
En España se ha librado una batalla silenciosa que casi nadie ha querido mirar de frente. No era un juicio a un obispo concreto, sino un ensayo general: comprobar si la Iglesia todavía puede decir en voz alta lo que siempre ha creído sobre la sexualidad humana sin ser perseguida.
La Fiscalía ha archivado la denuncia contra José Ignacio Munilla no por simpatía, sino porque el derecho aún resiste: hablar desde una fe, en un ámbito confesional, sigue estando amparado por la libertad religiosa y de expresión; gracias a Dios.
Pero no nos engañemos. El problema no era jurídico. Era antropológico. El poder político ha decidido que ya no basta con gobernar leyes: ahora quiere imponer una visión cerrada del hombre. Cualquier discrepancia con la revolución sexual se interpreta como agresión. Cualquier intento de acompañar a una persona que libremente busca ordenar su vida es señalado como daño. El matiz ha sido prohibido. Pensar distinto está censurado.
La Iglesia no obliga, no coacciona, no fuerza identidades. Propone. Acompaña. Ofrece una visión exigente y humana: la castidad como camino de libertad, la dignidad de cada persona, la unidad de cuerpo y alma. No habla de terapias forzadas, sino que habla de ayuda solicitada libremente. Eso hoy resulta intolerable para quien solo concibe una libertad sin verdad.
La pregunta es incómoda: ¿desde cuándo la libertad consiste en repetir lo que dicta el Estado? ¿Desde cuándo una antropología oficial puede borrar todas las demás? El Estado moderno ya no regula; educa, corrige y sanciona. Y lo hace con una ideología que no admite competencia.
Esta polémica no va de odio ni de discriminación. Va de algo mucho más serio: de si aún es posible vivir y expresar una fe sin pedir perdón por existir. Va del derecho de cualquier persona, también con atracciones homosexuales, a buscar ayuda conforme a su conciencia. Si eso empieza a considerarse delito, no estamos ante un avance social, sino ante un retroceso profundo: la libertad sustituida por alineamiento obligatorio por parte del estado. Si hoy hasta hablar segun tu conciencia para compañar es delito, mañana no habrá palabra libre que valga...
