
Una recuerda perfectamente aquellas imágenes de la JMJ de Madrid. Filas interminables de jóvenes esperando para confesarse bajo el sol de agosto en el parque de El Retiro. Sacerdotes de medio mundo atendiendo en distintos idiomas. Confesionarios llenos hasta la noche. Gente arrodillada. Silencio. Penitencia. Absolución. Iglesia Católica en estado puro.
Y ahora resulta que hemos evolucionado hacia los “centros de escucha”.
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En los actos juveniles vinculados a la visita de León XIV no habrá confesonarios en el recinto principal, aunque sí espacios atendidos por agentes pastorales para escuchar y acompañar a los asistentes. La explicación oficial insiste en que la confesión seguirá disponible en parroquias e iglesias de Madrid. Qué tranquilidad. Como quien informa de que hay un cajero automático a tres calles del evento.
El problema no es escuchar a la gente. Naturalmente que hay que escuchar. Una parroquia que no escucha termina convertida en una oficina. El problema es otro: el desplazamiento simbólico. Lo central deja de ser el sacramento y pasa a ser el acompañamiento emocional. El confesionario desaparece del centro de la escena y aparece el espacio de escucha. Y eso no es neutro.
Porque la Iglesia no recibió de Cristo el mandato de organizar dispositivos de escucha. Recibió el poder de perdonar pecados.
En Madrid 2011 aquello estaba clarísimo. Se instalaron cientos de confesionarios en el Retiro. Benedicto XVI confesó personalmente a varios jóvenes. La prensa internacional quedó sorprendida viendo colas enormes para confesarse en mitad de una sociedad aparentemente secularizada. Y ocurrió algo muy incómodo para ciertos expertos pastorales contemporáneos: cuando se ponen sacerdotes a confesar, la gente se confiesa.
Así de sencillo.
También en Lisboa, durante la JMJ de 2023, hubo un gran “Parque del Perdón” con decenas y decenas de confesionarios. Porque durante siglos la Iglesia entendió algo elemental: si quieres acercar a las personas a la misericordia de Dios, tienes que facilitar el sacramento de la reconciliación, no esconderlo discretamente en el callejero urbano mientras en el recinto principal montas estructuras mucho más amables para la sensibilidad contemporánea.
Y aquí aparece el lenguaje, que nunca es inocente. “Centro de escucha”. Qué expresión tan perfectamente aséptica. Parece el nombre de un servicio universitario de mediación emocional. O una mezcla entre gabinete psicológico y consultoría de recursos humanos. Todo muy acogedor. Todo muy suave. Todo muy compatible con una época que tolera hablar de heridas, pero se pone nerviosa cuando alguien menciona pecado, arrepentimiento o propósito de enmienda.
Porque el confesionario tiene algo profundamente contracultural. Ahí no vas simplemente a ser escuchada. Vas a reconocer culpas. A pedir perdón. A escuchar verdades incómodas sobre tu vida. A recibir una absolución que no puede darte ningún terapeuta, ningún coach espiritual ni ningún agente pastoral perfectamente acreditado con su chaleco organizativo.
Dicho esto, una sospecha empieza a resultar inevitable: quizá el confesionario incomoda a ciertos sectores eclesiales porque recuerda demasiado claramente para qué existe la Iglesia. Y eso hoy parece generar pudor. La palabra misericordia gusta mucho; la palabra conversión, bastante menos. Hablar de acogida es facilísimo. Hablar de pecado ya exige otra valentía.
Por eso el contraste con Madrid 2011 resulta tan devastador. Entonces no se escondió el sacramento como si fuera un elemento secundario que pudiera espantar a los jóvenes. Al contrario: se colocó en el centro. Visible. Accesible. Masivo. Católico. Y ocurrió algo extraordinario que hoy parece sorprender a algunos despachos pastorales: miles de jóvenes respondieron.
No hacía falta inventar “experiencias de escucha transformadora”. Bastaba con ofrecer confesión.
Sí, claro que escuchar es importante. Claro que hay personas heridas. Claro que muchas necesitan ser acompañadas antes de acercarse al sacramento. Nadie discute eso. Pero cuando la escucha ocupa el escaparate y la confesión queda derivada a “las parroquias cercanas”, la sensación que queda es tristísima: la Iglesia empieza a pedir perdón por parecer Iglesia.
Y eso nunca termina bien.
Porque para que a una la escuchen está el psicólogo.
Para ahogar las penas, el bar.
Para recibir el perdón de Dios, el confesionario.
