Esta mañana, en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre León XIV se reunió con numerosos peregrinos y fieles llegados de diversas partes de Italia y del mundo para celebrar la Audiencia General.
Durante su intervención, el Papa retomó el ciclo de catequesis dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II, centrando su reflexión en la Constitución dogmática Lumen gentium, que aborda la naturaleza visible y espiritual de la Iglesia. La lectura bíblica que acompañó su discurso fue Efesios 4,15-16.
El Santo Padre explicó que la Iglesia es una realidad compleja, entendida no como algo complicado, sino como la integración ordenada de diversas dimensiones en una sola entidad. En este sentido, la Iglesia combina sin confusión ni separación lo humano y lo divino.
Desde la perspectiva humana, la Iglesia se manifiesta como una comunidad de hombres y mujeres con virtudes y defectos, que comparten la misión de anunciar el Evangelio y ser testigos de la presencia de Cristo en el mundo. Sin embargo, esta dimensión no basta para definir su esencia, pues también posee una naturaleza divina, fruto del amor de Dios realizado en Cristo.
Así, la Iglesia es simultáneamente un cuerpo místico y una comunidad visible, un pueblo peregrino que camina hacia la eternidad. Esta dualidad se refleja en la convivencia armoniosa entre lo humano y lo divino, acogiendo al hombre pecador y guiándolo hacia Dios.
Para ilustrar esta realidad, el Papa recordó la vida de Jesús, cuya humanidad era palpable para quienes le seguían, pero que a la vez revelaba la presencia de Dios invisible. De igual modo, la Iglesia se muestra en sus miembros concretos, imperfectos pero portadores de la acción salvadora de Cristo.
El Santo Padre citó a Benedicto XVI, quien afirmó que no existe oposición entre el Evangelio y la institución eclesial, sino que las estructuras de la Iglesia son necesarias para hacer presente el Evangelio en el mundo actual. No hay una Iglesia ideal separada de la historia, sino la única Iglesia de Cristo encarnada en ella.
La santidad de la Iglesia reside en que Cristo habita en ella y se entrega a través de la fragilidad de sus fieles. Este misterio revela el modo en que Dios se hace visible en la debilidad humana. En este contexto, el Papa Francisco exhorta a respetar la dignidad del otro para seguir construyendo no solo la estructura visible de la Iglesia, sino también su cuerpo espiritual mediante la comunión y la caridad.
La caridad, según San Agustín, es la fuerza que todo lo vence y atrae hacia sí toda realidad, siendo el motor que mantiene viva la presencia del Resucitado en la comunidad cristiana.
Al concluir, el Santo Padre saludó especialmente a los peregrinos de habla española, invitándolos a vivir la Cuaresma con oración, ayuno y caridad para fortalecer la construcción de la Iglesia en la vida cotidiana. Finalizó con la bendición apostólica y el rezo del Pater Noster.
