El obispo Erik Varden ha reflexionado sobre el verdadero significado de la Asunción de la Virgen María y sobre lo que esta solemnidad revela acerca del destino del hombre, durante una homilía pronunciada el 15 de agosto en Neviges.
Varden partió de una de las imágenes más conocidas asociadas a la Virgen: la mujer «vestida de sol», rodeada de estrellas y con la luna bajo sus pies, descrita en el Apocalipsis. Una imagen que, según explicó, ha marcado profundamente la representación occidental de la Asunción.
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Sin embargo, el obispo planteó una cuestión más profunda: cómo puede la naturaleza humana, «con alma y carne y todo su peso existencial», entrar en la eternidad de Dios antes incluso del fin del mundo.
Varden reconoció que algunos cristianos de mentalidad racionalista pueden llegar a contemplar la doctrina de la Asunción como «un cuento piadoso». Frente a ello, fue tajante:
«Esta doctrina no es un cuento piadoso. Representa un realismo rigurosamente pensado y bíblicamente fundamentado que nuestro tiempo, propenso a perderse en la virtualidad, necesita urgentemente».
Para explicar este misterio, Varden relacionó la figura de María con el Arca de la Alianza. Recordó que el Arca contenía las tablas de los mandamientos y el maná, y representaba la presencia concreta de Dios en medio de su pueblo.
El obispo destacó el paralelismo entre el viaje del Arca hacia Jerusalén y el camino de María hacia la región montañosa de Judea tras la Anunciación.
«María es verdaderamente, como dice la Letanía Lauretana, Foederis Arca, la nueva Arca de la Alianza, porque en ella Dios se hizo presente como hombre», afirmó.
De este modo, el cuerpo de María se convierte, según Varden, en «portador de la gloria divina». Y precisamente esa unión entre Dios y la carne humana permite comprender la Asunción.
«Ante el Dios vivo, la muerte no tiene consistencia».
Varden explicó que la carne de María, que había alimentado al propio Dios hecho carne, quedó liberada del ciclo de «polvo eres y al polvo volverás».
«Ya había sido una con su Creador; por eso su cuerpo, una vez terminada su vida terrena, ya no tenía nada que hacer sobre la tierra ni dentro de ella», señaló.
El obispo presentó además a María como anticipo del destino reservado a toda la humanidad. Así como el Arca llegó al lugar preparado para ella en Jerusalén, María llega al lugar preparado por Dios «para ella y para nosotros» en la Jerusalén celestial.
A partir de ahí, Varden señaló tres consecuencias concretas que la Asunción tiene para la vida cristiana.
En primer lugar, creer que la naturaleza humana es buena y que debe ser recibida con reverencia:
«No solo nuestra alma, también nuestra carne es para la eternidad. Yo soy mi cuerpo, que por eso no debe ser manipulado irresponsablemente».
En segundo lugar, confiar en que el deseo humano de una vida sin límites no es una ilusión.
«Nuestra patria está en el cielo. La existencia terrena solo puede entenderse a la luz de la vida eterna».
Y, en tercer lugar, aprender a rechazar el pecado, al que Varden identifica como causa de la muerte, para vivir una existencia nueva y libre en unión con Cristo.
Para Varden, María constituye precisamente la garantía de que el pecado y la muerte no tienen la última palabra.
«María es la garantía de esta victoria. Nos asegura que el poder de Dios quiere y puede vencer también en nosotros», afirmó.
El obispo concluyó vinculando directamente la Asunción con el sentido último de la existencia humana:
«Su Asunción al cielo muestra de qué trata realmente la vida. De este modo nos prepara para afrontar también la muerte corporal sin miedo».
Un mensaje que, según Varden, convierte la solemnidad de la Asunción en «una ocasión de profunda alegría y de una paz inquebrantable».
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