¿Por qué la violencia escenificada daña al espectador?

¿Por qué la violencia escenificada daña al espectador?

Peter Kopa

Colaborador de Opinión

Aunque en este artículo no profundizamos en los aspectos luminosos del cine, sería injusto ignorar que se trata de un arte que aporta mucho más de lo que resta: entretiene, relaja, amplía el conocimiento del mundo en sus dimensiones geográficas, históricas y culturales. La gran pantalla ha sabido trasladar relatos del Antiguo y del Nuevo Testamento, así como innumerables películas con un indudable valor humano y moral.

Tradicionalmente, las críticas dirigidas a los medios audiovisuales se han centrado sobre todo en los excesos vinculados al sexto mandamiento. Sin embargo, la violencia injustificada y otros delitos graves han quedado con frecuencia en un segundo plano. Hoy resulta necesario generar una mayor conciencia sobre este problema, cuya influencia social es profunda y persistente.

Desde tiempos remotos, distintas civilizaciones han mostrado fascinación por el espectáculo violento. El Imperio Romano es un ejemplo paradigmático: en el Coliseo se celebraban combates a muerte entre gladiadores o contra animales salvajes, y no pocos cristianos padecieron allí el martirio. Pero ¿qué explica ese atractivo? Entre varias razones, la más honda es que el espectador no observa la escena de manera pasiva, sino que se introduce en ella, identificándose con el vencedor o el héroe que se impone.

Desde el punto de vista psicológico, la representación permite durante un lapso breve evadirse de la propia realidad, con sus límites e impotencias, para habitar un mundo puramente ficticio. En ese espacio, el espectador experimenta una sensación de poder y grandeza que desearía poseer en la vida real. En el fondo, aparece el anhelo de “ser como Dios”, aunque impulsado más por la soberbia —la exaltación del propio yo— que por una auténtica búsqueda del bien.

La violencia escenificada adquiere especial relevancia ética cuando quien consume el contenido visual se identifica con conductas moralmente reprobables: el odio, la venganza, la infidelidad, la criminalidad del protagonista. Para neutralizar la resistencia de la conciencia, la industria cinematográfica suele introducir primero una injusticia extrema, cargada de emoción, que sirve luego para legitimar una represalia desmedida ejecutada por mano propia.

En una persona adulta, con carácter formado y principios sólidos, la figura del héroe violento suele tener un impacto menor, ya que cuenta con filtros internos que le permiten discernir. El problema principal se da en niños y adolescentes, cuyas defensas interiores aún son frágiles. En ellos puede generarse una admiración por la violencia que termina expresándose en conductas agresivas: desde tiroteos en centros educativos hasta el bullying grupal contra el más débil, pasando por actitudes ásperas, desconfiadas y resentidas hacia el entorno.

Un ejemplo ilustrativo de este mecanismo se encuentra en la película The Fugitive (1993). En ella, el personaje interpretado por Harrison Ford ve a su esposa violada y asesinada, hecho que funciona como coartada emocional para justificar la muerte de múltiples sospechosos. Algo similar ocurre en los clásicos del western, en Rambo y en innumerables producciones donde la violencia se presenta como respuesta “comprensible” o incluso necesaria.
(Referencia temática: https://thinktanklatam.org/the-good-and-the-evil-i/)

Investigaciones científicas

Durante décadas, psicólogos, psiquiatras y expertos en comunicación han analizado los efectos de la violencia en el cine, la televisión y los videojuegos, especialmente en relación con la agresividad, la empatía y las conductas de riesgo. El consenso es claro: la exposición reiterada a contenidos violentos incrementa la agresión física y debe considerarse un factor de riesgo comparable a otros elementos psicosociales clásicos.

Entre las instituciones más citadas en este ámbito en Estados Unidos se encuentra la University of Michigan, donde L. Rowell Huesmann y su equipo han desarrollado investigaciones fundamentales sobre la violencia mediática. A ellas se suman organismos como la American Psychological Association (APA) y la Society for the Psychological Study of Social Issues (SPSSI).

También destacan los trabajos de psicólogos experimentales como Craig A. Anderson (Iowa State University), pionero en estudios longitudinales y transculturales que muestran cómo el consumo habitual de medios violentos se asocia con mayores niveles de agresión, pensamientos hostiles y una reducción de la empatía en jóvenes de distintos países.

Por su parte, Huesmann ha puesto el foco en los efectos a largo plazo de la violencia televisiva y cinematográfica en la infancia, demostrando que la exposición repetida predice comportamientos agresivos incluso décadas después. La glorificación de la violencia —especialmente cuando la ejercen personajes admirados— favorece el aprendizaje y la imitación de dichas conductas.

Las formas icónicas de la violencia

Aquí sólo se señalan algunas de las más representativas. En el cine del Far West, por ejemplo, se repite un esquema reconocible: el pueblo polvoriento, el saloon, el héroe que elimina a uno o varios adversarios, el enfrentamiento entre “buenos” y “malos”, o el duelo final en la calle principal.

Algo similar ocurre en las películas de gánsteres ambientadas en Chicago o Nueva York, con automóviles oscuros desde los que se ejecutan asesinatos a ráfagas de ametralladora contra la “familia” rival.

Las películas de zombis constituyen otro formato relevante, con una fuerte carga ideológica que tiende a deshumanizar al individuo y a la masa, frente a una élite supuestamente pura que controla el conjunto.

A estas se suman otros géneros: cine bélico, ciencia ficción, películas de catástrofes, entre muchos más.

En contraste, resultan especialmente valiosas producciones como La Pasión, The Chosen, El sonido de la libertad o El Señor de los Anillos. Estas obras presentan actitudes nobles que elevan al espectador. No es casual que hayan sido grandes éxitos de taquilla. El buen cine —que existe y abunda— brilla precisamente en este tipo de propuestas, donde la violencia aparece, cuando lo hace, como defensa justa, permitiendo una identificación moralmente positiva con el héroe.

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
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Verónica Marín
Justo ahora
La fascinación por la violencia escenificada tiene raíces históricas profundas, desde los espectáculos romanos hasta el cine contemporáneo. Este atractivo, especialmente en jóvenes con defensas emocionales aún en desarrollo, puede desatar conductas agresivas que afectan tanto su entorno como la sociedad en general. Es fundamental cuestionar y moderar el contenido violento que consumimos, ya que sus consecuencias son palpables y persistentes.
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