El estadounidense más poderoso del planeta

El estadounidense más poderoso del planeta

Víctor V. Espinar

Reportero de Actualidad Religiosa y Conflictos

 

En un tiempo en el que el poder se mide en seguidores, votos y capitalización bursátil, conviene recordar que existen formas de autoridad que no se someten al vaivén de las urnas ni al dictado de los mercados. Resulta, por ello, profundamente irónico que el estadounidense más poderoso del planeta no habite en la Casa Blanca, sino tras los muros discretos del Vaticano. Y, sin embargo, ahí está la paradoja que parece incomodar a Donald Trump: que otro compatriota suyo, investido no de poder político sino de autoridad moral, ocupe la cátedra de Pedro bajo el nombre de León XIV.

Las recientes declaraciones de Trump contra el Pontífice no son, en realidad, novedosas. La historia de la Iglesia Católica es también la historia de quienes la han desafiado, ridiculizado o intentado someter. Pasaron emperadores romanos convencidos de su eternidad, monarcas persas seguros de su destino, la sombra imponente de Carlomagno, el esplendor de los Omeyas, la fuerza de los otomanos y la rigidez ideológica de la Unión Soviética. Todos ellos compartieron una misma certeza: la de su propia permanencia. Todos ellos compartieron, también, un mismo destino: desaparecer o transformarse hasta ser irreconocibles.

La Iglesia, en cambio, permanece. No por la habilidad política de sus dirigentes ni por la fuerza de las armas —que no posee—, sino por algo que resulta incomprensible para quienes reducen el mundo a una pugna por el poder: su vocación es otra. El Obispo de Roma no compite por cuotas de influencia ni por hegemonías temporales. Habla desde una verdad que no le pertenece, la del Evangelio, y su misión no es gobernar territorios, sino salvar almas. Ese lenguaje, que puede parecer ajeno o incluso ingenuo en la lógica contemporánea, es precisamente el que ha sostenido a la Iglesia a lo largo de los siglos.

Por eso sorprende —o quizá no tanto— la visión infantil que Trump ha decidido abrazar al afirmar que la elección del Papa le debe algo a su figura. Hay en esa afirmación no solo una falta de comprensión de lo que significa el papado, sino una necesidad casi compulsiva de situarse en el centro de cualquier relato. Como si incluso los procesos más sagrados debieran gravitar en torno a su persona.

Tal vez ahí resida la incomodidad de ciertos hombres de poder: en descubrir que existe una forma de autoridad a la que nunca podrán acceder. Porque el poder político, por vasto que sea, es siempre contingente. Depende del tiempo, de las mayorías, de la fortuna. El del Obispo de Roma, en cambio, no se conquista ni se retiene por ambición personal. Se recibe como un servicio y, en última instancia, como una carga.

Ningún hombre muere por un dirigente político. A lo sumo, muere por una bandera, por una idea o por una nación que trasciende a quienes la administran temporalmente. Pero millones de cristianos, a lo largo de la historia y también hoy, estarían dispuestos a dar la vida por lo que representa el sucesor de Pedro. No por su persona concreta, falible como cualquier otra, sino por aquello que encarna: una continuidad espiritual que atraviesa los siglos.

En este contexto, la imagen difundida por Trump de sí mismo, representado como una suerte de figura mesiánica que sana a un enfermo, no es solo de mal gusto. Es algo más profundo: un síntoma de una cultura política que ha confundido liderazgo con espectáculo y autoridad con narcisismo. Apropiarse de un gesto que, en la tradición cristiana, pertenece a Cristo, no es una provocación ingeniosa, sino una banalización que revela una preocupante falta de sentido de los límites.

También ha afirmado Trump que, durante la pandemia de COVID-19, la Iglesia actuó desde el miedo. Sin embargo, la memoria colectiva ha retenido otra escena. No la de la institución temerosa, sino la de un hombre solo, bajo la lluvia, avanzando lentamente por una Plaza de San Pedro vacía. Era el Papa Francisco, en uno de los momentos más oscuros de la crisis sanitaria, disponiéndose a impartir la bendición Urbi et Orbi a un mundo paralizado. Aquella imagen no hablaba de miedo, sino de responsabilidad, de soledad y de una forma de valentía que no necesita estridencias.

Quizá Trump no comprenda ese lenguaje. Quizá no pueda. Porque pertenece a una lógica distinta, en la que todo se mide en términos de victoria o derrota, de dominio o sumisión. Pero la historia, siempre paciente, termina poniendo cada cosa en su lugar. Y cuando el tiempo haya hecho su trabajo, cuando los nombres propios de hoy sean apenas notas al pie en los libros, la Iglesia seguirá ahí, como ha estado siempre, mirando pasar a los poderosos de cada época.

También verá pasar al trumpismo.

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Comentarios
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Paloma Reyes
2 horas hace
La historia nos muestra que los hombres y las instituciones que buscan la eternidad suelen desvanecerse frente al tiempo, mientras que la Iglesia, con su vocación trascendental, perdura. La narcisista aseveración de Trump sobre su influencia en el papado no solo es una falta de respeto: revela la superficialidad de un liderazgo que aún confunde poder con espectáculo. En este sentido, la acción del Papa Francisco en momentos de crisis resuena más allá del poder político; es un llamado a recordar la verdadera esencia del liderazgo.
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