Sarah advierte del riesgo de ruptura en la Iglesia por las ordenaciones sin mandato pontificio

Sarah advierte del riesgo de ruptura en la Iglesia por las ordenaciones sin mandato pontificio

Este artículo ha sido publicado hoy, domingo 22 de febrero, en el periódico francés Le Journal du Dimanche. En él, el Cardenal Robert Sarah expresa su profunda inquietud ante el anuncio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X de proceder a ordenaciones episcopales sin mandato pontificio y realiza un firme llamamiento a preservar la unidad de la Iglesia en torno al Sucesor de Pedro, recordando que la salvación se recibe en Cristo dentro de la Iglesia y en comunión con ella.

« “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Con estas palabras, Pedro, interrogado por el Maestro sobre la fe que tiene en Él, expresa en síntesis el patrimonio que la Iglesia, a través de la sucesión apostólica, guarda, profundiza y transmite desde hace dos mil años: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, es decir, el único Salvador. » Estas palabras tan claras del papa León XIV sobre la fe de Pedro, pronunciadas al día siguiente de su elección, resuenan aún en mi alma. El Santo Padre resume así el misterio de la fe que los obispos, sucesores de los apóstoles, no deben dejar de proclamar.

Ahora bien, ¿dónde podemos encontrar a Jesucristo, el único Redentor? San Agustín nos responde con claridad: « Donde está la Iglesia, allí está Cristo. » Por eso, nuestra preocupación por la salvación de las almas se traduce en nuestro empeño por conducirlas a la única fuente, que es Cristo, que se entrega en su Iglesia.

Sólo la Iglesia es el camino ordinario de salvación, y por ello es el único lugar donde la fe se transmite íntegramente. Es el único lugar donde la vida de la gracia se nos da plenamente por los sacramentos. En la Iglesia existe un centro, un punto de referencia obligatorio: la Iglesia de Roma, gobernada por el Sucesor de Pedro, el papa. « Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella » (Mt 16, 18).

Abandonar la barca de Pedro equivale a entregarse a las olas de la tempestad. Por eso quiero expresar mi viva inquietud y mi profunda tristeza al conocer el anuncio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por monseñor Lefebvre, de proceder a ordenaciones episcopales sin mandato pontificio.

Se nos dice que esta decisión de desobedecer la ley de la Iglesia estaría motivada por la ley suprema de la salvación de las almas: suprema lex, salus animarum. Pero la salvación es Cristo, y sólo se da en la Iglesia. ¿Cómo se puede pretender conducir a las almas a la salvación por otros caminos distintos de los que Él mismo nos ha indicado? ¿Es querer la salvación de las almas desgarrar el Cuerpo místico de Cristo de un modo quizá irreversible? ¿Cuántas almas corren el riesgo de perderse a causa de este nuevo desgarrón?

Se nos dice que este acto pretende ser una defensa de la Tradición y de la fe. Sé hasta qué punto el depósito de la fe es hoy despreciado a veces por quienes tienen la misión de defenderlo. Sé bien que algunos olvidan que sólo la cadena ininterrumpida de la vida de la Iglesia, del anuncio de la fe y de la celebración de los sacramentos —lo que llamamos la Tradición— nos da la garantía de que aquello en lo que creemos es el mensaje original de Cristo transmitido por los apóstoles. Pero sé también, y lo creo firmemente, que en el corazón de la fe católica está nuestra misión de seguir a Cristo, que se hizo obediente hasta la muerte. ¿Puede uno realmente prescindir de seguir a Cristo en su humildad hasta la Cruz? ¿No es traicionar la Tradición refugiarse en medios humanos para mantener nuestras obras, aun cuando sean buenas?

Nuestra fe sobrenatural en la indefectibilidad de la Iglesia puede llevarnos a decir con Cristo: « Mi alma está triste hasta morir » (Mt 26, 38), al ver las cobardías de cristianos e incluso de prelados que renuncian a enseñar el depósito de la fe y prefieren sus opiniones personales en materia de doctrina y moral. Pero la fe no puede conducirnos jamás a renunciar a la obediencia a la Iglesia.

Santa Catalina de Siena, que no dudaba en reprender a los cardenales e incluso al papa, exclama: « Obedeced siempre al pastor de la Iglesia, porque es el guía que Cristo ha establecido para conducir las almas a Él, » El bien de las almas no puede pasar nunca por la desobediencia deliberada, porque el bien de las almas es una realidad sobrenatural.

