
Cuando la guerra habla de poder, la Iglesia recuerda a Dios.
El mundo contempla con angustia una nueva espiral de violencia que vuelve a teñir de incertidumbre el horizonte de la humanidad. La ofensiva militar de Estados Unidos, en alianza con Israel, contra Irán no es solo un episodio más en la historia de los conflictos internacionales: es un drama humano de proporciones incalculables. Bajo el estruendo de los misiles y la frialdad de las estrategias geopolíticas, laten historias concretas de sufrimiento: familias rotas, ciudades heridas, inocentes que pagan con su vida decisiones que nunca tomaron. Y, junto a la devastación, un lenguaje cada vez más deshumanizado, donde se habla sin pudor de arrasar, de aniquilar, de hacer desaparecer al enemigo. Como si la vida pudiera reducirse a un cálculo. Como si el poder justificara cualquier cosa.
Es en este contexto —y solo desde este contexto se entienden plenamente sus palabras— donde el Papa León XIV alzó la voz en una vigilia de oración cargada de gravedad.
No habló como político. Habló como pastor.
“La Iglesia tiene la obligación moral de ir contra la guerra.”
“El Evangelio es claro: no podemos justificar la violencia que destruye vidas inocentes.”
Y fue aún más lejos, penetrando en la raíz espiritual del conflicto con palabras que interpelan directamente a nuestro tiempo:
“El que reza es consciente de sus propios límites, no mata ni amenaza con la muerte. En cambio, está sometido a la muerte quien ha dado la espalda al Dios vivo, para hacer de sí mismo y de su propio poder el ídolo mudo, ciego y sordo, al cual sacrificar todo valor y pretender que el mundo entero se doblegue ante él.”
No es solo una denuncia de la guerra.
Es una denuncia del corazón que la hace posible.
Porque donde el hombre se coloca en el lugar de Dios, donde el poder se convierte en un ídolo, donde la fuerza sustituye a la verdad, la consecuencia inevitable es la violencia. Y la víctima inevitable, el inocente.
Estas palabras resuenan con la misma fuerza que el mensaje de Cristo:
“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”
Pero esa voz, que debería suscitar reflexión, encontró desprecio.
El expresidente Donald Trump respondió con dureza, calificando al Papa de “terrible en política exterior” y de “débil”, instándole a que se limite a su papel religioso. Como si la fe pudiera callar ante la muerte. Como si el Evangelio no tuviera nada que decir cuando caen bombas sobre los inocentes.
Y, en un gesto aún más grave, llegó a publicar una imagen en la que se representaba a sí mismo como Jesucristo. Una apropiación de lo sagrado que provocó rechazo inmediato y que, ante la presión recibida, terminó retirando.
Pero retirar la imagen no borra la herida.
Porque, de algún modo, aquella imagen encajaba inquietantemente con las palabras del Papa. Esa advertencia sobre el ser humano que convierte su propio poder en un ídolo, que pretende que el mundo se doblegue ante él, que olvida sus límites y ocupa un lugar que no le corresponde.
No, no todo vale.
No vale justificar la guerra mientras mueren inocentes.
No vale despreciar a quien clama por la paz.
No vale utilizar lo más sagrado como instrumento de propaganda.
Hoy, más que nunca, el mundo necesita escuchar a quienes hablan desde la verdad y no desde el poder. A quienes recuerdan que la paz no es debilidad, sino la única grandeza posible.
Y por eso, en medio del dolor, de la confusión y de la tristeza por lo ocurrido, lo tengo claro:
Si me dan a elegir entre cualquier líder de la tierra y el Vicario de Cristo en su defensa del Evangelio y de la doctrina de Jesucristo lo tengo muy claro: siempre con el Santo Padre.
