Papa León XIV ha designado a Padre Cyril Villareal, sacerdote de la Arquidiócesis de Capiz en Filipinas, como obispo de Kalibo.
Nacido en 1974 y ordenado sacerdote en 2001, el Padre Villareal ha desempeñado diversos cargos en los últimos años, incluyendo profesor de seminario entre 2012 y 2016, rector de catedral de 2016 a 2018, vicario general desde 2016 hasta 2021, administrador diocesano entre 2021 y 2023, y párroco desde 2023.
En su tesis de 2011 para obtener el grado de magister theologiae en la Universidad de Viena, el sacerdote abordó las dificultades que experimentaba al atender a parejas católicas que utilizaban métodos anticonceptivos. En la conclusión de su trabajo, se preguntaba: “¿No puede la Iglesia actualizar su enseñanza sobre la moral sexual a la luz de los grandes cambios que han afectado a nuestra sociedad?” (p. 115), y añadía: “No deseo ir contra esta Iglesia. Solo deseo que formule una enseñanza razonable para su pueblo” (pp. 115-16).
Dicha tesis de 2011 reúne dos documentos: la republicación de su tesis de licenciatura en la Universidad de Santo Tomás en Filipinas (2000) y una segunda parte nueva titulada “Perspectivas actuales sobre el matrimonio y la sexualidad”.
En su tesis de licenciatura, el Padre Villareal buscaba una nueva forma de expresar la doctrina católica sobre la moral sexual, proponiendo “una nueva mirada a la moral sexual a través del amor trinitario y no ya desde la perspectiva de la ley natural” (p. 3). Explicaba:
¿Se ha vuelto irrelevante la enseñanza de la Iglesia sobre la moral sexual para muchos? ¿Qué se podría hacer si la Iglesia realmente se encuentra en tal situación? ¿Debe cambiar sus enseñanzas? Definitivamente no. Aunque guste o no, la Iglesia está en lo correcto al enseñar que el sexo debe tener lugar dentro del matrimonio estable, ya que debe entenderse como un medio para profundizar el amor mutuo. Aunque la Iglesia no puede modificar su doctrina, sí es necesario cambiar la forma en que la expresa, adaptándola a la comprensión contemporánea (p. 11).
Sin embargo, en la segunda parte de su tesis de 2011, el sacerdote calificó de “difícil de aceptar” el contenido de la enseñanza católica sobre la anticoncepción. Tras analizar las críticas proporcionalistas a la doctrina católica, expuso sus propias opiniones en la conclusión (pp. 112-16).
Por un lado, señaló que el magisterio de la Iglesia impone su doctrina sobre la sexualidad, basándose en la ley natural como derivada de la ley divina, lo que implica que cada acto marital debe estar abierto a la procreación. “No tengo problema con que el acto sexual se realice siempre dentro del matrimonio, pues esta institución protege la dignidad de la sexualidad, las personas y los hijos que resultan del acto. Lo que resulta difícil es aceptar que cada acto marital deba estar abierto a la procreación, lo que otorga primacía a esta finalidad, a pesar de que el Concilio Vaticano II, en Gaudium et Spes, modificó esta jerarquía de los fines del matrimonio”, escribió.
Continuó explicando que, al aferrarse a estas enseñanzas, la Iglesia pone en riesgo la relación de los cónyuges. El acto sexual es fundamental para profundizar el vínculo de la pareja, que a menudo lo realiza con la intención de evitar un embarazo por razones financieras, sociales o médicas. El acto es una expresión de amor mutuo. La Iglesia sostiene que, en tal caso, se debería practicar durante la infertilidad de la mujer, pero esto resulta abstracto e ilógico, pues retrasa el momento de expresar afecto y necesidades. Preguntó si la Iglesia no estaría imponiendo a los matrimonios la misma continencia que exige a los clérigos, “¿no es esto clericalizar a los matrimonios, haciéndolos vivir como ministros ordenados? Pero ellos no están ordenados y su modo de vida es totalmente distinto al de los clérigos”.
Por otro lado, el sacerdote recogió la queja de los laicos sobre la dificultad de cumplir con lo que la Iglesia les impone. “Algunos llegan a acusar a la Iglesia de insensible y sorda a sus preocupaciones. He conocido a muchos en mi ministerio, la mayoría miembros activos de la Iglesia, quienes son los más afectados porque conocen la doctrina y sienten la presión que esta ejerce sobre ellos”.
Comentó que quienes no están tan vinculados a la Iglesia suelen comportarse sin culpa por desconocimiento, mientras que los miembros activos sufren una dicotomía: intentan ser buenos católicos pero no cumplen la ley eclesiástica sobre anticoncepción. Ante esta situación, preguntó quién tiene la culpa y atribuyó parte de ella a la Iglesia, que “desarrolla y tolera esta dualidad”.
El sacerdote planteó la cuestión fundamental: ¿por qué la Iglesia no puede modificar su enseñanza sobre la sexualidad?
Recordó que desde Santo Tomás de Aquino, que perfeccionó la comprensión de la ley natural aplicada a la moral sexual, han cambiado muchas circunstancias. En el pasado, la alta mortalidad infantil hacía lógico que la Iglesia declarase que cada acto sexual debía estar abierto a la procreación. Pero ahora vivimos en un mundo distinto, con alta supervivencia infantil y mujeres que trabajan por razones económicas, de realización personal y emancipación. Este cambio influye en el número de hijos que una mujer puede tener y criar.
Ante este contexto, reiteró la pregunta: ¿no puede la Iglesia actualizar su enseñanza sobre la moral sexual a la luz de los profundos cambios sociales?
Señaló que el magisterio ha abandonado en varias ocasiones posturas anteriores, aunque estos cambios se presentan como desarrollos doctrinales, es decir, formulaciones más claras y nuevas de la verdad. Por tanto, preguntó por qué no podría aplicar este proceso a la enseñanza sobre la sexualidad.
Anticipó la objeción tradicionalista que vincula la aceptación de la anticoncepción con la tolerancia al aborto, y aclaró que son cuestiones distintas: “El aborto es el asesinato de un inocente y estoy seguro de que nunca la Iglesia lo permitirá ni los teólogos lo defenderán”.
Finalmente, sugirió que el temor de la Iglesia a ceder ante el modernismo podría explicar su resistencia, pero afirmó que actualizar la enseñanza no implica abrazar el modernismo ni el hedonismo, sino adecuarla a las realidades y experiencias de los matrimonios.
El futuro obispo concluyó expresando su afecto por la Iglesia, motivo por el que se ordenó sacerdote, y reiteró que no desea oponerse a ella, sino que espera que formule una enseñanza razonable para su pueblo, que no fomente una moralidad de doble estándar sino que acerque a las personas a Dios.
