
Este fin de semana se han reunido en Madrid cientos de miles de jóvenes en torno al Santo Padre que ha tenido a bien visitar la capital de España.
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El sábado, hubo en la plaza de Lima y por extensión el paseo de la castellana, un encuentro con Leon XIV que reunió a jóvenes de todas partes de este país, para hablarnos con una claridad meridiana sobre el amor, la entrega y la mirada a Dios desde nuestra debilidad de seres humanos; débiles pero con fuerza para el futuro.
Hubo canciones que hablaban de amor, de fidelidad, de entrega… frases del Papa que llenaron de eternidad las cabezas de los que allí estábamos presentes. Miles de personas emocionadas, con las lágrimas en los ojos ante la realidad de Dios que sin duda estaba presente en todo el acto. Fue emocionante ver pasar al Papa, escucharle responder a los jóvenes que le hicieron preguntas sobre ansias de amor y de entrega. Particularmente, cuando habló de la vocación en la vida célibe, consagrada a Dios sin miedo, sé que tocó muchas conciencias con ganas de entregarse de verdad a un Dios que colma de amor y de esperanza en este mundo acelerado y a veces egoísta e insensible al dolor ajeno.
Estamos en una época en la que parece que todo debe poseerse, disfrutarse y consumirse inmediatamente, resulta casi revolucionario escuchar que alguien puede entregar toda su vida a Dios. Renunciar libremente a formar una familia, a construir un proyecto propio o a buscar la propia satisfacción para convertir a Cristo en el único tesoro de la existencia. No es una renuncia triste, sino una afirmación gigantesca de amor. Quizá por eso muchos jóvenes guardaban silencio mientras hablaba el Papa: porque comprendían que la felicidad no siempre consiste en acumular experiencias, sino en darse por entero a una causa que merezca la pena. Pero es la verdad de Cristo que se presenta nueva como el evangelio y, como el evangelio, vieja.
Al contemplar esa posibilidad, uno entiende que Dios sigue llamando. Y sigue habiendo corazones dispuestos a responder. En medio del ruido, de la superficialidad y de una cultura que a menudo confunde el amor con el simple deseo, la entrega total a Dios aparece como una luz potente, serena y hermosa. Una luz capaz de cambiar una vida y, a través de ella, iluminar el mundo entero.
Este Papa habla claro, tanto como la luz de Dios. por eso, cuando habla de Dios, del amor y de la entrega, las palabras dejan de ser palabras y se convierten en luz. Y quizá por eso tantos ojos se humedecen al escucharle: porque el corazón humano reconoce la luz cuando la tiene delante. León XIV es, verdaderamente, el Papa de la luz.
