El Papa se reunió con los obispos de España en la sede de la Conferencia Episcopal y les animó a cuidar la comunión, renovar la pastoral vocacional y responder con verdad, justicia y reparación a las heridas provocadas por los abusos.
El Papa León XIV se ha reunido este lunes con los obispos de España en la sede de la Conferencia Episcopal Española, en uno de los encuentros más significativos de su viaje apostólico. Tras su discurso ante las principales instituciones del Estado en el Congreso de los Diputados, el Santo Padre quiso compartir con el episcopado español una reflexión profundamente pastoral sobre la misión de la Iglesia en el momento actual.
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El Pontífice agradeció las palabras de Mons. Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal, y situó el encuentro en el marco del camino sinodal emprendido por la Iglesia. Para León XIV, este proceso no es solo una metodología, sino “un proceso de escucha en profundidad” que permite reconocer “la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial”.
El Papa tomó como punto de partida los congresos celebrados por la Iglesia en España en los últimos años, especialmente Pueblo de Dios en salida y ¿Para quién soy? Asamblea de llamados para la misión. Según señaló, ambos han puesto sobre la mesa preguntas decisivas para el presente: cómo afrontar los retos actuales y quiénes están llamados a acoger ese desafío.
A partir de ahí, León XIV propuso a los obispos la imagen de un viaje. Un camino en el que el destino es Dios, “hacia quien alzamos nuestra mirada”, y en el que no se avanza de verdad si el corazón permanece atado a lo que impide caminar.
El Papa alertó contra la tentación de obsesionarse con lo que se deja atrás: lugares, formas, estructuras o seguridades. Por eso pidió libertad y valentía para abandonar lo que ya no ayuda a la misión.
“En la mochila debe cargarse sólo lo esencial”, recordó el Pontífice, insistiendo en que la conservación de estructuras no puede imponerse al verdadero bien de la evangelización.
En este sentido, León XIV animó a los obispos a valorar el inmenso patrimonio cristiano de España, pero no como una reliquia estática, sino como una riqueza llamada a dar frutos nuevos. El Papa destacó la belleza de la tradición cristiana española, su capacidad de convocatoria y los vínculos de pertenencia que han tejido la identidad espiritual de muchos rincones del país.
Sin embargo, advirtió de que ese patrimonio debe ponerse al servicio de la misión. “Si antes hemos dicho que debemos abandonar todo lo que nos frena y aleja, ahora la consigna debe ser que nuestro patrimonio sea siempre instrumento y oportunidad de diálogo con aquellos que encontramos en nuestro camino”, afirmó.
León XIV también se detuvo en la realidad de los migrantes y en el desafío de evangelizar en una sociedad plural. Recordó que, como sucede a los peregrinos, muchas personas recorren caminos marcados por el desarraigo, la soledad o la búsqueda de un lugar donde vivir con dignidad. Ante ello, pidió una Iglesia capaz de escuchar, comprender, dialogar y acompañar.
El Papa señaló que los nuevos contextos culturales y sociales exigen aprender “el lenguaje del otro” y construir procesos donde pueda sembrarse la semilla del Reino. Para ello, pidió una Iglesia que no se encierre, sino que sea capaz de crear realidades nuevas desde la fe.
Uno de los pasajes centrales del discurso estuvo dedicado a la unidad. León XIV reconoció que la Iglesia camina en un tiempo de polarizaciones y contraposiciones, pero subrayó que precisamente por eso está llamada a ofrecer “un testimonio de unidad en la pluralidad”.
El Pontífice pidió a los obispos una comunión capaz de acoger “la riqueza de los dones, de los carismas, de las sensibilidades que el Espíritu Santo suscita en el Pueblo de Dios”. Para el Papa, la imagen de Cristo debe reconocerse en el mosaico vivo de la Iglesia, donde muchas piezas distintas, sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del Señor.
En ese camino, el ministerio del obispo adquiere una responsabilidad particular. León XIV recordó que el obispo está llamado a ser principio visible de comunión: con Cristo, con la Iglesia universal, con el Sucesor de Pedro, con el presbiterio, con la vida consagrada, los movimientos, las asociaciones y todos los carismas presentes en la comunidad eclesial.
El Papa dedicó también una parte importante de su intervención a la pastoral vocacional. Advirtió de que no puede reducirse a una simple búsqueda de números, sino que nace de comunidades vivas, sacerdotes felices y familias capaces de testimoniar la belleza de la fidelidad.
En este punto, retomó la pregunta “¿Para quién soy?”, señalando que el corazón humano no se colma acumulando experiencias, posibilidades o seguridades provisionales, sino cuando descubre una llamada y comprende que la vida alcanza su plenitud cuando es donada.
León XIV habló igualmente de los seminarios y de la formación sacerdotal. Recordó que los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible y que la Iglesia tiene derecho a sacerdotes bien formados. Por ello pidió casas de formación con auténtica vida comunitaria, formadores dedicados, experiencia real de acompañamiento espiritual y centros teológicos adecuados.
El Papa no evitó tampoco una de las heridas más dolorosas de la Iglesia: los abusos. En un pasaje especialmente significativo, recordó que dentro del camino eclesial habrá personas que viven “momentos de oscuridad” y que no reclaman que la Iglesia se haga para ellos samaritana.
Entre esas heridas, citó expresamente a quienes han sido dañados por miembros del clero. Ante esta “plaga”, afirmó que la comunidad eclesial está llamada a responder con “escucha, verdad, justicia, reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado”.
Cada persona herida, añadió, debe poder encontrar “escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación”.
En la parte final, León XIV dirigió la mirada a la Virgen María, recordando que san Juan Pablo II quiso llamar a España “Tierra de María”. La presentó como compañera de camino de los obispos y como modelo de quien acoge la Palabra, la custodia y acompaña a los discípulos en el camino de la Iglesia.
También evocó a san Juan de Ávila, patrono del clero español, en el año en que se recuerda el quinto centenario de su ordenación sacerdotal. El Papa lo definió como modelo de vida espiritual honda, sabiduría, renovación sacerdotal y celo apostólico.
Mirando a san Juan de Ávila, León XIV pidió a los obispos que ayuden a formar presbíteros “enamorados de Cristo, radicados en la oración, fieles a la Iglesia, cercanos al pueblo y capaces de unir doctrina sólida, celo apostólico y caridad pastoral”.
El Papa concluyó su saludo con una oración inspirada en el santo doctor, pidiendo al Señor un corazón capaz de alzar la mirada, ponerse en camino, escuchar, discernir, servir, corregir con caridad, atender con paciencia y anunciar con alegría.
Fue un discurso de tono sereno, pero de fondo exigente. León XIV pidió a los obispos españoles una Iglesia menos aferrada a estructuras, más centrada en la misión, más unida en la diversidad, más atenta a las heridas y más capaz de anunciar a Cristo en una sociedad secularizada.
