
La tradición no es un museo. Y la ortodoxia no es un refugio para la desobediencia. La Fraternidad de San Pío X vuelve a asomarse al abismo de siempre: la tentación de preservar la forma sacrificando el fundamento. Hablan de tradición, de fidelidad, de urgencia pastoral.
Pero cuando se plantea la posibilidad de nombrar obispos al margen de Roma, el problema deja de ser litúrgico y pasa a ser eclesial. La Iglesia no se sostiene solo por el rito, sino por la comunión. Y esa comunión tiene un nombre concreto: el Papa.
Se puede amar la misa tradicional. yo lo hago. Se puede defender el latín, el silencio, la solemnidad, el respeto y la continuidad con siglos de fe vivida. Yo lo hago. Todo eso es legítimo, valioso y profundamente católico. Pero nada de eso subsiste si se rompe el vínculo con Pedro. Fuera de la comunión con Roma, la tradición deja de ser la herencia viva que hemos recibido de la sucesión apostólica y se convierte en gestos vacíos.
Joseph Ratzinger lo expresó con claridad cuando era cardenal prefecto de la Doctrina de la Fe hablando del fundador de la Fraternidad de San Pio X: ¿Pero no se dan cuenta de que sin el Papa no son nada? No hay garantía de fe, no hay unidad, no hay catolicidad. Hay fragmentos, nostalgias y proyectos personales, pero no Iglesia.
La autoridad del Papa no es un añadido opcional para tiempos de calma. Es constitutiva y necesaria. Precisamente en los momentos de tensión, de confusión o de desacuerdo, es cuando se pone a prueba la verdadera ortodoxia. No en el apego a una forma, sino en la obediencia que preserva la unidad.
La misa tradicional no pierde valor por estar en comunión con Roma. Al contrario: solo así lo conserva. Todo lo demás es estéril, por muy solemne que suene el latín o por muy impecable que sea el rito.
La tradición auténtica no camina sola. Camina con la Iglesia. Y a su vez la Iglesia, señores míos, camina con el Papa... o no camina.
