El Padre Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia, ofreció una meditación sobre el Adviento y la Parusía del Señor, subrayando la necesidad de la gracia divina para la conversión del corazón.
El 5 de diciembre, en el Aula Pablo VI, tuvo lugar la primera de las tres meditaciones preparatorias para la Navidad, bajo el título “La Parusía del Señor. Una espera sin vacilaciones”. En presencia del Papa León XIV, el predicador de la Casa Pontificia, Padre Roberto Pasolini, señaló que reconocer la falta de paz o la prevalencia de la eficiencia en nuestra vida no basta para convertir el corazón; es imprescindible la gracia de Dios que libera del pecado y de la muerte.
El Adviento se presentó como una oportunidad para ser "peregrinos hacia una patria", un camino marcado por la esperanza y con la salvación como horizonte. La meditación se centró en la Parusía del Señor, introduciendo un tiempo singular: el cierre del Jubileo de la esperanza. En este tiempo litúrgico, la Iglesia reaviva su esperanza contemplando no solo la primera venida de Cristo, sino también su retorno al final de los tiempos.
El predicador explicó que el término "Parusía", empleado por el evangelista Mateo con un doble sentido —“presencia” y “venida”—, invita a comparar esta espera con los días de Noé antes del diluvio universal. En este contexto, la Iglesia está llamada a ser sacramento de salvación en un cambio de época. Sin embargo, en muchas regiones persiste un espejismo de paz mientras las injusticias y heridas permanecen sin sanar.
El Padre Pasolini recordó que para encontrar el rostro de Dios que acompaña a "su creación herida" es necesario acudir al relato bíblico del diluvio universal. El mal no se supera únicamente con cambios superficiales; más bien, requiere una verdadera salvación. Es preciso borrar el mal para que la vida pueda florecer en su verdad y belleza. En nuestra cultura actual, cancelar no significa solo destruir sino abrirse a Dios desde nuestra propia fragilidad y permitirle sanar.
Por último, el predicador destacó que este tiempo de espera debe servir para sembrar el bien mientras aguardamos la venida de Jesucristo. Advirtió contra dos grandes tentaciones: olvidar nuestra necesidad de salvación y buscar consensos limitándose a cuidar las apariencias externas. Es necesario recuperar tanto la alegría como el esfuerzo por seguir a Cristo sin domesticar su palabra. Solo como "centinelas en las fronteras del mundo" podremos esperar con fidelidad su retorno.
