Me escribe quien firma como “Sergio Gámez” para “agradecer” a los obispos el acuerdo recién firmado con el Gobierno sobre reparación a víctimas de abusos. Agradecer. Porque cuando un sistema se diseña con grietas, el oportunista no se esconde: se presenta, sonríe y aplaude.
Hay reuniones que, aun celebrándose a puerta cerrada, hacen más ruido del que parece. El consistorio que estos días reúne en Roma al Papa León XIV con los cardenales es una de ellas. No por comunicados oficiales —que siempre llegan limpios, prudentes y algo deshidratados—, sino por lo que se filtra en voz baja: la preocupación por la liturgia y, más en concreto, por la herida abierta en torno a la misa tradicional tras los intentos de arrinconarla durante el pontificado anterior.
La Puerta del Sol iluminada, un concierto, jóvenes cantando y, de pronto, la vieja tentación de explicar lo religioso como si fuese una conspiración política. En “Hakuna o el regreso del cristofascismo”, publicado en Religión Digital y firmado por Rafael Narbona el 29 de diciembre de 2025, el autor convierte el concierto de Hakuna en prueba de una supuesta alianza entre religión y poder, encuadra al movimiento en el “integrismo católico”, lo arrastra a categorías ideológicas de fuerte carga histórica, sugiere vínculos de origen con el Opus Dei, lo contrapone a planteamientos sociales atribuidos al pontificado de Francisco y remata con el veredicto: “cristofascismo”.
El arzobispo de Tarragona, Joan Planellas, ha reclamado que la Iglesia “asuma plenamente el marco democrático” y ha insistido en que “debe aceptar y ver que estamos en un país democrático”, evitando a la vez cualquier deriva de “política partidista”. El planteamiento pretende fijar un criterio de prudencia institucional. Sin embargo, la credibilidad de ese mensaje se resiente cuando se acompaña de una enmienda pública al presidente de la Conferencia Episcopal Española.
Cuando se quiere alterar el orden de la realidad, el primer objetivo no suelen ser las leyes ni las costumbres, sino algo más elemental y eficaz: el lenguaje. Las palabras empiezan a desplazarse, a significar otra cosa, a perder precisión. No es un fenómeno espontáneo ni ingenuo. Es una operación calculada. Si se logra que los términos ya no nombren la realidad, la discusión queda desactivada antes incluso de comenzar.
Quién lo diría: un arzobispo menciona la Constitución —¡sí, la intocable, la sacrosanta, la que ellos mismos manosean cuando les conviene!— y el Gobierno entra en modo niño con rabieta. Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española, osa decir en voz alta lo que murmura medio país entre cafés y rosarios: que esto está bloqueado, que esto no tira, y que a lo mejor, solo a lo mejor, habría que considerar las salidas legales que contempla la Constitución: elecciones, moción de censura, cuestión de confianza. ¡Herejía democrática!
El Premio Lolo de periodismo joven se presenta como un reconocimiento a profesionales comprometidos con los valores cristianos, inspirados en la figura del beato Manuel Lozano Garrido. Lolo fue un comunicador que escribió desde el dolor, pero nunca desde la ambigüedad; desde la fe, pero no desde el acomodo. Por eso resulta legítimo preguntarse qué queda hoy de ese espíritu cuando el galardón se concede a perfiles cuya producción periodística no solo no clarifica la doctrina de la Iglesia, sino que contribuye activamente a diluirla.
Hay lanzamientos políticos que una contempla con la misma mezcla de fastidio y déjà vu que provoca ver a alguien empeñado en encajar dos piezas que jamás fueron hechas para juntarse. La nueva plataforma de Jóvenes Cristianos Socialistas-PSOE es exactamente eso: otro intento, tan torpe como pretencioso, de disfrazar de armonía lo que en esencia es una contradicción flagrante. Y lo irritante no es que pretendan mezclar cristianismo y socialismo moderno —allá cada cual con sus alquimias— sino que pretendan hacerme creer que semejante mezcla es natural, lógica y hasta “esperanzadora” para los jóvenes. A mí, que todavía mantengo dos dedos de frente y un mínimo de memoria.
