Horas después de las consagraciones de Lefebvre en 1988, el entonces prefecto de la Doctrina de la Fe dirigió a los obispos de Chile una alocución lúcida y exigente sobre las causas profundas del cisma. Treinta y ocho años después, la Fraternidad acaba de repetir el mismo acto y el texto de Ratzinger vuelve a ser una lectura necesaria.
El 1 de julio de 2026, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X consagró cuatro obispos sin mandato pontificio en Écône. Al día siguiente, el cardenal Víctor Manuel Fernández firmó el decreto de excomunión. La historia se repetía: exactamente lo mismo había ocurrido el 30 de junio de 1988, cuando el arzobispo Marcel Lefebvre consagró cuatro obispos contra la voluntad de Juan Pablo II. Pocas horas después, el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger, se dirigía a los obispos de Chile con una alocución que hoy resuena con una actualidad perturbadora.
Último boletín
"El cisma que parece abrirse con las ordenaciones de obispos del 30 de junio me lleva a apartarme, por esta vez, de mi costumbre", arrancaba Ratzinger. Y lo que siguió no fue una condena complaciente, sino un análisis que incomodaba a todos.
El cardenal comenzó rechazando las acusaciones de quienes criticaban a Roma por haber cedido demasiado en los coloquios previos con Lefebvre. Recordó que la Santa Sede había hecho "concesiones verdaderamente amplias" pero sin otorgar "la licencia global que deseaba" el arzobispo. En el acuerdo finalmente rechazado por Lefebvre, este había reconocido que debía aceptar el Vaticano II y las afirmaciones del Magisterio postconciliar. La conclusión de Ratzinger era nítida: "Roma ha unido, en este difícil diálogo, la generosidad en todo lo negociable, con la firmeza en lo esencial."
La explicación que el propio Lefebvre dio de su retractación fue, para Ratzinger, reveladora de un error de fondo: el arzobispo declaró que había comprendido que el acuerdo "apuntaba solamente a integrar su fundación en la 'Iglesia del Concilio'". Para él, la Iglesia Católica en comunión con el Papa era ya "la 'Iglesia del Concilio' que se ha desprendido de su propio pasado". Ratzinger señaló el equívoco: "Parece que ya no logra ver que se trata sencillamente de la Iglesia Católica con la totalidad de la Tradición, a la que también pertenece el Concilio Vaticano II."
Lejos de cualquier triunfalismo, Ratzinger lanzó a continuación una advertencia que en 2026 sigue siendo incómoda para todos: "Sería demasiado cómodo dejarse llevar por una especie de triunfalismo, y pensar que este problema ha dejado de serlo desde el momento en que el movimiento de Lefebvre se ha separado netamente de la Iglesia. Un cristiano nunca puede ni debe alegrarse de una desunión."
Y fue más lejos: "Aunque con toda seguridad la culpa no pueda achacarse a la Santa Sede, es nuestra obligación preguntarnos qué errores hemos cometido, qué errores estamos cometiendo." Para Ratzinger, los cismas no nacen de la nada ni se explican únicamente por la rebeldía de quien los protagoniza: "Los cismas se pueden producir únicamente cuando, en la Iglesia, ya no se viven y aman algunas verdades y algunos valores de la fe cristiana. La verdad marginada se independiza, queda arrancada de la totalidad de la estructura eclesial, y alrededor de ella se forma entonces el nuevo movimiento."
El fenómeno lefebvriano, subrayó, no era explicable solo por "motivos políticos, o la nostalgia y otras razones secundarias de tipo cultural". Esas causas, señaló, "no serían suficientes para atraer también, y de modo especial, jóvenes, de muy diversos países, y bajo condiciones políticas o culturales completamente diferentes". Detrás había "elementos positivos, que generalmente no encuentran suficiente espacio vital en la Iglesia de hoy". Su conclusión era exigente: "Deberíamos considerar esta situación primordialmente como una ocasión de examen de conciencia."
