
Hace unos días, el obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez Pueyo, ha vuelto a criticar al Opus Dei por la gestión del santuario de Torreciudad, tras un proceso canónico que no ha ido según sus expectativas
Cuando uno pierde una batalla jurídica, puede aceptar el resultado… o empezar a patalear.
Lo de Torreciudad empieza a parecer eso segundo. El obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez Pueyo, habla ahora de “usurpación” y vuelve a invocar al difunto Papa Francisco como si su memoria pudiera utilizarse como argumento definitivo. Pero la Iglesia no funciona a base de eslóganes ni de nostalgias interesadas. Funciona con Derecho. Y con comunión. Y el Derecho Canónico ha puesto un comisario pontificio para estudiar el caso. Punto.
Si el veredicto no coincide con las expectativas de la diócesis, lo católico no es subir el volumen. Lo católico es obedecer. Amenazar con dimisiones o dramatizar el conflicto no fortalece la autoridad, precisamente es lo contrario, la debilita. El santuario merece respeto, no maniobras de poder ni protagonismos. EL intento de apropiarse de la gestión del mismo, convierte este episodio en una gestión ambiciosa que eclipsa la fe del pueblo. Un obispo es quien debe guiar espiritualmente, no convertirse en un actor de un drama que no le pertenece. Torreciudad no es un botín que conquistar. No es una caja fuerte que disputarse. Es un santuario levantado por fieles, sostenido por fieles y lleno de fieles. Aquí no está en juego el poder del Opus Dei, una institución poderosa a la que hay que castigar... ni el orgullo de una diócesis. Está en juego algo mucho más sencillo: la credibilidad. Resulta que cuando las luchas internas parecen más importantes que la devoción a la Virgen, algo se ha desenfocado. Y en la Iglesia, perder el enfoque es siempre más grave que perder una batalla. Quien confunda devoción con botín, ha perdido antes de empezar.