A veces una piensa que ya lo ha visto todo en este país nuestro, tan dado a los sobresaltos legales y a las invenciones morales. Y de pronto llega Vitoria-Gasteiz, un juzgado, veinte y tantas personas con rosarios en el bolsillo y un fiscal convencido de que ha descubierto una nueva modalidad de delincuencia silenciosa. No es exageración: han sentado en el banquillo a ciudadanos cuyo gran atrevimiento consistió en rezar a la puerta de una clínica. Rezar. Ni empujar, ni increpar, ni levantar pancartas apocalípticas. Rezar en voz baja —alguno, incluso, con ese pudor antiguo que ya casi no se usa— y sostener un cartel que decía: “No estás sola, estamos aquí para ayudarte”. Qué violencia tan insoportable.
No deja de tener su gracia —negra, eso sí— que El País, diario tótem del progresismo laicista y adalid del relativismo moral, se nos haya puesto de pronto sotana y bonete para dar lecciones de rectitud a la Iglesia católica. Un medio que lleva décadas promoviendo todo tipo de descomposición cultural y moral —cuando no directamente justificando los abusos desde el discurso de la “liberación sexual”— ahora se nos presenta como defensor de las buenas costumbres. Curioso, ¿no?
La Iglesia parece haber encontrado su nuevo equilibrio doctrinal: corregir a la Virgen María y bendecir a Sodoma. Mientras desde Roma se recomienda retirar títulos marianos como “Corredentora”, “Medianera” o “Abogada” por considerarlos “confusos” o teológicamente “inapropiados”, un obispo en activo y con cargo de responsabilidad puede proclamar sin sonrojo que es “simplemente erróneo” negar a las parejas homosexuales el derecho a mantener relaciones sexuales, y nadie mueve un dedo.
Ayer me escribió un WhatsApp mi amiga Conchi, indignada. Había ido a misa a la Virgen del Camino, en León, y allí descubrió al nuevo modelo de sacerdote sinodal e inclusivo. “El Señor esté con vosotros y vosotras”, proclamó el fraile desde el altar, muy convencido de su aportación pastoral. Conchi, que no suele perder la compostura, me escribió en cuanto salió: “Faltó el vosotres, Aurora. Lo tenía en la punta de la lengua.”
Jóvenes que cambian el espectáculo por el sagrario, y curas que visten clergyman sin complejos.
Durante un acto académico en la Universidad Lateranense de Roma, el periodista venezolano Edgar Beltrán fue agredido por Ricardo Cisneros Rendiles, empresario vinculado al régimen chavista. Según cuenta Iglesia Noticias, el hecho ocurrió cuando Beltrán preguntó al arzobispo Edgar Peña Parra sobre la participación del oficialismo venezolano en los actos por la canonización de siete nuevos santos, entre ellos San José Gregorio Hernández. Cisneros le arrebató el móvil, lo lanzó contra un escritorio y lo sujetó por la camisa, todo delante del prelado, que no reaccionó. Hasta ahí, el bochorno. Pero el absurdo alcanza el sacrilegio cuando uno descubre que el agresor fue, horas después, el encargado de proclamar la primera lectura en la misa de acción de gracias presidida por el cardenal Pietro Parolín.
Hay fenómenos que sólo el periodismo moderno puede producir. Por ejemplo, que cuando un gran diario o una televisión decide hablar de la Iglesia Católica, su “experto en religión” sea —inevitablemente— alguien que no acepta buena parte de lo que la Iglesia enseña. Es como si para analizar la medicina llamaran a un homeópata: entretenido, quizá, pero no precisamente fiable.
Justo Gallego levantó su catedral en Mejorada del Campo chapa a chapa, con bidones oxidados, vigas dobladas y ladrillos de desecho. No era arquitecto ni albañil de renombre, pero tenía algo más raro: fe. Sesenta años de fe convertidos en paredes, bóvedas y torres. Era un templo sin consagrar, sí, pero un templo al fin y al cabo. Cada metro cuadrado clamaba por la gloria de Dios y la Virgen. Y cuando ya no pudo más, Justo dejó su obra en herencia a Mensajeros de la Paz. No para que hicieran lo que les diera la gana, sino para que custodiaran lo que él había construido como ofrenda.
