Tú no, pero yo sí

Tú no, pero yo sí

Víctor V. Espinar


Ya estamos casi a mitad de agosto y la rutina empieza a asomar por el horizonte. El verano entra en su recta final y, con él, se acerca ese momento en el que toca volver a poner en marcha todo aquello que durante unas semanas dejamos en pausa. Muchos comenzarán este nuevo curso con retos, proyectos, decisiones y objetivos por delante. Algunos volverán a las aulas, otros se incorporarán de nuevo al trabajo y otros tendrán que enfrentarse a un año lleno de incertidumbres.

Los jóvenes vivimos especialmente esta época con una mezcla curiosa de ilusión y vértigo.

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Tenemos por delante muchas ganas de hacer cosas, de crecer, de aprovechar el tiempo, de alcanzar determinadas metas. Pero, al mismo tiempo, empiezan a aflorar pensamientos que durante el verano parecían dormidos. ¿Y si no llego a todo? ¿Y si no consigo aquello que me he propuesto? ¿Y si las expectativas que los demás tienen sobre mí terminan pesando demasiado? ¿Y si, después de todo, no soy capaz?

Son pensamientos que llegan con una facilidad sorprendente. Queremos tener claro dónde estaremos dentro de un año, qué habremos conseguido, qué decisiones habremos tomado y cómo será nuestra vida. Y cuando no encontramos respuestas, aparece la inquietud.

Sin embargo, también he descubierto que estos sentimientos tienen la peculiaridad de que llegan con mucha facilidad, pero también pueden marcharse con la misma rapidez. Lo que ayer parecía un problema enorme puede perder buena parte de su peso después de una noche de descanso, de una conversación sincera o, simplemente, de poner las cosas delante de Dios.

Precisamente eso me ocurrió hace unos días durante un rato de lectura espiritual. Me encontré con una anécdota de san Josemaría que, de alguna manera, parecía escrita para estos días de agosto.

En 1958, cuando llegó a Londres para comenzar la labor apostólica del Opus Dei en Inglaterra, quedó impresionado ante la realidad que tenía delante. Una ciudad enorme, tantas personas que todavía no conocían a Dios y una tarea que podía parecer inabarcable.

Ante aquella situación, surgió en su interior un pensamiento muy humano: “Aquí no puedes hacer nada”. La respuesta que recibió interiormente del Señor fue sencilla y, al mismo tiempo, transformadora: “Tú no, pero Yo sí”.

Hay momentos en los que miramos nuestras circunstancias y pensamos que no vamos a poder. Que son demasiadas cosas. Que los objetivos son demasiado altos. Que las responsabilidades nos superan. Que las expectativas de los demás son demasiado grandes. Que quizá no tengamos las capacidades suficientes para estar a la altura. Y puede que tengamos razón en una cosa: nosotros solos no podemos.

Cristo no nos pide que carguemos solos con nuestra vida. Tampoco nos invita a convertirnos en personas capaces de controlar cada detalle de nuestro futuro. Nos pide confianza. Nos pide que hagamos nuestra parte, que trabajemos, que estudiemos, quecuidemos a nuestra familia, que cumplamos con nuestras obligaciones, que pongamos ilusión en nuestros proyectos y que intentemos hacer bien aquello que tenemos entre manos. Y, después, que dejemos espacio para que Él haga lo que nosotros no podemos hacer.

“Tú no, pero Yo sí”. Qué distinta puede ser la manera de afrontar septiembre cuando uno lleva esta frase consigo. Seguiremos teniendo dudas. Habrá días en los que las cosas no salgan como esperábamos. Habrá objetivos que tendremos que revisar y proyectos que quizá tomen caminos que nunca habíamos imaginado. Pero cambia algo fundamental: dejamos de pensar que todo depende exclusivamente de nosotros.

Por eso, ante los retos del nuevo curso, quizá nuestra primera tarea sea rezar. Rezar mucho. Antes de hacer listas interminables de objetivos, ponerlos delante del Señor. Antes de obsesionarnos con todo aquello que queremos conseguir, preguntarle qué espera Él de nosotros. Antes de medir nuestro éxito por los resultados, aprender a reconocerle en el camino.

Y después, trabajar. Hacer santos nuestros días precisamente a través de aquello que tenemos delante. El estudio, el trabajo, las horas de oficina, las conversaciones con los amigos, la vida familiar, los pequeños sacrificios, los momentos de cansancio y también los proyectos que nos ilusionan. Todo puede convertirse en lugar de encuentro con Dios cuando se vive con amor y con la mirada puesta en Él.

Puede que lleguemos a junio sin haber alcanzado alguno de nuestros objetivos. Y, sin embargo, haber crecido muchísimo. Puede que un proyecto fracase y, al mismo tiempo, nos haya enseñado a confiar más. Puede que una puerta se cierre y nos obligue a descubrir otra que nunca habíamos contemplado. Puede que aquello que nosotros habíamos planeado para nuestra vida no coincida exactamente con aquello que Dios tenía preparado.

Y ahí tendremos que volver a recordar: “Tú no, pero Yo sí”.

Por eso, quizá este agosto no necesitemos tener resuelto todo lo que vendrá después del verano. Quizá baste con llegar a septiembre con el corazón dispuesto. Con ganas de trabajar, con deseos de crecer, con ilusión por los proyectos que comienzan y, sobre todo, con la certeza de que no caminamos solos.

Dentro de unas semanas volverán los horarios, las prisas, los madrugones, los exámenes, las reuniones, los trabajos pendientes y todas esas pequeñas cosas que llenan nuestra vida. Volverán también las dudas. Pero ojalá vuelva con nosotros aquella frase que san Josemaría escuchó en Londres.

Cuando pensemos que no podemos más, podremos decirle al Señor: “Yo no puedo”. Y quizá entonces descubramos, una vez más, que tampoco se nos ha pedido hacerlo solos.

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