León XIV ya no gusta a Trump, ni falta que hace

León XIV ya no gusta a Trump, ni falta que hace

Miguel P. Herrador

Columnista de Opinión Religiosa

La reciente tensión verbal entre Donald Trump y León XIV ha vuelto a poner sobre la mesa una confusión recurrente: la tentación de leer el Evangelio con las gafas de la política interna de Estados Unidos.

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Aquí empieza el error.

El Papa no es un actor político. No lo ha sido nunca en sentido estricto, aunque su voz tenga inevitable resonancia pública. Su misión no consiste en calibrar equilibrios partidistas ni en modular discursos según encuestas. Su tarea es otra, más incómoda pero más universal: custodiar el Evangelio incluso cuando no encaja con nadie.

Amor al prójimo, acogida del migrante, defensa de la dignidad humana. Eso no es un programa electoral. Es el núcleo del cristianismo. Resulta que haciendo eso, no está tomando partido; simplemente está recordando lo que la Iglesia cree que es verdad.

El problema surge cuando esa voz se escucha desde un solo país y se traduce automáticamente en clave de oposición interna, no sé si demócrata... Si un mensaje sobre inmigración o sobre la paz mundial se interpreta como una crítica al gobierno de turno, entonces no estamos ante un debate teológico, sino ante una reducción nacionalista del mensaje cristiano.

Y el mensaje de la Iglesia no es nacional, es católico, que significa universal.

León XIV, al menos en esta línea, no parece un Papa político. No entra en la lógica de bloques, ni en la dialéctica de campaña permanente. Habla desde otro sitio. Y precisamente por eso incomoda: porque no se deja domesticar por ninguna agenda, ni siquiera por la de su propio país de origen.

Si eso ofende a Donald Trump, el problema no es del Papa. El problema puede ser que el presidente escucha demasiado condicionado por su propio marco político. Pero no todo lo que suena a crítica es oposición. A veces es simplemente doctrina.

Y conviene recordarlo: el Papa no habla para Washington. Ni para Bruselas. Ni para ningún eje geopolítico. Habla para la Iglesia entera y, en último término, para el mundo.

Quizá el verdadero choque no sea entre dos hombres, sino entre dos lógicas: la del poder, que siempre divide, y la del Evangelio, que incomoda precisamente porque intenta unir sin preguntar a qué partido se pertenece.

En ese sentido, pedir al Papa que mida sus palabras como si fueran consignas diplomáticas no es respeto institucional. Es pedirle que deje de ser lo que es. Parece ser que gracias a Dios Estados Unidos tiene tambien vicepresidente y es menos visceral...

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Comentarios
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Pablo Garrido
Justo ahora
El problema no es el Papa, es la incapacidad de muchos de ver el Evangelio por encima de la política. La doctrina no se ajusta a conveniencias partidistas; cuando el mensaje de amor y dignidad incomoda, es un signo claro de que estamos desviados. La voz del Vaticano debe ser escuchada desde su esencia, no desde nuestros egos políticos.
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