El arzobispo de Santiago llama a la diócesis a vivir el primer centenario del DOMUND como renovación de la vocación misionera común.
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Francisco José Prieto Fernández, arzobispo de Santiago de Compostela, ha emitido una carta pastoral titulada «Unidos en Cristo, llamados y enviados» en el marco del primer centenario de la Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND), que se conmemora el próximo domingo 18 de octubre. El mensaje se dirige a toda la comunidad diocesana compostelana para reflexionar sobre la importancia de la misión en la vida de los creyentes y la responsabilidad colectiva de los bautizados.
El arzobispo abre su reflexión con gratitud histórica. La celebración del DOMUND alcanza este año su primer centenario. Desde que el Papa Pío XI instituyera en 1926 la Jornada Mundial de las Misiones, «muchas generaciones de cristianos han sostenido, con su vida, oración y generosidad, el anuncio del Evangelio» hasta los confines de la tierra.
Prieto Fernández destaca especialmente a quienes, «nacidos o vinculados a nuestra diócesis de Santiago de Compostela, se han entregado al servicio de otros pueblos y comunidades». Esta mención vincula la diócesis compostelana con una tradición misionera específica, reconociendo que no solo ha recibido el anuncio del Evangelio sino que ha sido generadora de misioneros hacia otras tierras.
La invocación al siglo de historia no es arqueológica. Sirve para legitimar la continuidad: si durante cien años la Iglesia ha mantenido este compromiso, la generación actual hereda tanto la responsabilidad como la gracia acumulada de ese camino.
El arzobispo explica el lema elegido para este año: «Uno en Cristo, unidos en la misión». Con esta formulación, «nos recuerda que la misión comienza en la unión con el Señor». No es una unión genérica, sino fundamentada en Cristo como centro.
Prieto Fernández cita la invitación del Papa León XIV en su mensaje para esta Jornada. El Pontífice exhorta a la necesidad de «corazones unificados en Cristo y comunidades reconciliadas». Esta doble exigencia sitúa la misión en dos planos: el interior (unidad de corazones) y el comunitario (reconciliación entre comunidades).
La propuesta tiene profunda implicación contextual. «En un mundo herido por enfrentamientos y divisiones», según afirma el arzobispo, «una Iglesia fraterna, capaz de caminar unida y acoger la diversidad como un don», se transforma en anuncio del Evangelio por su sola existencia. No anuncia la paz solo con palabras, sino con su estructura fraternal.
Prieto Fernández rechaza la reducción de la misión a un grupo de especialistas. Afirma categóricamente: «la misión no es tarea reservada a unos pocos». Fundamenta esta universalidad en un principio radical: «ningún bautizado puede considerarse ajeno a ella».
Esta democratización de la responsabilidad misionera es fundamental. No es que los laicos tengan derecho a participar en lo que los misioneros hacen, sino que cada bautizado es por definición misionero. La vocación misionera es inherente al bautismo.
Desplegando esta idea, el arzobispo señala que «cada parroquia, comunidad, familia y realidad eclesial está llamada a renovar el ardor de su vocación misionera». La responsabilidad es estructurada en múltiples niveles: no solo individuos, sino células de la Iglesia.
¿Cómo se expresa esta vocación universal? Prieto Fernández enumera las formas concretas. «Todos podemos anunciar a Cristo mediante el testimonio cotidiano», primera modalidad: la vida ordinaria, vivida con coherencia, es evangelio. «La cercanía a quienes sufren», segunda: la caridad física. «La oración perseverante», tercera: la intercesión. «La colaboración generosa con quienes llevan el Evangelio a lugares especialmente afectados por la pobreza, violencia o falta de esperanza», cuarta: el apoyo a quienes están en primera línea.
Con esta enumeración, el arzobispo teje un tapiz donde cada acto cristiano, desde lo más íntimo (oración) hasta lo más visible (caridad), es constitutivo de la misión. No hay acción cristiana que no sea misionera.
Prieto Fernández invita explícitamente a «vivir esta Jornada del DOMUND con un corazón agradecido al Señor por nuestros misioneros y misioneras». La gratitud es previa a la acción económica, pues sitúa la donación en el terreno del don, no de la obligación.
Luego viene la petición de «nuevas vocaciones misioneras», que expande la visión más allá del presente hacia el futuro. La Iglesia no solo sostiene a sus misioneros actuales, sino que reza por quiénes serán los próximos.
Respecto a la aportación económica, el arzobispo es claro sobre su valor y su humildad. Afirma que «nuestra aportación económica, por humilde y pequeña que sea», no es insignificante. Su relevancia no está en la magnitud sino en lo que representa: «contribuye a sostener la misión universal de la Iglesia».
Pero hay más. La donación «expresa nuestra comunión fraterna tanto con quienes anuncian el Evangelio, como con las comunidades y personas a las que sirven». El dinero deviene así un lenguaje de comunión, haciendo «cercano, visible y concreto para todos el amor de Dios».
La carta concluye con una dimensión contemplativa. Prieto Fernández pide que «María, Reina de las Misiones, y el Apóstol Santiago, discípulo del Señor», ayuden a la diócesis a «permanecer unidos en Cristo y caminar juntos, con alegría y esperanza, al servicio del Evangelio».
La mención de la Reina de las Misiones conecta a María con la misión universal, mientras que la invocación del Apóstol Santiago vincula el camino misionero con la identidad particular de la diócesis compostelana, cuya tumba es destino de peregrinación mundial. La protección de ambos sitúa la tarea misionera bajo patronazgo compartido: universalidad y particularidad en tensión fecunda.
El cierre con «alegría y esperanza» reafirma que la responsabilidad misionera no es carga opresiva sino vocación gozosa, enraizada en la confianza de que el Evangelio que se anuncia es buena noticia verdadera.
Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.
¿Crees que la responsabilidad misionera debe ser realmente de todos los bautizados o consideras que hay un rol especial para quienes se dedican profesionalmente a ello?
¿Te parece que las formas concretas de testimonio misionero que propone el arzobispo son accesibles para cualquier persona en su vida cotidiana?
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