Abortos, copríncipes y sotanas diplomáticas: la traición de Andorra que el Vaticano bendice en silencio.
Un día escribí en InfoVaticana.com lo que me daba la gana. Sin pedir permiso ni rezar novenas a ningún editor iluminado. Hasta que al señor Jaime Gabriel Gurpegui, editor de entonces y de ahora, le dio un ataque de misticismo barato: decidió que era poco menos que el Espíritu Santo con derecho a “inspirar” cónclaves. Sí, como lo oyen: de repente se creyó cardenal con birrete rojo y voto decisivo. Spoiler: no coló. Entonces me marché.
El nuevo obispo de Málaga, José Antonio Satué, ha iniciado su ministerio con unas declaraciones que no han pasado desapercibidas. Al referirse a las bendiciones a parejas homosexuales, aseguró que son “una puerta abierta” y que, con el tiempo, “se darán otros pasos”. Una frase breve, pero de gran carga teológica y pastoral, que plantea más dudas que certezas.
Hoy 15 de septiembre, la Cadena SER ha publicado una pieza de esas que se escriben con el ceño fruncido y la sonrisa torcida, titulada “El oscuro pasado de Piero Pioppo, nuevo nuncio apostólico en España”. El titular es un clásico del género: no hace falta demostrar nada si consigues que el lector entre con la sospecha ya activada. Basta con la palabra “oscuro” para teñir todo lo que venga después. Oscuro es todo lo que el redactor no puede explicar, pero quiere que suene mal.
Entre vírgenes itinerantes, auditorías invisibles y cartas del Papa con aroma a novela, Monseñor Pérez Pueyo pierde la partida antes de repartir las cartas.
No es una curación inexplicable, ni una bilocación, ni una levitación documentada por testigos fidedignos. No. El milagro más grande ocurrido últimamente en Torreciudad es que el obispo de Barbastro, monseñor Ángel Pérez Pueyo, ha dejado caer –como quien no quiere la cosa, pero con toda la carga dramática del caso– que podría dimitir. Y aunque no está canonizado el sarcasmo como virtud teologal, la noticia bien merece una novena de acción de gracias.
Íñigo Domínguez ha vuelto a escribir desde Roma en su elpais.com, y como era de esperar, lo ha hecho sin moverse ni un centímetro de su zona de confort: el Opus Dei como malo de la película, los obispos conservadores como cruzados despistados, y el Vaticano como telón de fondo para intrigas que él ni ve ni entiende, pero igual relata. Esta vez le ha tocado reciclar hoy el conflicto por Torreciudad, el santuario aragonés construido por la Obra, cuya gestión lleva años en disputa con la diócesis de Barbastro-Monzón. ¿La novedad? Ninguna. Pero había que justificar el artículo.
El 24 de agosto de 2025, el cardenal Anders Arborelius, obispo de Estocolmo, participó sonriente y perfectamente integrado en una "misa ecuménica" celebrada en la catedral de Uppsala, Suecia, junto a ministros protestantes, ortodoxos, metodistas y demás representantes de una cristiandad fracturada, relativista y profundamente alejada de la fe católica. El acto, conmemorativo del centenario de la conferencia “Vida y Obra” de 1925, fue presentado como un gesto de reconciliación, unidad y oración por la paz.
Una feligresa me escribe con una mezcla de perplejidad y escándalo. Ha descubierto en Instagram la cuenta de su párroco —Ángel Amigo, en el madrileño pueblo de Colmenarejo— y no sabe si ha topado con un influencer del fitness, un modelo de catálogo deportivo, o un misionero del Reino de Dios. Intrigada por la estética cuidada, las instantáneas en blanco y negro, las poses atléticas y los disfraces heroico-populares, se pregunta: ¿esto es evangelización o autoafirmación? ¿Pastoral o postureo?
