Game over: cuando se acaba el aura

Game over: cuando se acaba el aura

Miguel P. Herrador

Columnista de Opinión Religiosa

Hoy en día el reconocimiento se pondera con puntos. Como en los videojuegos. Al menos entre los adolescentes. El otro día hubo una batalla de aura en Córdoba que reunió a muchos jóvenes para «farmear aura». La expresión viene precisamente del lenguaje de los videojuegos: farmear consiste en repetir determinadas acciones para conseguir recursos, experiencia o puntos. Y el aura sería esa mezcla de carisma, seguridad, estilo o presencia que hace que los demás te reconozcan. Si haces algo que impresiona, ganas aura. Si haces el idiota, la pierdes.

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Puede parecer una simple moda o una manera más de hablar entre adolescentes. Pero quizá haya algo más interesante detrás. Porque lo nuevo no es tanto querer ser reconocido —eso lo hemos hecho siempre— como convertir ese reconocimiento en una especie de puntuación. La vida empieza a hablarse con el lenguaje de un videojuego: ganar, perder, subir de nivel, conseguir puntos, tener más o menos aura. Hasta el ridículo puede convertirse en una jugada.

Ha habido otras batallas en distintas ciudades. Incluso vi el otro día en las noticias a un chico indignado porque había perdido su trabajo después de faltar para acudir a una de estas batallas. No deja de resultar curioso.

Los adolescentes siempre han querido sentirse parte de un grupo y sentirse reconocidos entre sus iguales. Y eso nos pasa un poco a todos. Aunque sea en la adolescencia donde se ve más acentuado, también a los que ya hemos dejado atrás esa etapa nos importa, en mayor o menor medida, sentirnos reconocidos. Hay adultos maduros que, en el fondo, también quieren sentirse valorados.

Es algo humano.

Quizá por eso el fenómeno resulte menos extraño de lo que parece. Cambia el lenguaje, cambia la forma de exhibirse, cambian las reglas del juego, pero permanece algo muy antiguo: queremos saber que contamos para alguien. El adolescente lo expresa haciendo una tontería delante de doscientas personas. El adulto puede expresarlo de maneras mucho más sofisticadas y aparentemente serias. Pero no siempre son tan diferentes.

El problema aparece cuando Dios permite los fracasos personales, profesionales o relacionales que tambalearían por completo «el puntaje» o «la puntuación» del aura de nuestra vida. Cuando aquello que nos hacía sentir valiosos desaparece de repente. Cuando perdemos un trabajo, una amistad, una relación, un proyecto o el reconocimiento de alguien cuya opinión nos importaba demasiado.

Entonces parece que hemos llegado al game over.

Y quizá ahí descubrimos hasta qué punto habíamos puesto nuestra seguridad en esa puntuación. Porque mientras todo va bien, es fácil pensar que no dependemos de la aprobación de nadie. Hasta que alguien deja de aprobarnos. Mientras tenemos amigos, trabajo, éxito, afecto y reconocimiento, podemos creer que sabemos quiénes somos. Pero cuando todo eso se tambalea, aparece la pregunta que estaba escondida debajo de todas las demás: ¿cuánto valgo si ya nadie me lo confirma?

Pero la diferencia es que nuestra vida sigue hasta que Dios quiera. Reiniciar en la vida no es algo posible. Cuando hay errores o caídas, ya toca adquirirlas e incorporarlas para que formen parte de nuestra vida. Nos ayudan a cambiar y ser mejores. O peores.

No podemos cargar una partida nueva y borrar la anterior. Lo vivido permanece. Los errores forman parte de nuestra historia, las heridas también. Y quizá esa sea una de las cosas que más nos cuesta aceptar: que madurar no consiste en conseguir una vida sin fracasos, sino en aprender a vivir con ellos y dejar que incluso ellos formen parte de nuestro camino.

Y cuando Dios quiere, a veces, los apoyos naturales desaparecen. No tienes reconocimiento. O no lo sientes. Y parece que todo se hunde.

Al menos si todavía te sientes muy afectado por este fenómeno tan propio de la juventud —esa necesidad de sentirte valorado—, hay algo que cambia completamente las reglas del juego: tener a Dios.

Porque entonces nada se tambalea.

No porque desaparezcan los problemas, ni porque dejemos de necesitar el cariño de los demás. Dios no convierte al hombre en alguien indiferente. Seguimos necesitando amigos, familia, afectos, reconocimiento. Seguimos pudiendo sufrir cuando alguien nos rechaza. La diferencia está en que todo eso deja de ser el fundamento último de nuestra vida.

Dios no necesita que farmeemos aura. No tenemos que demostrarle nada para que nos quiera. No nos quiere más cuando ganamos ni menos cuando perdemos. Él te transfiere toda el aura y te pasas el juego.

Hay algo mejor que sentirse querido: saberse querido.

Sentirse querido depende muchas veces de lo que percibimos. Saberse querido es algo mucho más profundo, aunque no sea un sentimiento. Es una certeza.

Un amigo puede decirte ante un fracaso: «Tú vales más que tus errores». Y necesitamos amigos así. Pero aunque este o aquel no te valore, aunque no lo sientas, tienes a muchos que sí lo hacen.

Y si no tienes a nadie, o al menos eso parece, siempre tienes a Jesús.

Nunca estamos solos en la vida.

Y quizá esta sea la verdadera madurez: llegar a un punto en el que ya no necesitamos que el mundo nos esté dando constantemente una puntuación para saber cuánto valemos. Podemos disfrutar del reconocimiento sin depender de él. Podemos alegrarnos cuando ganamos aura y reírnos cuando la perdemos. Incluso podemos hacer el idiota de vez en cuando. Pero sabemos que nuestra dignidad no sube ni baja con los aplausos.

Y ahí es cuando ya no importa demasiado farmear aura o perderla toda. Es divertido, incluso. Todos necesitamos en algún momento sentirnos reconocidos. Pero la madurez va un paso más allá: dejar de depender de los demás para saber cuánto valemos.

Porque llegará un momento en que se acabe el aura.

Y entonces será importante saber que nuestra vida nunca ha dependido de ella.

La Redacción pregunta

Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.

¿Crees que la forma en que los adolescentes buscan aura en redes y eventos es realmente diferente a cómo los adultos perseguimos el reconocimiento en nuestras vidas?

¿Qué pasaría si perdieras de repente todo aquello que te hace sentir valorado: tu trabajo, tu círculo social o tu estatus?

Tu opinión es importante. Comparte tu punto de vista con respeto.

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