La noche en la que dejamos de fingir

La noche en la que dejamos de fingir

Miguel P. Herrador

Columnista de Opinión Religiosa

Leon XIV habla de la noche como un lugar de camino y de encuentro con Dios en la vigilia de Oración en el estadio "Lluís Companys" su reciente viaje a Barcelona. Resulta muy iluminante hablar del sufrimiento y la noche como nos habla el Papa, en lo que ya es el patrimonio doctrinal de este Pontífice.

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La vida suele sostenernos mientras no nos miramos demasiado de cerca. Funciona. Avanza. Se llena de planes, de rutinas, de pequeños éxitos que nos hacen creer que todo está en su sitio… Sin embargo, llega un momento en que algo se quiebra. No siempre de forma dramática. A veces es solo un cansancio. Pero también puede ser una pregunta. Un silencio. Y entonces llega la noche…

No me refiero al reloj, sino a la del alma, como dice San Juan de la Cruz.

La noche en la que ya no hay explicaciones rápidas. Ni culpables claros. Ni discursos que encajen con lo que sentimos. Solo una sensación incómoda: lo que nos sostenía ya no nos sostiene igual…

Es en ese punto donde el Evangelio coloca a Nicodemo. Un hombre que no entra en el día triunfal de la fe, sino en la oscuridad de la búsqueda. Va de noche a buscar a Jesús. No es que quiera esconderse, sino que todavía no ve.

La noche no es el problema, creo que es el medio para llegar donde queríamos.

El lugar donde el ser humano se descubre tal como es. Sin máscaras. Sin imágenes construidas. Sin la necesidad de parecer más firme de lo que realmente es.

Somos, como dice la homilía del Papa de su viaje a Barcelona, mendigos de amor. Y quizá esa sea la primera verdad que la noche nos enseña. Que no nos bastamos.

Mientras todo funciona, uno puede fingir autosuficiencia. Pero cuando los apoyos se tambalean, cuando las certezas se desordenan, cuando incluso la fe se vuelve silenciosa, ya no queda nada a lo que agarrarse… salvo la verdad.

Lo que pasa es que la verdad no siempre consuela de inmediato. A veces incomoda o desarma. Te obliga a mirar hacia dentro sin defensas.

Hay noches en las que ni siquiera se siente a Dios. No porque haya desaparecido, sino porque ha retirado todo lo que nos impedía buscarnos de verdad. Y entonces la oración se vuelve distinta. Más pobre. Más desnuda. Más honesta.

No hay respuestas fáciles. Solo preguntas que no se pueden esquivar.

Y, sin embargo, ocurre. No es un castigo, sino más bien un despojarse de uno mismo.

Es el momento en que dejamos de sostener una versión de nosotros mismos que no era del todo verdad. Es el instante en que la vida deja de ser control y empieza a ser camino.

Quizá por eso el Papa habla de estas noches como de un lugar de bendición. Desde luego, no porque sean agradables, sino porque son verdaderas y porque nos devuelven a lo esencial.

No hay culpables en la noche. Ni vencedores. Ni derrotados.

Solo un hombre que camina a tientas. Solo una historia que todavía no entiende su forma final. Solo un Dios que no se impone, pero acompaña.

Y quizá, al final, la mayor sorpresa no sea salir de la noche.

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