El arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Mons. Luis Argüello, ha inaugurado este lunes 20 de abril la 129ª Asamblea Plenaria con un discurso marcado por el tono espiritual, la llamada a la misión y el análisis de los desafíos actuales de la Iglesia y la sociedad.
Tras su intervención, el nuncio apostólico en España, Mons. Piero Pioppo, dirigió su primer saludo a los obispos desde su nombramiento en septiembre de 2025.
La Asamblea, que se celebra hasta el viernes en la sede de la CEE, abordará, entre otros asuntos, la preparación de la visita del Papa León XIV a España, la marcha del Sínodo, la protección de menores, la renovación litúrgica y diversas propuestas pastorales.
Argüello abrió su discurso situando la Asamblea en el contexto de la Pascua, recordando que toda la vida de la Iglesia nace del encuentro con Cristo resucitado. En este sentido, lanzó una invitación directa a los obispos:
“¡Alzad la mirada! Mirad a Jesucristo. ¡Miradle!”
El presidente de la CEE insistió en que la experiencia cristiana se fundamenta en ese encuentro que impulsa a la misión:
“Encuentro, misión, aliento son los tres momentos de esta experiencia”.
Además, subrayó que este punto de partida no es solo espiritual, sino también pastoral: la Iglesia está llamada a vivir desde una fe experimentada y no meramente heredada.
Uno de los ejes centrales del discurso fue la próxima visita del Papa León XIV a España, prevista del 6 al 12 de junio. Argüello la definió como
“un regalo que, además, está lleno de ricas oportunidades”.
El arzobispo destacó que la presencia del Pontífice fortalecerá la comunión eclesial y el impulso misionero:
“La visita apostólica constituye en sí misma una llamada a la comunión y, al mismo tiempo, un recordatorio del envío misionero”.
Además, subrayó el impacto también social del viaje, en un contexto de desconfianza creciente:
“Puede hacer crecer la confianza para que se traduzca en una llamada a construir un ‘nosotros’, un pueblo”.
Argüello señaló como rasgos del pontificado de León XIV la llamada constante a la unidad y a la paz. Citando al propio Papa, recordó su deseo de una paz universal:
“¡La paz esté con vosotros! Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante”.
En este contexto, animó a los cristianos a ser “signo e instrumento de la paz” en un mundo marcado por conflictos, guerras y tensiones internacionales.
El presidente de la CEE dedicó una parte importante de su intervención a analizar el momento cultural actual, alertando del peso del emotivismo y la polarización.
Advirtió que la sociedad vive una “polarización afectiva”, donde el rechazo al otro supera al diálogo. En este clima, señaló que las ideologías suponen un riesgo también para la vida eclesial:
“Las ideologías… hieren el depósito de la fe, causan división en la Iglesia y anestesian la fuerza misionera del Evangelio”.
Argüello aplicó este análisis a cuestiones concretas como la identidad personal, la comprensión de la sinodalidad, el fenómeno migratorio o la vida política, pidiendo evitar reducciones ideológicas y recuperar una visión integral de la persona.
Argüello también abordó las relaciones con los poderes públicos, defendiendo una colaboración “respetuosa y crítica” con el Gobierno, al tiempo que expresó preocupación por algunas tendencias culturales y legislativas.
En relación con los abusos, reafirmó el compromiso de la Iglesia con las víctimas:
“Más allá del número, los abusos… son de una enorme gravedad, rompen una confianza sagrada y hieren la fe de los pequeños”.
Subrayó la necesidad de seguir avanzando en la reparación integral y en la prevención.
El discurso concluyó con las líneas pastorales para los próximos años, centradas en la evangelización en una sociedad secularizada. Argüello reconoció que ya no se puede dar por supuesta la fe:
“No podemos dar por supuesta la conversión cristiana”.
Entre las prioridades, destacó:
Finalmente, citando al Papa León XIV, expresó el deseo de una Iglesia que sea signo visible de unidad en el mundo:
“Una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado”.
El discurso cerró retomando su idea central: una llamada a volver a Cristo para renovar la misión en medio de los desafíos actuales, tanto dentro de la Iglesia como en la sociedad.
