Vosotros podéis cambiar la historia

Vosotros podéis cambiar la historia

Víctor V. Espinar

Reportero de Actualidad Religiosa y Conflictos

Para muchos jóvenes la visita del Papa León XIV ha dejado en nosotros una sensación de alegría difícil de describir con palabras.

Último boletín

Porque no fue una alegría pasajera de haber asistido a un evento histórico en nuestro país. Fue, sobre todo, la sensación de haber sido interpelados personalmente, de haber recibido una llamada que nos obliga a preguntarnos qué hacer con todo lo que hemos escuchado y vivido.

Quizá el mayor riesgo después de una experiencia así sea convertirla en un recuerdo agradable y nada más. Guardar fotografías en nuestras galerías, compartir anécdotas, recordar el ambiente y volver a nuestras rutinas sin permitir que aquello transforme realmente nuestra manera de estar en el mundo. Hay experiencias que pierden su sentido cuando no producen consecuencias concretas. La emoción tiene valor cuando conduce a una decisión, y la alegría encuentra su plenitud cuando se convierte en responsabilidad.

Muchos de nosotros sabemos que desde hace años vivimos una tensión social profunda que atraviesa todos los ámbitos de la sociedad y que se ha intensificado especialmente entre las generaciones más jóvenes. La denominada “guerra cultural”. No solo se trata simplemente de un enfrentamiento entre posiciones políticas, ni de una discusión pasajera sobre cuestiones concretas, es algo más profundo: una dificultad creciente para reconocer que existen verdades que no dependen del momento histórico, de la presión social, ni de la opinión dominante. Vivimos en una época que parece haber sustituido la búsqueda de la verdad por la negociación permanente de todo aquello que antes se consideraba firme, y donde con demasiada frecuencia se presenta cualquier convicción fuerte como una amenaza para la convivencia.

En ese contexto cobran especial importancia las palabras que pronunció León XIV al advertir que el mundo atraviesa una profunda crisis espiritual que se manifiesta en formas cada vez más visibles de violencia, polarización y desconfianza recíproca. No hace falta mirar demasiado lejos para comprobarlo. Esa fractura se cuela en la vida cotidiana y modifica nuestra manera de relacionarnos. Está presente en conversaciones entre amigos donde expresar determinadas ideas parece exigir pedir disculpas por adelantado y termina haciendo creer que convivir consiste únicamente en evitar cualquier tema que pueda generar incomodidad.

Frente a esta situación, los cristianos tenemos la tentación de reaccionar de dos maneras igualmente equivocadas: o refugiarnos en espacios donde nadie cuestione nuestras convicciones o entrar en una lógica de combate permanente donde el objetivo deja de ser anunciar la verdad para convertirse simplemente en derrotar al otro. Sin embargo, ninguna de las dos respuestas parece corresponderse con aquello que se nos pide. Defender la verdad no significa imponerla ni convertir cada conversación en una batalla cultural; significa tener la valentía suficiente para no ocultarla y la humildad suficiente para proponerla sin despreciar a quien todavía no la comparte.

Si algo deberíamos haber aprendido de las palabras de León XIV, es que el encuentro con Dios no convierte a nadie en dueño de la verdad, sino en servidor de ella. Y servir a la verdad exige algo mucho más difícil que ganar una discusión. Exige coherencia, paciencia y capacidad de sacrificio. Significa comprender que hay momentos en los que habrá que hablar con claridad y otros en los que será necesario acompañar en silencio; significa aceptar que no todas las personas recorren el mismo camino ni al mismo ritmo y entender que el testimonio vale más que cualquier argumento brillante.

Por eso merece la pena volver una y otra vez sobre los discursos que el Santo Padre nos ha dejado para permitir que nos cuestionen y para apoyarnos en ellos a la hora de cumplir con la misión que nos ha sido encomendada. Volver a ellos para recordar que la vida humana posee una dignidad que no puede depender del consenso social ni del cálculo de utilidad; volver a ellos para comprender que el grado de civilización de una sociedad se mide por la forma en que trata a quienes son más débiles y menos visibles; volver a ellos para reconocer que la cultura del descarte no aparece solamente en las grandes decisiones políticas, sino también en nuestros hábitos cotidianos, cuando reducimos a las personas a aquello que producen, a lo que aportan o a la utilidad que tienen para nuestros propios intereses.

También para recordar que discrepar no puede convertirse nunca en una excusa para despreciar. Nuestra época parece haber olvidado que es posible defender convicciones firmes sin renunciar al respeto y que corregir no equivale a humillar. Como cristianos tenemos el deber de formar, enseñar y proponer, pero siempre desde una lógica distinta a la del enfrentamiento permanente. El afecto no elimina la exigencia y la verdad no exige abandonar la caridad. Quizá una de nuestras mayores derrotas culturales sea haber permitido a muchas personas convencerse de que ambas son incompatibles.

Algo parecido nos ocurre con uno de los asuntos que más discusiones genera actualmente: la inmigración. Es legítimo debatir sobre políticas públicas, modelos de integración y organización social, pero nosotros no podemos reducir una cuestión humana a una simple herramienta de disputa política, porque empobrece cualquier conversación. Antes que cifras, discursos o estrategias, existen personas concretas con historias concretas, y olvidar esa dimensión significa perder algo esencial.

Por eso, quizá el fruto más importante que deberíamos sacar de este viaje no consiste en decir que estuvimos allí ni en conservar intacta la emoción de aquellos días, sino en asumir la responsabilidad que nace después de haber recibido tanto. El Santo Padre se dirigió especialmente a nosotros con una invitación que merece permanecer mucho tiempo en nuestra conciencia: “Vosotros, jóvenes, estáis llamados a dar una nueva dirección a la sociedad, convirtiéndoos en protagonistas del cambio a partir de vuestros vínculos cotidianos, aquello que vivís en la familia, en la universidad y en el trabajo”.

Es una llamada exigente porque nos recuerda que la transformación del mundo empieza en la forma concreta en que vivimos cada día, en cómo tratamos a los demás, en la verdad que defendemos, en el bien que somos capaces de hacer incluso cuando nadie nos mira. Quizá la mejor manera de agradecer estos días sea permitiendo que den un buen fruto. Porque aquello que vivimos no nos fue dado para guardarlo, sino para entregarlo. Y por eso las palabras que deberíamos grabarnos a fuego en la memoria son las de un envío: “Vosotros podéis cambiar la historia: hacedlo con amor”.

Sigue a Iglesia Noticias en Google
Añadir a mis fuentes favoritas
Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Escribir un comentario

Enviar

Publish the Menu module to "offcanvas" position. Here you can publish other modules as well.
Learn More.