir».
La reflexión también se detiene en la escritora noruega Sigrid Undset, autora de Kristin Lavransdatter, ante la posibilidad de que se abra un proceso para su beatificación.
Varden recuerda la reacción de un editor de periódico que rechazó la idea de que una autora noruega moderna pudiera recibir veneración religiosa y argumentó que Undset era una mujer obstinada, conflictiva y humana como cualquier otra.
Sin embargo, para el obispo, esas características no impiden la santidad.
«Lo que amamos y admiramos en Undset no es algún aburrido modelo generado por inteligencia artificial que pueda representar una forma perfecta, pero permanezca desencarnado».
«La honramos por la naturaleza apasionada con la que luchó, que la llevó a crear y a convertirse en una persona íntegra a la que la mano del Alfarero pudo perfeccionar y embellecer».
Varden recupera también unas palabras pronunciadas por el sacerdote Sira Eiliv en la última página de Kristin Lavransdatter.
«Nadie excepto Dios es bueno y no podemos hacer ningún bien sin Él».
El obispo considera que Undset escribía desde la experiencia, pero sabía también que la acción de Dios puede reconciliar las contradicciones humanas.
«Con Dios nada es imposible; con Dios incluso nuestras contradicciones pueden reconciliarse en un conjunto fecundo, original y hermoso, en algo sorprendentemente semejante a Cristo».
En la conclusión, Erik Varden responde a una conocida afirmación del escritor Bjørnstjerne Bjørnson, quien sostuvo en un discurso pronunciado en 1897 que Olaf Haraldsson y san Olaf eran dos personas diferentes.
«Estaba equivocado».
Para Varden, la santidad de Olaf no borró ni sustituyó su humanidad, sino que la llevó a su cumplimiento.
«La santidad de Olaf no anuló su humanidad; la llevó a su plenitud y reveló su sentido».
El obispo termina extendiendo esta llamada a todos los cristianos.
«Ese es también el camino que tú y yo estamos llamados a seguir».
«Convertirse en santo no significa convertirse en otra persona. No, un santo es alguien que ha llegado a ser plenamente él mismo, no según una receta privada, sino respondiendo a la llamada de Dios; al fin y al cabo, Él, el Alfarero, sabe mejor que nosotros, que somos barro, la forma que estamos llamados a asumir.
Eso es algo que una mentalidad secular tiene dificultades para comprender. Un editor de periódico montó recientemente en cólera cuando se anunció que se iniciaba un proceso para la posible beatificación de Sigrid Undset.
Pero no: lo que amamos y admiramos en Undset no es algún aburrido modelo generado por inteligencia artificial que pueda representar una forma perfecta, pero permanezca desencarnado. La honramos por la naturaleza apasionada con la que luchó, que la llevó a crear y a convertirse en una persona íntegra a la que la mano del Alfarero pudo perfeccionar y embellecer.
Con Dios nada es imposible; con Dios incluso nuestras contradicciones pueden reconciliarse en un conjunto fecundo, original y hermoso, en algo sorprendentemente semejante a Cristo».
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