El cardenal Francis Arinze, prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha advertido con firmeza contra los abusos litúrgicos: los sacerdotes que «personalizan» la Misa introduciendo elementos no aprobados o suprimiendo partes establecidas «se equivocan» y «dañan a la Iglesia».
El cardenal nigeriano, de 93 años, recordó en una entrevista reciente el principio clásico lex orandi, lex credendi —la ley de la oración es la ley de la fe— para subrayar que la manera de celebrar la liturgia no es secundaria, sino una expresión directa de lo que cree la Iglesia. «Si celebramos bien, nuestro modo de celebración muestra lo que creemos», afirmó.
Arinze fue especialmente claro al referirse a aquellos celebrantes que buscan hacer la Misa «más interesante» o «más personalizada». «Si introduce en la Misa partes que no están aprobadas o elimina partes que lo están, daña a la Iglesia», advirtió. Recurrió a una comparación significativa: «¿Cómo haces el himno de tu país más personal? Las palabras están fijadas. ¡Cuánto más en los sagrados misterios!».
La celebración eucarística exige «madurez, seriedad y respeto», insistió el cardenal, quien añadió con ironía que también hace falta «un poco de sentido común, aunque a veces se ve que el sentido no es común».
Sobre las diferencias culturales en la liturgia, Arinze reconoció que en África suele haber una participación más expresiva, mientras que en Europa predomina una mayor contención. Sin embargo, advirtió de que «la cultura no debe imponerse a la devoción», recordando que el respeto y la oración deben prevalecer siempre en la celebración de los misterios sagrados.
El cardenal destacó además el valor catequético de la Semana Santa, asegurando que quien participe en sus celebraciones «habría captado el corazón del cristianismo», incluso sin conocimientos previos de la fe.
Arinze mostró su apoyo a las recientes indicaciones del Papa León XIV sobre la necesidad de cuidar la liturgia, subrayando que una celebración fiel a las normas no es una cuestión formal, sino una garantía de comunión y autenticidad en la vida de la Iglesia.