Ratzinger identificó tres causas profundas. La primera: la pérdida de la dimensión de lo sagrado en la liturgia. Describió cómo tras el Concilio muchos habían "elevado intencionadamente a nivel de programa la 'desacralización'", arrinconando las vestimentas sagradas, reduciendo las iglesias y la liturgia al "lenguaje y gestos de la vida ordinaria, por medio de saludos, signos comunes de amistad y cosas parecidas".
Su diagnóstico era severo: "Debemos recuperar la dimensión de lo sagrado en la liturgia. La liturgia no es festival, no es una reunión placentera. No tiene importancia, ni de lejos, que el párroco consiga llevar a cabo ideas sugestivas o elucubraciones imaginativas. La liturgia es el hacerse presente del Dios tres veces santo entre nosotros, es la zarza ardiente, y es la Alianza de Dios con el hombre en Jesucristo, el Muerto y Resucitado."
Y añadió: "La grandeza de la liturgia no se funda en que ofrezca un entretenimiento interesante, sino en que llega a tocarnos el Totalmente-Otro, a quien no podríamos hacer venir. Los hombres lo experimentan vivamente, y se sienten engañados cuando el misterio se convierte en diversión, cuando el actor principal en la liturgia ya no es el Dios vivo, sino el sacerdote o el animador litúrgico."
La segunda causa era la presentación del Vaticano II como ruptura radical con el pasado. "Muchas exposiciones dan la impresión de que, después del Vaticano II, todo haya cambiado y lo anterior ya no puede tener validez", señaló Ratzinger. "El Concilio Vaticano Segundo no se trata como parte de la totalidad de la Tradición viva de la Iglesia, sino directamente como el fin de la Tradición y como un recomenzar enteramente de cero."
Esta paradoja generaba confusión: "Lo que antes era considerado lo más santo —la forma transmitida por la liturgia— de repente aparece como lo más prohibido y lo único que con seguridad debe rechazarse. No se tolera la crítica a las medidas del tiempo postconciliar; pero donde están en juego las antiguas reglas, o las grandes verdades de la fe —por ejemplo, la virginidad corporal de María, la resurrección corporal de Jesús, la inmortalidad del alma—, o bien no se reacciona en absoluto, o bien se hace sólo de forma extremadamente atenuada." El resultado era que "muchas personas se preguntan si la Iglesia de hoy es realmente todavía la misma de ayer, o si no será que se la han cambiado por otra sin avisarles". La única salida, para Ratzinger, era clara: "La única manera para hacer creíble el Vaticano II es presentarlo claramente como lo que es: una parte de la entera y única Tradición."
La tercera causa era el abandono de la cuestión de la verdad en la teología y la pastoral postconciliar. "'La verdad' apareció de pronto como una pretensión demasiado alta, un 'triunfalismo' que ya no podía permitirse", escribió Ratzinger. Esta deriva tenía consecuencias directas sobre la misión: "Si no apuntamos a la verdad al anunciar nuestra fe, y si esa verdad ya no es esencial para la salvación del hombre, entonces las misiones pierden su sentido."
Se deducía entonces —y se deduce— "que en el futuro se debe buscar sólo que los cristianos sean buenos cristianos, los musulmanes buenos musulmanes, los hindúes buenos hindúes, etc." Para Ratzinger, esa lógica conducía al abandono de la fe como tal: "Consiste precisamente en que yo me confío a la verdad en tanto que reconocida."
Ratzinger cerró su alocución con una frase que en 2026 conserva toda su carga: "Si conseguimos mostrar y vivir de nuevo la totalidad de lo católico en estos puntos, entonces podemos esperar que el cisma de Lefebvre no será de larga duración." Treinta y ocho años después, el cisma no solo ha perdurado sino que acaba de dar un nuevo paso con nuevas consagraciones, nueva excomunión y el mismo decreto que en 1988. La pregunta que el entonces prefecto dejó abierta sigue sin respuesta definitiva.
Participa en la conversación con respeto. Tu comentario se publicará automáticamente, aunque podrá ser retirado por la redacción.

Comentarios (0)