El obispo Joseph Strickland ha emitido un contundente mensaje sobre la actual crisis que atraviesa la Iglesia, subrayando la gravedad de la situación tras la reciente noticia de las ordenaciones episcopales.
En su reflexión, Strickland evoca una historia emblemática de Texas, la defensa de El Álamo, para ilustrar la encrucijada en la que se encuentra la Iglesia hoy. En aquel episodio histórico, el comandante William Barret Travis trazó una línea en la arena para que sus hombres eligieran entre la seguridad temporal y la muerte segura, una metáfora que el obispo utiliza para describir la necesidad de tomar una postura clara frente a la crisis eclesial actual.
El prelado advierte que la Iglesia está enfrentando una emergencia real, no una construcción mediática ni un fenómeno pasajero, sino una situación tangible marcada por el silencio donde debería haber respuestas y por la permisividad ante errores doctrinales que deberían ser corregidos. Critica que quienes defienden la tradición y la ortodoxia sean marginados, mientras que aquellos que contradicen abiertamente la enseñanza católica son promovidos o elogiados.
Para Strickland, la cuestión no es personal ni una cuestión de preferencias, sino una cuestión de supervivencia del sacerdocio, los sacramentos y la fe católica tal como ha sido transmitida durante siglos. Señala que la autoridad eclesiástica ha dejado de cumplir su función cuando tolera la confusión y silencia a quienes defienden la fidelidad.
El obispo recuerda que la historia de la Iglesia ha enfrentado momentos similares, en los que la acción era indispensable para no abandonar lo que se había recibido. Cita el ejemplo de Monseñor Lefebvre, cuyas decisiones, aunque difíciles y dolorosas, respondieron a la necesidad de preservar la fe frente a la decadencia.
Actualmente, según Strickland, la Iglesia vive una etapa en la que la ortodoxia es vista como una amenaza y la tradición como sospechosa, mientras que la desviación doctrinal se presenta como sensibilidad pastoral. En este contexto, la formación sacerdotal se ve obstaculizada y los medios ordinarios para la continuidad apostólica son rechazados.
El obispo enfatiza que la línea divisoria ya está trazada, no por agitadores, sino por la realidad misma, y que la verdadera pregunta es quién está dispuesto a mantenerse fiel cuando la fidelidad implica un costo. Recuerda que el Señor trazó su línea en la sangre y no prometió seguridad ni éxito, sino que advirtió sobre el precio de la fidelidad.
En su mensaje, Strickland denuncia la inversión de valores que se observa en la Iglesia actual: la tolerancia hacia la herejía y la persecución de la tradición. Critica que quienes defienden la misa tradicional y la formación conforme al espíritu de la Iglesia sean tratados como un problema, mientras que quienes promueven doctrinas contrarias son aplaudidos bajo el pretexto de la misericordia.
El obispo menciona expresamente a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que ha solicitado obispos para asegurar la continuidad del sacerdocio y los sacramentos, pero cuya petición ha sido ignorada. Afirma que esta situación no es fruto de un malentendido, sino de una negativa deliberada a actuar.
Ante quienes piden paciencia y confianza, Strickland responde que la paciencia no debe ser sinónimo de inacción que permita la muerte del sacerdocio, ni la confianza una excusa para justificar el silencio. Advierte que llega un momento en que esperar equivale a rendirse.
El obispo reconoce que su discurso puede resultar incómodo para algunos, pero sostiene que una Iglesia que no se conmueve ante la verdad está dormida. Recuerda que Jesús mismo confrontó con firmeza la hipocresía y la falsedad, y que la paz basada en el silencio y la mentira no es aceptable.
La línea divisoria se manifiesta cada vez que un sacerdote fiel es castigado por actuar conforme a la tradición, o cuando se tolera el error para evitar incomodidades. Esta realidad, insiste, no es producto de quienes buscan el conflicto, sino de la inacción de la autoridad.
En El Álamo, los hombres que cruzaron la línea sabían que probablemente perderían, pero eligieron la fidelidad antes que la rendición. Esa es la disyuntiva que enfrenta hoy la Iglesia: no entre victoria o derrota, sino entre fidelidad o abandono, entre verdad o decadencia, entre santos o administradores.
Strickland aclara que no llama a la rebelión, sino a la honestidad y al coraje, invitando a la Iglesia a recordar su identidad y a defender el sacerdocio y la fe, incluso cuando ello implique sacrificio. Advierte que la historia juzgará esta elección y que no habrá lugar para la neutralidad ni la espera pasiva.
Finaliza con un llamamiento a la oración, para que el Señor fortalezca a los obispos, sacerdotes y a la Iglesia entera, y para que se recupere la santidad y la valentía necesarias para afrontar la crisis. Subraya que la verdadera pregunta será si se mantuvo la fidelidad, más allá de la comodidad o la seguridad personal.
Concluye invocando la bendición divina y exhortando a cada miembro de la Iglesia a posicionarse con valentía frente a la línea que ya está trazada.
