
Para apreciar los datos que siguen hay que recordar un panorama general pues todavía en 1990 los países islámicos tenían de 6 a 7 hijos por mujer.
Arabia Saudita: la tasa de fertilidad total del reino cayó de 2,8 en 2011 a alrededor de 2,0 en 2024. La proyección indica una caída hacia 1,8 para 2050.
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Egipto: en febrero de 2025, el ministro de salud egipcio anunció una tasa de fertilidad de 2,41, frente a 2,54 el año anterior y por primera vez en 17 años nacieron menos de dos millones de niños egipcios en un solo año.
Irán: de 6,9 hijos por mujer en los años 80 cayó a menos de 1,5 en diciembre de 2025.
Turquía: fertilidad total de 1,48 en 2024.
Túnez: nacimientos en 2024 de 147.000 pasó a 133.000, igual a una fertilidad de 1,8 hijos por mujer
Emiratos Arabes Unidos: fertilidad de 1,21 en 2024.
El PC y sobre todo los teléfonos móviles han difundido la imagen de Occidente, presentando sus elementos más bellos y positivos. Ha sido y es un intenso proceso de apertura mental hacia el amplio mundo, donde impera, a pesar de todo, la libertad. Parte importante de este fenómeno son las películas y la confrontación con el cristianismo, que está en el origen de las olas de conversiones en el mundo islámico. Las mezquitas se están vaciando y sobre todo las mujeres claman por sus fueros perdidos.
El peso de la historia
Uno de los ejes más repetidos en la literatura crítica sobre el mundo árabe y musulmán es el impacto de la fragmentación geopolítica heredada del período colonial. Incluso después de la independencia formal, varios países conservaron fronteras artificiales, élites extractivas, economías subordinadas al exterior y Estados con baja legitimidad social, lo que limitó la construcción de instituciones estables y representativas.
Esa herencia no explica por sí sola la situación actual, pero sí condiciona el punto de partida. En numerosos casos, el Estado poscolonial se consolidó más como un aparato de control que como un mecanismo de integración nacional, redistribución y desarrollo. Allí donde la legitimidad descansó en la coerción, el clientelismo o la renta externa, el incentivo para invertir en ciudadanía, educación e innovación fue menor.
Autoritarismo, rentismo y debilidad institucional
Una segunda causa central es la persistencia de estructuras autoritarias. Diversas fuentes señalan que en una parte del mundo musulmán, especialmente en Oriente Medio y el Norte de África, la concentración de poder, la corrupción y la baja rendición de cuentas han obstaculizado la formación de economías dinámicas y sistemas públicos eficaces.
En este contexto, los ingresos provenientes de recursos estratégicos, especialmente hidrocarburos en varios países, han permitido financiar regímenes fuertes sin construir necesariamente pactos sociales amplios. Cuando el Estado depende más de rentas externas que de una base fiscal diversificada, la relación entre gobierno y ciudadanía tiende a ser menos negociada y menos representativa. Eso reduce los incentivos para reformar la educación, ampliar libertades, profesionalizar la administración y estimular innovación productiva.
Educación y capital humano
Los gráficos estadísticos revisados apuntan con fuerza hacia la educación como uno de los factores más críticos. El análisis del Índice de Pobreza Multidimensional árabe revisado muestra que la dimensión educativa representa la mayor contribución a la pobreza total en varios países de la región, por encima de otras carencias.
Ese dato es decisivo porque modifica la interpretación del problema. Cuando la principal privación no es solo ingreso, sino también acceso efectivo al aprendizaje, escolarización de calidad y continuidad educativa, el atraso deja de verse como una mera escasez económica y pasa a entenderse como una reproducción estructural de desventajas. La educación insuficiente limita la movilidad social, debilita la productividad, frena la investigación y dificulta la consolidación de una esfera pública más crítica y plural.
Otro conjunto de datos sobre pobreza infantil en países árabes muestra que las privaciones educativas afectan de manera intensa a la población joven. En el estudio consultado, 12,4% de los niños sufren privación aguda en educación y 24,5% experimentan privación moderada en esa dimensión, con peores resultados en los países más vulnerables del grupo analizado
La relevancia de estos gráficos es doble. Por un lado, revelan que el retraso tiene una base generacional: si los niños crecen con carencias sostenidas en educación e información, el futuro productivo e institucional queda comprometido desde temprano. Por otro, sugieren que la inversión educativa no es un complemento del desarrollo, sino su condición básica.
Los datos del Índice de Capital Humano del Banco Mundial refuerzan esta lectura, al mostrar que el capital humano puede medirse como la productividad futura de una generación en función de su educación y salud. Allí donde ese índice es bajo, el problema no es solamente presente, sino también intertemporal: las sociedades cargan hacia adelante déficits acumulados que reducen su capacidad de competir, innovar y sostener crecimiento de largo plazo.
Demografía, juventud y presión social
Otro factor clave aparece en el perfil demográfico de muchos países árabes: una alta proporción de población joven acompañada de oportunidades insuficientes. El desajuste entre expansión demográfica, sistemas educativos débiles y mercados laborales incapaces de absorber a los nuevos sectores urbanos genera frustración social, informalidad y conflictividad.
Este fenómeno ayuda a explicar por qué en algunos casos la crisis adopta la forma de protesta, emigración o radicalización. Una población joven puede ser una ventaja estratégica cuando existe empleo, formación e integración institucional; sin esas condiciones, se convierte en un factor de presión permanente sobre Estados ya frágiles.
Los gráficos demográficos, por tanto, no son un detalle secundario. Muestran que el problema del atraso no se limita al pasado, sino que se reproduce en el presente bajo la forma de una transición demográfica incompleta, con millones de jóvenes incorporándose a sociedades que no siempre pueden ofrecerles horizontes creíbles de ascenso y participación.iemed
Conflictos, fragmentación y violencia
La persistencia de guerras, rivalidades regionales y divisiones sectarias agrava todos los factores anteriores. Un análisis sobre Oriente Medio describe una región atravesada por la destrucción de Siria, la descomposición de Irak, las convulsiones en Egipto y Libia, las rivalidades entre monarquías del Golfo, las tensiones con Irán y la expansión del yihadismo, todo ello enmarcado en una complejidad creciente.
En contextos de violencia prolongada, el Estado desvía recursos hacia la seguridad, colapsan sistemas educativos y sanitarios, se destruye infraestructura y aumenta la emigración de cuadros técnicos y profesionales. Ninguna estrategia de desarrollo puede consolidarse con facilidad en sociedades que viven bajo conflicto armado, sanciones, intervención extranjera o polarización extrema.
Por eso, cualquier gráfico económico o social sobre la región debe leerse junto a su contexto político. Las estadísticas no son solo cifras frías: expresan trayectorias históricas atravesadas por guerra, desplazamiento, rupturas estatales y competencia geopolítica. En muchos casos, el atraso no es una condición original, sino el resultado de décadas de deterioro institucional acumulado.
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