No reduzcamos la salvación a un juego mundano de presión mediática. ¿Quién nos dará la certeza de estar realmente en contacto con la fuente de la salvación? ¿Quién nos garantizará que no hemos tomado nuestra opinión por la verdad? ¿Quién nos protegerá del subjetivismo? ¿Quién nos garantizará que seguimos irrigados por la única Tradición que nos viene de Cristo? ¿Quién nos asegurará que no nos adelantamos a la Providencia y que la seguimos dejándonos guiar por sus indicaciones? A estas preguntas angustiosas sólo hay una respuesta, dada por Cristo a los apóstoles: « Quien a vosotros escucha, a mí me escucha. Los pecados serán perdonados a quienes se los perdonéis y serán retenidos a quienes se los retengáis » (Lc 10, 16; Jn 20, 23). ¿Cómo asumir la responsabilidad de alejarse de esta única certeza?

Se nos dice que se actúa por fidelidad al Magisterio anterior, pero ¿quién puede garantizárnoslo sino el propio Sucesor de Pedro? Hay aquí una cuestión de fe. « Quien desobedezca al papa, representante de Cristo en los cielos, no participará en la sangre del Hijo de Dios », decía también santa Catalina de Siena.

No se trata de fidelidad mundana a un hombre y a sus ideas personales. No se trata de un culto a la personalidad del papa. No se trata de obedecer al papa cuando expresara sus propias ideas u opiniones personales. Se trata de obedecer al papa que dice, como Jesús: « Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado » (Jn 7, 16).

Se trata de una mirada sobrenatural sobre la obediencia canónica, que garantiza nuestro vínculo con Cristo mismo. Es la única garantía de que nuestro combate por la fe, la moral católica y la Tradición litúrgica no se extravíe en la ideología. Cristo no nos ha dado ningún otro signo cierto. Abandonar la barca de Pedro y organizarse de modo autónomo y en círculo cerrado equivale a entregarse a las olas de la tempestad.

Sé bien que a menudo, incluso dentro de la Iglesia, hay lobos disfrazados de corderos. ¿No nos lo advirtió el propio Cristo? Pero la mejor protección contra el error sigue siendo nuestro vínculo canónico con el Sucesor de Pedro. « Es Cristo mismo quien quiere que permanezcamos en la unidad y que, incluso heridos por los escándalos de malos pastores, no abandonemos la Iglesia », nos dice san Agustín. ¿Cómo permanecer insensible ante la oración llena de angustia de Jesús: « Padre, que sean uno como nosotros somos uno » (Jn 17, 22)? ¿Cómo seguir desgarrando su Cuerpo con el pretexto de salvar las almas? ¿No es Él, Jesús, quien salva? ¿Somos nosotros y nuestras estructuras quienes salvamos las almas? ¿No es a través de nuestra unidad como el mundo creerá y será salvado? Esa unidad es, en primer lugar, la de la fe católica; es también la de la caridad; y es, por último, la de la obediencia.

Quisiera recordar que san Padre Pío de Pietrelcina fue durante su vida injustamente condenado por hombres de Iglesia. Cuando Dios le había concedido una gracia especial para ayudar a las almas de los pecadores, se le prohibió confesar durante doce años. ¿Qué hizo? ¿Desobedeció en nombre de la salvación de las almas? ¿Se rebeló en nombre de la fidelidad a Dios? No: calló. Entró en la obediencia crucificante, convencido de que su humildad sería más fecunda que su revuelta. Escribía: « El buen Dios me ha hecho conocer que la obediencia es la única cosa que le agrada; para mí es el único medio de esperar la salvación y de cantar victoria. »

Podemos afirmar que el mejor modo de defender la fe, la Tradición y la liturgia auténtica será siempre seguir a Cristo obediente. Nunca Cristo nos mandará romper la unidad de la Iglesia.

Comentarios
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Miguel Méndez
4 minutos hace
La historia de la Iglesia está marcada por rupturas y reconciliaciones, y ahora se enfrenta a un nuevo desafío que podría acentuar la fractura interna. Ignorar el mandato pontificio no solo pone en jaque su unidad, sino que arriesga el alma de quienes buscan su guía espiritual. Una fe auténtica demanda lealtad al Sucesor de Pedro, no un desvío hacia corrientes aisladas.
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